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Actualizado el 14/11/2010
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El cuento del lobo

Autor: Jorge Navarrete

Tratándose del Presidente, se le imputa una conducta que no escapa a las expectativas que nos hemos hecho sobre su comportamiento.

CON INDIGNACION han reaccionado los partidarios de Sebastián Piñera por lo que consideran una injusta campaña de desprestigio en su contra. El propio Presidente no ha escatimado en adjetivos para fustigar a quienes, según él, lo injurian sin motivo. Y lo cierto es que, a la fecha, nadie ha exhibido una prueba contundente que acredite su intervención directa o indirecta en la polémica elección de la ANFP.

¿Por qué entonces, si esto no es más que una burda maniobra de aprovechamiento político, el gobierno se ha esmerado tanto en desmentir lo que a todas luces nadie ha sido capaz de demostrar todavía? La respuesta es tan simple como obvia: porque, tratándose del Primer Mandatario, se le imputa una conducta que no escapa a las expectativas que nos hemos hecho sobre su comportamiento.

 Es inverosímil, dicen sus defensores, que el Presidente haya cometido tamaña imprudencia. ¿Pero acaso no fue un desaguisado semejante, en el mejor de los casos, que en plena campaña electoral el entonces candidato hubiera comprado un importante paquete accionario de su empresa, después de haber tomado personalmente conocimiento de los resultados financieros y antes de que éstos se hicieran públicos? Sin ir más lejos, poco tiempo después y pese al compromiso adquirido, asumió la primera magistratura siendo socio mayoritario de la misma compañía, la que además tiene una posición dominante en el mercado. Conducta similar se observó en su tardía venta de un medio de comunicación, lo que motivó injustificables retrasos en los diversos proyectos de ley que versan sobre la televisión; o en la contumaz porfía para seguir siendo a la fecha accionista de una sociedad anónima que, además de ser regulada por un funcionario que él mismo nombra de manera discrecional, es hoy una de las protagonistas de esta oscura y lamentable polémica en el fútbol.

 A las cuestiones recién referidas, que por lo demás le fueron reprochadas a Piñera por sus propios partidarios, se suman otros antecedentes que -no constituyendo prueba suficiente- contribuyen a generar una duda razonable. Por de pronto, el mismo Presidente ha reconocido haber tomado personalmente el teléfono para resolver cuestiones cuya decisión estaba entregada a otros organismos, como sucedió en la cancelación de la termoeléctrica de Barrancones. Terminaron por propagar los rumores y las suspicacias sus públicas diferencias con Bielsa y Mayne-Nicholls, y la lamentable coincidencia de haber anunciado, el mismo día que se conocía el resultado de la elección, la entrega de recursos para la construcción de un estadio que beneficia al club cuyo timonel -se dice- habría recibido la llamada de Piñera.

Hace ya un lustro que el comediante norteamericano Stephen Colbert acuñó por primera vez el término truthiness, que definió como “la calidad de algo que se siente verdadero, aunque no haya evidencia que lo compruebe”. Es quizás este concepto el que mejor define la situación que hoy afecta al Presidente: por una parte, es posible que se le esté haciendo una acusación injusta; por la otra, sin embargo, ha sido su propia conducta la que alimenta la sospecha de sus adversarios y buena parte de la opinión pública.

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