*

Cultura
Compartida
Actualizado el 30/07/2017
Estás leyendo:Eduardo Vilches, cuando la docencia se impone sobre el arte

Eduardo Vilches, cuando la docencia se impone sobre el arte

Autor: Denisse Espinoza A.

El grabador de 84 años e histórico profesor de la UC, exhibe sus fotos desde el 8 de agosto en galería XS y AMS Marlborough. Recurrente candidato al Premio Nacional, él prefiere pasar de eso:“Mis alumnos me quieren, qué más premio puedo pedir”, dice.

Eduardo Vilches, cuando la docencia se impone sobre el arte

Eduardo Vilches (1932) cree en el destino y en que el fantasma de su padre le ha guiado su camino. Cuenta que de no ser por él – heredó su afición por el dibujo- y una seguidilla de azares que los llevaron a ingresar en 1958 al Taller 99, nunca se habría dedicado al arte.

Llegó a Santiago seis años antes desde Concepción para trabajar como contador en la transnacional de barcos Grace and Company, y antes de eso su cercanía al arte solo se traducía en que “era bueno para el dibujo en el colegio”.

“Yo no tenía ningún cuento con la cosa teórica, ni de los movimientos artísticos, ni siquiera sabía de historia del arte; era bien ignorante. Entonces fui autodidacta y cuando llegué a la casa de Nemesio Antúnez donde funcionaba el Taller 99, para mí fue una revelación; él fue quien me prestó los primeros libros de dibujos de Rembrandt y Goya. Esa noche no dormí viéndolos todos”, recuerda hoy Vilches, quien es considerado uno de los maestros más influyentes en generaciones de artistas egresados de la U. Católica, escuela que ayudó a refundar junto al propio Antúnez y al ex decano de arquitectura Sergio Larraín García Moreno, en 1965.

El grabador de 84 años lleva más de 60 dedicados a la docencia. Su curso de Color, así como el de Xilografía e Historia del Grabado se transformaron en piezas fundamentales para los alumnos de arte de la UC, donde fue nombrado Profesor Emérito, y desde 1993 también está vinculado a la U. Finis Terrae.

Además, es uno de los candidatos recurrentes al Premio Nacional de Arte, que se falla en agosto, y aunque no llegó ningún dossier con firmas en su apoyo al Mineduc, como en años anteriores, su nombre siempre está rondando la mesa del jurado. El no quiere saber nada de eso.

“Voy a terminar como Matilde Pérez que nunca se ganó el premio y es que yo sé perfectamente que no me lo voy a ganar, porque sólo se lo dan a pintores o escultores y punto. En teatro es lo mismo, sólo se lo dan a directores o dramaturgos y punto. El pobre Sergio Zapata, que fue un gran escenógrafo, se presentó siempre. Yo tenía una carta tipo para él que la cambiaba todas las veces, y él murió y nunca se lo dieron”, dice el artista.

¿No le interesa para nada el premio?

Por la plata claro que me interesaría recibir algo todos los meses, a quién no. Pero por honores no me puedo quejar. En el Día de las Artes Visuales me hicieron un homenaje, y en la universidad soy Profesor emérito, el rango más alto que se puede alcanzar. Además, mis alumnos me quieren, qué más premio puedo pedir. Es cierto que dediqué mi tiempo a la docencia en desmedro de mi arte, pero no me arrepiento.

Podría decirse, además, que Vilches vive en una casa consagrada a la docencia: desde 1965 está casado con la investigadora de cine Alicia Vega (1931), quien se hizo conocida a través del documental de Ignacio Agüero Cien niños esperando un tren, donde se retrata su trabajo de tres décadas como profesora de talleres de cine para niños en riesgo social.

¿Cuál diría que ha sido su mayor enseñanza a sus alumnos?

Creo que la libertad, de que ellos pueden hacer lo que realmente quieran y sientan, pero que lo hagan con rigor. En los 70 mi taller de grabado se transformó en un lugar de experimentación. Alumnos como Arturo Duclos, Mario Soro o Rodrigo Cabezas empezaron a hacer obras de body art, performance e instalaciones, y las hacíamos pasar como trabajos de mi curso. Fue la primera vez que escuché que la Universidad de Chile nos tenía envidia, y era una maravilla, porque ellos eran los reyes de la pintura de siempre y lo siguen siendo, pero en esa época estaban pasando cosas en la UC que jamás se habían hecho antes.

La muerte del padre

Eminencia del grabado -en los 60 ganó una beca Fullbright para estudiar en la Universidad de Yale junto al maestro de la Bauhaus Joseph Albers- Eduardo Vilches volverá a exponer, pero esta vez fotografías, desde el 8 de agosto en Galería XS y AMS Marlborough (ambas comparten edificio en Nueva Costanera 3723, Vitacura). Se trata de una serie de imágenes tomadas a mediados de los 90 en el cementerio de Punta Arenas, en las que el artista aplica su habilidad de síntesis, composición y color para lograr verdaderas réplicas de sus grabados, tomando como punto de partida la realidad.

En la historia del arte chileno Ud. queda inscrito como grabador, ¿qué significan estas fotografías para Ud.?

No me siento fotógrafo ni mucho menos, la cámara es un medio simplemente y para mí estas fotos son como un vuelta al paisaje, que fue mi punto de partida en el dibujo. Además, he hecho clases de color desde el año 59, pero mi obra tiene poco de eso, las fotos no son solo formas sino también atmósfera y eso se lo da el color. Cuando conocí el cementerio me encontré con un lugar familiar y me acordé mucho de mi infancia, cuando iba con mi madre a visitar la tumba de mi papá y de repente todos los elementos de mi obra fueron apareciendo en ese lugar, todo me fue cuadrando como un círculo que se cierra, y siento que de alguna forma yo también me estoy acabando.

El artista tenía cinco años cuando su padre, Manuel Vilches, murió en un accidente mientras iba de camino a apagar un incendio. El carro de bomberos en el que viajaba a toda velocidad chocó con otro que también iba hacia el siniestro: fallecieron tres personas. “Los funerales fueron tremendos, y mi papá se convirtió en el primer mártir de la compañía de bomberos de Concepción”, cuenta. Dos años después, mientras vivían de allegados en la casa de los abuelos, vino el terremoto de 1939: una muralla cayó encima de su hermana menor, la mató enseguida.

“Quedamos solos los dos con mi madre y yo la acompañaba todas las semanas al cementerio a visitar las tumbas de mi papá y hermana. Mientras ella arreglaba las flores yo deambulaba por ahí. Entonces entendí el inmenso cariño que le tengo a mi papá. Aunque mi mamá luego se volvió a casar con un tipo muy bueno y cariñoso, para mí, mi papá fue siempre el que murió. El arte viene de él, incluso pienso que fue él quien me puso a la Alicia en el camino. Cuando visité el Cementerio de Punta Arenas tomé consciencia de todo eso, todas mis imágenes venían de esa experiencia de vida, nada era gratis”.

Comentarios
Cargar comentarios
Papel digital