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Actualizado el 25/08/2011
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Dichosa y extranjera

Autor: Alvaro Matus

El documental Locas mujeres muestra a Gabriela Mistral y Doris Dana bromeando, jugando con sus gatos y caminando entre los  árboles.

HAY CIERTOS escritores cuyo prestigio y relevancia los convierte en una especie de dioses. Adorados en vida, su figura también es custodiada después de su muerte a través del trabajo sistemático de sus acólitos. Como sea, el resultado es siempre el mismo: más que admiración, los lectores terminan intimidados. Tanta perfección y coherencia, finalmente resulta inverosímil. En Chile el caso de Gabriela Mistral es emblemático. Erigida como símbolo de la maternidad y profesora de alcances continentales, la revelación de su lesbianismo se vivió como lo que no era. Porque no era un triunfo y tampoco una derrota.

Afortunadamente, María Elena Wood ha realizado un documental excepcional desde todo punto de vista. Excepcional por sus hallazgos, excepcional por el respeto y cariño con que husmea en los archivos y, también, excepcional por la capacidad de situarse a tanta distancia de los mistralianos como de los grupos que desean convertir a la autora de Tala en bandera de las minorías sexuales.
Locas mujeres, estrenado en Sanfic, muestra a Gabriela Mistral y Doris Dana bromeando, jugando con sus gatos y caminando entre los hermosos árboles que rodeaban la casa en que vivían, en California. La Mistral sueña hacia el final de sus días con una hectárea en el Elqui. Siempre y cuando esté “baratita”, le recalca a Doris, quien con toda naturalidad dice: “Yo soy una sinvergüenza, pero tú me lo has enseñado todo”.

Hay intimidades y una sensación de cotidianidad perturbadora. Las imágenes de archivo y grabaciones se combinan con el testimonio de Doris Atkinson, la sobrina de Dana que heredó el material y finalmente lo entregó a Chile. Ella habla sin pretensiones, un poco a tientas, contándonos por ejemplo que su tía provenía de una familia que tuvo mucho dinero hasta que vino la Gran Depresión, lo que le habría “bloqueado la generosidad”.

También escuchamos a la Mistral (“en vez de niños tengo cuadernos”) mientras la cámara se detiene en su letra, en sus cartas, en sus versos. Por su acento pareciera no ser de ninguna parte, una extranjera aquí, en México, Italia o EEUU. Es curioso lo que grababan: conversaciones triviales, correcciones de poemas, una noche de copas y canturreo con amigos. No vivían enclaustradas, sino en una sociedad bastante más abierta que la chilena.

Impacta el registro de Yin Yin, los aviones y cañones que dibujaba durante la II Guerra Mundial, la mirada taciturna en una foto de colegio o la carta final, cuando con letra transparente escribe: “No he sabido vencer…”. El capítulo del hijo-sobrino sigue siendo el secreto más oscuro.

En vez de probar conjeturas o hipótesis, Locas mujeres indaga en un amor que no alcanzó a convertirse en “costumbre helada”, que era lo que la Mistral más temía. La imagen que extraemos de ella es más vividora y menos quejumbrosa que la de sus cartas publicadas el año pasado (Niña errante). ¿Cuál de las dos es más auténtica? El trabajo del documental consiste en iluminar las zonas de sombra, pero no para borrarlas sino para recordarnos que existen. Sólo las estatuas -los poetas endiosados- carecen de doble fondo. Y a María Elena Wood, en buena hora, hay algo que le interesa más que la verdad: el misterio.

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