Las cartas inéditas de Bolaño Desde fines de los 70, el autor de 2666 mantuvo correspondencias con poetas y críticos chilenos. Sus señales de humo antes de publicar.

Las cartas inéditas de Bolaño

Desde fines de los 70, el autor de 2666 mantuvo correspondencias con poetas y críticos chilenos. Sus señales de humo antes de publicar.

por Roberto Careaga C. - 29/06/2013 - 10:20

Primero se lo propuso a Gonzalo Millán, después a Waldo Rojas. Terminaba 1993 y Roberto Bolaño, que todavía era un escritor anónimo, les pidió a los poetas que escribieran juntos, los tres, una “enciclopedia abreviada de la literatura nazi en América”. Imaginaba una serie de biografías de autores fascistas, con bibliografías, leyendas, ritos, etc., cubriendo de 1933 a 2009. Pura ficción: “Algo en el espíritu de Tlon Uqbar Orbis Tertuis (de Borges): las imágenes de nosotros mismos en los espejos cóncavos o convexos, pero espejos al fin y al cabo”, le decía a Rojas en una carta, donde añadía su sospecha de que ambos se negarían.

Dos años después, Bolaño le anunció a Rojas que siguió solo con su idea y en enero de 1996 saldrá a la calle el libro La literatura nazi en América. “Me la publica Seix Barral, lo que me pone bastante nervioso”, anota en la carta, una más de una correspondencia de 15 años que mantuvo con el poeta exiliado en París. El intercambio empezó a inicios de los 80, cuando el futuro autor de 2666 era un aspirante a poeta de pasado salvaje que intentaba una carrera en Barcelona y buscaba a tiempo completo cómplices literarios. Tenía a su lado a Bruno Montané, con quien montó una serie de revistas efímeras, pero Bolaño iba más lejos y enviaba señales por el mundo golpeando las puertas del circuito chileno.

Mientras en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona se conmemoran los 10 años de su muerte con una exposición de sus papeles privados, un volumen desconocido de correspondencia de Bolaño está desperdigada completando el retrato de su largo camino a la leyenda. Como a Rojas, el autor de Los detectives salvajes también les escribió a Enrique Lihn, a la crítica Soledad Bianchi y contactó a Millán. Desde Barcelona, Girona o Blanes, Bolaño siempre supo su destino: “Mientras tanto, escribo. Tercamente. Amorosamente. No sé qué utilidad pueda tener esto, pero sigo haciéndolo. Te juro que a veces cuesta”, le escribió en 1980 a Bianchi, entonces parte del comité de redacción de la revista del exilio chileno, Araucaria.

Instalado en Barcelona desde 1977, Bolaño sobrevivió más de una década con trabajos mal pagados. Quienes lo frecuentaron en esos días, como Mauricio Electorat, lo recuerdan como un obsesivo enciclopédico, que lo leía todo y sabía cada paso de hasta del poeta más anónimo de Chile o México. También quería que supieran los suyos. En 1979, en sus primeros contactos, le pide a Lihn que le tienda una mano. El autor de La pieza oscura no sabe qué hacer con ese desconocido: “No puedo dar curso a ninguna de las peticiones porque no preparo antologías ni otorgo becas, como no sea por un milagro en que conozca el santo”, le responde.

Su carteo con Lihn empezó en 1979 y terminó en 1983. Como lo cuenta el mismo Bolaño en su relato Encuentro con Lihn, él escribió primero. Hoy al resguardo de la Fundación Getty, donde están los papeles del poeta, de las 20 misivas, 14 son de Bolaño. “Aquí en Girona ha llegado el invierno y la paranoia. Mi situación económica es desesperada”, anota el autor de Estrella distante en 1982. Y sigue: “De Chile no sé nada, nada. Completamente fuera de la literatura chilena, y horror, dentro de seis meses cumpliré 30 años. ¿Qué será de mí? ¿Es que seré un Braulio Anguita (sic) del año 2000? Dios no lo permita”.

Pero sí sabía de Chile. En la correspondencia de más de 15 años que mantuvo con Bianchi, Bolaño habla de los poetas de su generación, menciona revistas locales (La Bicicleta) y raras antologías de poesía joven (Poesía para el camino, 1977). Bianchi publicará poemas suyos en Araucaria en 1982, pero él nunca podrá entender qué era un poema del exilio: “¿En qué medida no están más exiliados ciertos artistas chilenos que viven y trabajan en Chile, con toda la represión cultural, política, económica, que muchos de los que están afuera?”, le pregunta a Bianchi en 1979 y menciona a dos “almas errantes” exiliados mucho antes del exilio: Violeta Parra y Pablo de Rokha.

A la larga, sería amigo de Bianchi: en 1992 le envió una primera versión de su definitivo libro de poesía, La universidad desconocida. También se hizo amigo de Waldo Rojas, a quien en junio 1993 le escribe desde el Hospital del Valle Hebrón (donde morirá 10 años después). Le han hecho una endoscopía, examinando el interior de su vesícula y su colédoco “como un detective en busca de un serial killer”. Y agrega: “Mi doctora favorita dice que aún no moriré. Puedo escribir un par de novelas más”.

Siempre fiel a la poesía, desde inicios de los 80 también escribe novelas: en 1984 le cuenta a Bianchi que trabaja en las novelas El espíritu de la ciencia ficción (inédita), La estrategia mediterránea (publicada como El Tercer Reich) y La pista de hielo. En 1995 le envía a Rojas el manuscrito de Estrella distante y de vuelta recibe elogios que lo dejan “anonadado”. Al año siguiente le comenta que escribe Los sinsabores del verdadero policía.

Como en los 80, a inicios de los 90 Bolaño quiere cómplices y lectores. En enero de 1997, en unas de sus últimas cartas a Rojas, pasa revista a la literatura chilena de fin de siglo: lo ha “conmovido” la reciente muerte de José Donoso, ha leído “cosas buenas, otras malas” de la Nueva Narrativa Chilena, quiere leer a Pedro Lemebel, cree que el Premio Nacional de Literatura para Miguel Arteche es una broma, asegura que el panorama de la poesía chilena es “desolador”. Le adelanta a Rojas que está escribiendo una “novela río”, probablemente Los detectives salvajes. Sospecha que lo “sacará de pobre”: no imagina que lo llevará a liderar su generación en Hispanoamérica.

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