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Actualizado el 21/06/2014
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Eduardo Santa Cruz: “Pasamos de la depresión a la soberbia”

Autor: Carlos Pérez E.

Es una de las personas que más ha estudiado cómo el fútbol ha influido en nuestra cultura. Dice que el fenómeno de "la Roja" es algo nuevo y que Chile por fin alcanzó el primer nivel mundial. Pero no cree que ésta sea la mejor selección de la historia. "Decir eso es muy propio de estos tiempos: pensar que la historia comienza con uno y que antes no hubo nada. No es así".

Eduardo Santa Cruz: “Pasamos de la depresión a la soberbia”

El profesor de la Universidad de Chile Eduardo Santa Cruz empezó a analizar el lugar que tiene el fútbol en la cultura chilena en los 80, “cuando nadie en el ámbito universitario pensaba que este deporte podía ser un objeto de estudio digno de la academia. Cuando les conté a algunos colegas lo veían como una humorada”, dice el autor de Crónica de un encuentro: fútbol y cultura popular, Origen y futuro de una pasión y De alegrías y pesares: cien años de Magallanes.

Pero por muy académico que sea, este periodista y licenciado en Ciencias Sociales no significa que siempre mire el fenómeno con distancia ni que sea inmune a la fiebre mundialera surgida tras el partido de Chile ante España. Esta entrevista ha tenido varias etapas: la primera, un mes antes del Mundial, luego, a una semana del debut de Chile y, finalmente, el día después del histórico triunfo del miércoles. Y en este lapso las expectativas de Santa Cruz, al igual que las de todos los chilenos, han ido cambiando. Originalmente esto se iba a titular “Algunos delirantes están hablando de ser campeones mundiales”; hoy sin creer que eso sea posible, sí tiene más expectativas con la selección. “Chile siempre fue de tercer nivel  y diría que contra España logró empinarse y ponerse en un primer nivel de competitividad. ¿Se va a mantener ahí? Ése es el tema”, opina el periodista que partió estudiando el fútbol interesado en su capacidad de generar conversación en cualquier lugar y momento y de cruzar las diferencias sociales. Esta cohesión social es, según él, algo muy chileno que se da desde los orígenes del deporte cuando llegó importado por los ingleses a los cerros de Valparaíso a fines del siglo XIX.

¿Eso no ocurrió en otras partes? 
En Argentina hay todo un sector de la clase alta que abandona la práctica cuando el pueblo se mete al fútbol. No quieren jugar con ellos. En Brasil pasa lo mismo cuando se integran los negros; al principio eran sólo ingleses y aristócratas. En Chile en cambio siempre fue socialmente transversal.

Advierte que por eso el fútbol logró masificarse representando a los distintos actores sociales, a través de clubes regionales, de las Fuerzas Armadas o de universidades. “La clase alta siempre ha tenido clubes que la representan. Tuvo el Santiago National, Green Cross o el Badminton, pero la Católica le quitó la base social a todos esos y terminaron desapareciendo”, dice. Camino parecido al de la Universidad de Chile que en sus inicios tenía una “hinchada de profesionales o estudiantes. Era el club que representaba la cultura laica”. Eso cambió durante la dictadura cuando Ambrosio Rodríguez, en ese entonces presidente de la “U”, dijo: “Le vamos a pelear a Colo Colo población por población, manzana por manzana, casa por casa”. Las regiones también construyeron sus propios clubes “y el caso más importante es el Wanderers en Valparaíso. También hay entidades ligadas al mundo del trabajo, como Cobreloa en Chuquicamata, y son muy importantes las colonias extranjeras. Los españoles, los italianos y un caso único en el mundo: Palestino”.

¿Cuándo el fútbol comienza a aprovechar esta influencia social para acercarse al poder?
Uno de los primeros actos simbólicos de esto se dio en el año 27 para la famosa gira de Colo Colo a Europa donde muere David Arellano. Cuando vuelven, la noticia de que el capitán y fundador del club había muerto toca fibras y cimenta la popularidad del equipo. Entonces juega un partido en los Campos Sports de Ñuñoa al que asiste el presidente, el general Carlos Ibáñez, que baja a la cancha. En la foto aparece Ibáñez rodeado del equipo de Colo Colo. Además, saca un decreto donde nombra a Colo Colo una especie de embajador del deporte y lo manda al norte y al sur a difundir el fútbol en tren. Todos los gastos los paga el Estado.

En Crónica de un encuentro: fútbol y cultura popular, Santa Cruz plantea que este deporte tiene la capacidad de reflejar períodos e ideologías de la historia. Algo que ejemplifica con la administración de los equipos: “Cuando el fútbol comienza profesionalmente, en la década del 30, se organiza en torno a clubes sociales, similares a los sindicatos o las juntas de vecinos, que se financiaba con la recaudación, la venta de jugadores y el pago de cuotas de los socios. Eso dura hasta el Golpe de Estado cuando, aparecen las corporaciones y organismos privados. El financiamiento pasa a depender de la televisión, la publicidad y la venta de jugadores. El problema es que la dictadura destruye la estructura anterior pero no logra (como sí lo hizo con la previsión, la salud o la educación) levantar una nueva. Recién el modelo de privatización del fútbol, con las sociedades anónimas deportivas, se vino a hacer cargo de este el vacío creando una estructura más acorde con la sociedad en que vivimos hoy”.

DE LA DEPRESIÓN A LA SOBERBIA
Pese a la opinión generalizada, más en estos días, Santa Cruz considera que Chile no es un país “futbolizado”, como sí lo serían Argentina, Brasil o Uruguay. Es más, cree que este deporte ha perdido importancia. “En mi niñez había más conversaciones, todos tenían un equipo y las elecciones eran más variadas porque no todo estaba concentrado en dos o tres equipos. Los hombres usaban en la solapa del traje la insignia de su equipo, era algo que había que hacer”.

¿Qué otras diferencias hay en nuestra relación actual con el fútbol?
No existía una cosa llamada ‘la Roja’, una especie de equipo aparte en la percepción de la gente que tiene su propia hinchada. Es una cosa de esta época y que viene acompañado de un discurso exitista enfermo que penetra fuerte en algunos sectores y tiene que ver con algo muy chileno: el ensimismamiento. Una mentalidad isleña que te hace sentir el centro del mundo.

¿Cuándo surge este exitismo?
El complejo estuvo siempre pero el modelo actual y todo esto de que ahora somos un “país OCDE” lo exacerba. Esto se cuela a los deportes que son un lugar donde los países se prueban.

Pero si no hace mucho la selección era última en Sudamérica 
Ahí aparece el ascensor chileno. Pasamos de la depresión a la soberbia. Es medio esquizofrénico, con dos realidades. Antes teníamos nuestra cosa media isleña que generaba una actitud más humilde, más “acomplejadita”. De sentirse pobre, chico, menor en un mundo tan grande. El chilenito. Pero durante la dictadura comenzó a trabajarse de manera sistemática, a través de los medios de comunicación, para cambiar la mentalidad y se pasó al otro extremo.

¿El cambio de mentalidad tiene alguna relación con la llegada de Bielsa?  
Ahí hay varias lecturas. Diría que se ha inventado un Bielsa que no existe para cumplir este sueño de ser potencia mundial alguna vez. En los 90 hubo un candidato para eso que fue Bonvallet, pero lamentablemente no reunía los requisitos.

¿Por qué siempre deportivamente necesitamos figuras así, gurúes? 
Por inseguridad. Si tú eres bueno, eres bueno. Estás buscando espejos que te digan “sí, eres el mejor de todos”, y eso es un poco lo que pasa con el fútbol.

¿Sampaoli encarna también estos valores?
En mi opinión Sampaoli no es Bielsa, éste tenía un espesor cultural mayor, análisis más globales o más perspectiva. Sampaoli es más entrenador. Está más ligado a resultados inmediatos, pero no le veo un proyecto a largo plazo. Lo que se está haciendo con él es una especie de acto de fe motivado por lo que logró en las Eliminatorias.

Pero finalmente logró que la Selección le ganara a los campeones del mundo y clasificara en el “grupo de la muerte”, ¿ahora qué?
Es probable que se abra una expectativa mucho mayor aunque Sampaoli ha sido muy realista para enfrentarla. Dijo: “Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que Chile sea campeón del mundo”.

¿Podemos ilusionarnos con ser campeones?
A ver. En el fútbol puede pasar de todo, eso es evidente. Ahora las probabilidades son bajísimas, cercanas al 6%.

Vidal y Alexis dicen que quieren ganar el Mundial, ¿es esa ambición el reflejo de que ésta es la mejor generación de futbolistas de la historia?
No comparto ese juicio, son tres o cuatros jugadores, no más. En el pasado hubo mucho mejores futbolistas. En los 50 las selecciones eran extraordinarias. Tenían a René Meléndez, Enrique Hormazábal, Jaime Ramírez, Livingstone y después Escuti, Jorge Robledo, Manuel Muñoz. Fue una generación bastante buena que sacó dos subcampeonatos sudamericanos, el 55 y 56. La diferencia es que hoy los jugadores tienen más roce de competencias porque hay más torneos y se van a otros países. Por eso no es casual que vean el fútbol de otra manera; tienen la cabeza más abierta. Pero no es posible comparar.

¿Por qué?
Las épocas, los sistemas de entrenamiento, las competencias, todo es distinto. Antes los jugadores tenían un trabajo aparte y se entrenaban dos o tres veces a la semana con suerte. No puedes compararlo con un tipo que tiene aparatos para ejercitarse que antes no se habrían imaginado. Decir que es la mejor selección es muy propio de estos tiempos: pensar que la historia comienza con uno y que antes no hubo nada. No es así.

¿Qué pasa por otra parte con los hinchas de ‘la Roja’ que en cada celebración causan problemas?
Es que se vuelcan sentimientos, resentimientos, frustraciones colectivas. Es una válvula de desahogo de una masa que tiene acumulado un montón de elementos altamente explosivos. El triunfo juega simbólicamente como compensación de muchas cosas; de los bajos sueldos, de los hospitales malos, del Transantiago. Todo se compensa con una noche de carnaval donde aparentemente se borran las diferencias. Es algo que siempre ha estado en el fútbol sudamericano: es el único lugar donde puedes sentirte triunfador por un rato, es el único deporte donde Estados Unidos es uno del montón.

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