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Actualizado el 05/05/2017
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Desconsumirse: Ni ropa ni libros ni regalos ni nada

Autor: Carolina Reymúndez | Foto: Paula Salischiker

Soledad Vallejos y Evangelina Himitian, periodistas y autoras del flamante libro Deseo consumido, se propusieron dejar de comprar durante un año. Cómo fue la experiencia de vivir con menos objetos y sin la ansiedad de las promociones.

Desconsumirse: Ni ropa ni libros ni regalos ni nada

¿Es posible hacer cambios en la vida cotidiana, ser un consumidor responsable, sin irse a vivir al Tíbet? Eso se preguntan Soledad Vallejos y Evangelina Himitian, de 42 y 39 años, respectivamente, autoras del flamante libro que salió en Argentina Deseo consumido (Sudamericana, 2017), mientras conversamos en un café del barrio de Belgrano, en Buenos Aires. Son periodistas del diario La Nación de ese país y hace un año tomaron una decisión: dejar de consumir por 12 meses. En sus palabras: desconsumirse. No comprar. Ni un pantalón ni una luz para la bicicleta ni una funda para el celular ni unas medias. Abandonar los descuentos, las cuotas, las promociones. No comprar nada.

Es cierto que vivimos en una región donde una gran parte de la población podría cumplir con la consigna de las periodistas sin mucho esfuerzo. Pero son mujeres de clase media urbana de una capital y desde ese lugar se lanzan al proyecto.

Antes de arrancar firmaron un contrato entre ellas en el que aclaran punto por punto y se llaman a sí mismas “exconsumidoras”. La compra de regalos quedó vetada. No podían recibirlos y a los amigos les obsequiaban cosas que ellas tuvieran, regalos sin ticket de cambio. Cosas usadas. Sus hijos quedaron excluidos del desafío y sus maridos se tuvieron que acostumbrar. Si los chicos necesitaban útiles podían comprarlos y también compraban comida, lo necesario, lo que iban a consumir. Durante un año dejaron prácticamente de ir al supermercado. Compraban la carne en la carnicería, la verdura en la verdulería o en el productor orgánico y el resto en el almacén de barrio. Aunque lo hicieron poco, estaba permitido comer afuera, “porque la mayoría de los encuentros sociales en Argentina pasan mesa de por medio y queríamos preservar nuestras familias”. La aventura no era extrema. Podían comprarse un medicamento si lo necesitaban. No tenían la intención de salirse del sistema, no querían ser anti. Buscaban un planteo sostenible en el tiempo.

El desafío terminó hace unos días y lo lograron. Ya pueden comprarse lo que quieran, pero… No tienen ganas.

¿Cómo surgió la idea?
S: Hace poco más de un año estaba comprando uniformes y útiles de la escuela para mis hijos porque empezaban las clases y en esa locura comercial no encontrábamos lo que necesitábamos. De todas maneras, los chicos querían salir del negocio con algo, con lo que fuera. No querían irse con las manos vacías. Cuando cerré la puerta del local estaba agotada, sentí un hastío del consumo y dije, como una especie de grito punk tardío: No me voy a comprar nada más durante un año. Al llegar al diario se lo conté a Evangelina y ella me hizo un chiste. Dijo algo así como: “No, pará, que vienen nuestros cumpleaños”.
E: Fue en dos tardes. En la primera traté de hacerla desistir. En la segunda, encontré una nota de una diseñadora que no se había comprado ropa por un año y ahí nos lo preguntamos seriamente: ¿Y si estamos un año sin comprar? Y lo hicimos.

Desde hace algún tiempo cuestionar el consumo es parte de la agenda internacional políticamente correcta. Las periodistas habían leído con gusto otras experiencias. Sí, tuvieron inspiraciones, entre ellos, Rob Greenfield, un norteamericano de 30 años, protagonista del documental de Discovery Channel Viajero sin dinero, que anda por la vida con 111 posesiones (incluyendo el cepillo de dientes), y la diseñadora canadiense Sarah Lazarovic, que pasó un año sin comprarse ropa y cada vez que tenía ganas de hacerlo, dibujaba el objeto en cuestión. El resultado es un bonito libro de elucubraciones y bocetos de una consumidora consciente: Un montón de cosas lindas que no me compré.

Becoming Minimalist fue otro proyecto de vivir con menos. Joshua Becker y su mujer decidieron hace casi diez años tener la menor cantidad de objetos. “Las mejores cosas de la vida no son cosas”, recuerda Becker y asegura que “la abundancia es tener menos”, después de haber reducido sus pertenencias en un 70 por ciento.

También existe Project 333, en el que Courtney Carver instala el desafío de vestirse con 33 prendas durante tres meses.

Después de firmar el contrato, le pusieron nombre al plan y abrieron un blog donde contaban mes a mes obstáculos y vicisitudes. La vez que Evangelina fue a Armenia, la tierra de sus abuelos, y no se pudo comprar una Jachkar, cruz de piedra que simboliza el cristianismo en ese país. O la mañana en que descubrió que el jean que usaba a diario, el más amado, estaba roto de una forma irreparable. Cuando Soledad vació su clóset y lo redujo a 99 items o su último Día de la Madre, donde el regalo fue un abrazo y una carta o cuando festejó su cumpleaños en la plaza del barrio. Así, las compañeras de ruta echaron a andar, sin comprar.

¿El día antes de empezar fueron a “estockearse” como para antes de un estallido?
E: (Risas) Eso nos dicen todos, pero no. Estábamos entusiasmadas. La verdad es que Sole empezó quince días antes de la fecha establecida. Un día ella, tiempo después de haber empezado, se dio cuenta de que tenía un voucher que le habían regalado para su cumpleaños y no lo había usado.

¿Y qué hiciste?
S: Se lo regalé a una amiga.

¿Hubo críticas en su entorno?
S: Al principio nos decían: están locas, la van a pasar mal, no van a poder, eso es peor que ponerse a dieta. Algunos estaban preocupados porque “el consumo es un motor de la economía” y nos preguntaban: ¿Qué pasaría si todo el mundo hiciera lo mismo que ustedes? Otros desconfiaban: ¿Quién las controla?, Seguro que se compraron de todo antes. Un lector del blog nos escribió: “Chicas, su experiencia progre de autoconocimiento es mi realidad de todos los días”.

Con detractores y fans, lo cierto es que durante los primeros meses, el desafío les resultó fácil. Estaba claro que compraban por otros motivos, no por necesidad. Entonces, redoblaron la apuesta. Cada una tenía que sacar diez objetos por día de la casa durante cuatro meses: 1.200 en total. Lo llamaron #chaudiez. Como un ejercicio de desintoxicación, pasaron de promo-dependientes a desconsumistas. Descartar, donar, desprenderse, adiós. Hasta hicieron una instalación en Hiedra, una galería de arte de Chacarita, para promover la conciencia sobre el impacto económico, social y ambiental de la transformación del ritmo de consumo. Hubo muestras, charlas (“Todos tenemos un muerto en el placard”) y talleres y acciones para visibilizar la acumulación.

¿Sacaban para llenar en un futuro?
S: Muchas veces uno saca y eso hace espacio para que entre lo nuevo. En ese sentido, nosotras creemos fuertemente en el desconsumo. Más allá de ordenar y de deshacerte de todo lo que no te sirve, lo importante es bajar el ritmo de lo que ingresa.

¿Cómo lo tomaron sus familias?
S: Cuando agregamos la opción #chaudiez, la familia de Evangelina la fiscalizaba a ver qué sacaba. En un momento se volvió un trending topic en nuestras casas, no se hablaba de otra cosa. Creo que eso hizo que en nuestras familias el tema se instalara como importante y terminó siendo algo compartido con mis hijos, de 7 y 9 años. Renata, mi hija mayor, después de algunos meses tenía su argumento (“En el colegio pasa que todos vienen con algo nuevo, pero eso dura repoco”). Ella era consciente de que la moda era efímera. Creo que mis hijos lo incorporaron desde lo social y desde lo emocional.
E: Muchas veces se interpreta como una negativa, no te lo compro porque es caro, pero no es por eso. Hay que hablarlo con los chicos, evaluar cada compra. ¿No tenemos en casa algo similar?, ¿Lo necesito? Durante este año no tuve piquetes de “quiero esto, cómprame, cómprame”. Te diría que todo lo contrario. Por eso hoy pienso que quizás tenía más que ver conmigo que con ellos. En el último Día del Niño le regalé a mi hija un elástico para saltar y le presté mis maquillajes, y para ella fue una fiesta.

Durante este año, ¿miraron la publicidad de otra manera?
E: Sí, totalmente. La publicidad te lee a vos, pero vos leés la publicidad. A veces me dan risa. Están llenas de estereotipos. Son interesantes los procesos cerebrales del consumo. Ante las promociones, por ejemplo, el cerebro lo ve no como ahorro, sino como ganancia. El cerebro escucha promo y se siente ganador. Dejar de comprar promos nos bajó la ansiedad. En esta aceleración del consumo se perdió el sentido común. De repente, tenemos raptos de decir cómo puede ser que tenga este clóset lleno de cosas que ni uso porque sólo uso la pila que está en la silla y que no tengo tiempo de colgar. Cada uno tiene su método para atacar el foco de insatisfacción que resulta de este consumo: Marie Kondo (autora japonesa y consultora en organización), los minimalistas, nosotras. Más allá del método me parece que necesitamos volver al sentido común y reflexionar: ¿En qué momento nos acostumbramos a que esto fuera lo normal?

“¿Sabés cuánto me costó esta chaquetita? Tres dólares, me costó ¡tres dólares! No podía dejarla pasar.” Esa sensación de triunfo hoy ya no les genera satisfacción. En la investigación que realizan en el libro analizan de dónde viene la ropa que nos ponemos, cuánto cuesta, quién la hace, cuál es su historia. Entre sus fuentes está Fashion Revolution, un movimiento internacional que surgió después de una tragedia en Bangladesh, donde se derrumbó una fábrica textil –una de las 25 mil que hay en ese país– y murieron tres mil obreros. El 78 por ciento de las exportaciones de Bangladesh provienen del sector textil y el salario promedio es de 38 euros. Detrás la chaquetita hay miles de litros de agua, kilómetros recorridos y condiciones de precariedad laboral. Después de estudiar el tema es claro que no puede costar tres dólares. Las periodistas creen en la recirculación de la ropa. “Si una prenda se usa nueve meses más se reduce un 30 por ciento el impacto ambiental que genera”, dice Evangelina. Soledad agrega que no tienen intención de volver a comprar algo nuevo. A partir de ahora, la ropa, en ferias.

La tentación, ahí nomás
“Estuve cara a cara con el diablo”. Así describió Soledad su paso por Estados Unidos, la meca del consumismo. Vio descuentos del 40, 60 y hasta 70 por ciento y no cedió. Unos meses atrás viajó a Nueva Orleans para cubrir un congreso de diabetes. Su marido le pidió si podía comprarle algo. Pero ella no podía. Rápidamente, él propuso comprarlo online y mandárselo al hotel. Ella no aceptó. Fue difícil y hubo discusiones y tensión en la pareja, pero sobrevivieron al desconsumo.

¿Cómo fue estar en Estados Unidos y no comprar?
S: Por supuesto que miraba zapatillas y me daban ganas de tenerlas, pero me gustaba ser diferente, ser “otra”. Me imaginaba comprando y haciendo cola para recuperar el tax free y después cerrando la valija a presión y al final decía qué suerte tengo de haber firmado un contrato que me impide hacerlo. Me generó conflictos, pero al irme al aeropuerto con el carry on y ver a las argentinas que no podían más con sus valijas enormes estaba feliz.

¿Se volvieron críticas con sus amigos?
S: La gente se siente interpeleda. Mis amigos no me cuentan más que se compraron una remera de X marca y que les costó 10 pesos porque saben que opino que atrás de lo barato hay componentes negativos. O me ven y me cuentan que son cero consumistas.
E: El economista francés Serge Latouche dice que vivimos en la sociedad de la abundancia, pero es una abundancia aparente. Si querés ropa sin trabajo esclavo detrás, no se consigue; si querés una comida completamente sana, es muy difícil. ¿Agua pura? ¿Dónde? Vivimos en la sociedad del desperdicio, dice, desperdiciamos abundantemente.

¿Qué fue lo primero que se compraron ahora que pueden consumir?
E: Me compré en una farmacia una almohadilla de gel para aliviar el dolor de espalda.
S: Con mi marido estamos haciendo un mueble de madera y necesitábamos unas patas con ruedas y hace unos días me compré eso para terminarlo.
No sé si esto del desconsumo tendrá algo que ver, pero durante la hora y media de charla tomamos sólo una limonada entre las tres.

 

Autoras: Soledad Vallejos y Evangelina Himitian Editorial:Sudamericana Páginas: 320 Precio: $ 20.860 en Buscalibre.cl

Autoras: Soledad Vallejos y Evangelina Himitian
Editorial: Sudamericana
Páginas: 320
Precio: $ 20.860 en Buscalibre.cl

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