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Actualizado el 25/06/2016
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El Napster de la ciencia

Autor: Marcelo Córdova

Se llama Sci-Hub y, en lugar de compartir música de manera gratuita, accede a las bases de datos de prestigiosas revistas científicas y piratea sus estudios. Su creadora es Alexandra Elbakyan, quien actualmente enfrenta una demanda en Estados Unidos, y ha impulsado el debate sobre cómo circula la información, además de poner en tela de juicio un negocio que cada año genera 10 mil millones de dólares en ganancias.

El Napster de la ciencia

Alexandra Elbakyan ha sido comparada con Edward Snowden, el consultor tecnológico estadounidense que trabajó para la CIA y que en 2013 filtró información clasificada sobre las redes de inteligencia de su país. Al igual que él, esta desarrolladora de software e investigadora de 27 años es una heroína o una ladrona, dependiendo a quién se le pregunte, y actualmente está demandada por la justicia de Estados Unidos. A diferencia de Snowden, ella no filtró secretos de seguridad nacional, sino que ha liberado miles de datos y descubrimientos científicos para que estos puedan ser utilizados en el desarrollo de nuevas investigaciones.    

Elbakyan nació en Kazajistán y eso explica buena parte de esta historia. Cuando niña se entusiasmó con la ciencia y la computación y dado que en su país el acceso a internet era limitado, desarrolló un talento inusual para hackear redes y piratear los libros y películas que quería leer y ver. Después de trabajar en Moscú en seguridad informática, juntó dinero y se fue a Alemania a la Universidad Albert-Ludwigs de Freiburg, donde participó en un proyecto sobre interfaces entre cerebro humano y máquinas. Al volver a su país en 2011, quería seguir investigando pero como ya no estaba amparada por una gran universidad empezó a tener problemas para acceder a los estudios de referencia que necesitaba para estar al día en su área. 

La mayoría de esos artículos (o papers) se encuentran en revistas científicas de gran renombre, como por ejemplo Nature o The Lancet, que velan porque la información que estos entregan sea seria, confiable y relevante. Gran parte de esas publicaciones son propiedad de conglomerados editoriales como Elsevier de Holanda y Springer de Alemania, que dominan un negocio que genera ganancias anuales de cerca de 10 mil millones de dólares y que, en algunos casos, pueden cobrar cerca de 20 millones de pesos por una suscripción anual a una revista y alrededor de 20 mil pesos por un artículo específico. 

Como Elbakyan no tenía presupuesto para pagar eso, empezó a hackear los sitios web de varias publicaciones. A poco andar se dio cuenta de que en todas partes había otros como ella, que en esa misma época usaban Twitter para pedirse ayuda vía el hashtag #IcanhazPDF, creado en 2011 por la investigadora cognitiva Andrea Kuszewski como un “acto de desobediencia civil” y como una forma de alentar a los autores de artículos pagados a compartir copias de los mismos en formato PDF.  El hashtag hasta hoy opera como un código a través del cual alguien le pide al resto de la comunidad un paper específico. 

“Los investigadores de muchos países están totalmente al margen del conocimiento científico, porque sus universidades no se suscriben a estas revistas. Incluso en Estados Unidos no todas las instituciones pueden pagar lo que piden las editoriales. Eso sin contar que el público no académico queda completamente fuera, ya sean científicos aficionados, inventores, estudiantes de liceos, periodistas o, simplemente, gente a la que le gustaría aprender más pero no está afiliada a ninguna organización científica”, explica a Tendencias la joven kazaja vía email y desde un lugar que no revela. 

Elbakyan consideró que el hashtag en Twitter no era insuficiente y diseñó Sci-Hub, un sitio web que piratea artículos publicados en las revistas pagadas y los comparte gratuitamente. Este portal es perseguido por la justicia y ha levantado un fuerte debate en torno al acceso al conocimiento científico, más todavía cuando este es financiado con fondos públicos. 

 Alexandra Elbakyan, durante una conferencia.

Controversia abierta

Hoy Sci-Hub ofrece de forma gratuita más de 50 millones de estudios y cada día se descargan unos 150 mil. Si un usuario pide un artículo que no está en el sistema, Sci-Hub hackea las revistas de Elsevier y otras compañías para encontrarlo, se lo entrega, lo almacena y la base de datos del portal, que funciona con donaciones, sigue creciendo. Un análisis de la revista Science muestra que las descargas en Sci-Hub son globales y que aunque países como Irán o India las lideran, Estados Unidos ocupa el quinto lugar en la lista y un cuarto de las peticiones de estudios provienen de países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Según la misma revista, por ejemplo, entre septiembre de 2015 y febrero de 2016 se descargaron casi 300 mil artículos en Santiago de Chile. 

Ante ese nivel de tráfico, en 2015 Elsevier demandó a Elbakyan ante una corte de Nueva York. La empresa la acusa de infracción a los derechos de autor, fraude informático y de operar una “red internacional de piratería”, una historia que tiene un trágico antecedente en Aaron Swartz. En 2011, este programador estadounidense de 26 años fue acusado de robo de datos y de usar las redes del MIT para hackear el acceso a millones de estudios de la base de datos JSTOR. Aunque no llegó a compartir los documentos, se suicidó antes de su juicio en 2013. 

Una extradición está dentro de las posibilidades, pero Elbakyan -quien hoy estudia una maestría en historia de la ciencia- no se rinde y aunque un juez en Estados Unidos ordenó bajar el dominio original del sitio (Sci-Hub.io), ella simplemente cambió su ubicación (Sci-Hub.cc). Al respecto, John Tagler, vicepresidente de la Asociación de Editoriales Americanas que agrupa a varias de las empresas del rubro, afirma tajantemente a Tendencias que Sci-Hub es una “organización pirata involucrada en el robo masivo de material con derecho de autor”.

Su dueña tiene otra opinión y argumenta que el portal impulsa el avance de la ciencia. “El derecho de autor crea incentivos  para que la gente restrinja la distribución de conocimiento con el fin de ganar dinero. Por eso lo veo como una amenaza seria al desarrollo de la investigación y la educación. Robo es lo que hacen las editoriales; ellas hurtan el conocimiento público para obtener ganancias”, dice. Además,  apela al artículo 27 de la declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que dice que “toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y sus beneficios”.  

La disputa evidentemente ha llamado la atención de la comunidad involucrada y de los medios. Diarios como The Washington Post han llegado a plantear que Elbakyan está generando una revolución similar a la de Napster, el servicio que permitía intercambiar música de manera gratuita pero ilegal que tuvo que cerrar y pagarles a las discográficas, pero  que por otra parte transformó esa industria. También la han comparadocon Robin Hood, paralelo que a Elbakyan no le desagrada. “Él era un buen tipo que ayudaba a los pobres. Normalmente, el gobierno hace el trabajo de Hood a través de los impuestos. La gente rica los paga y ese dinero va a los pobres, para asegurarse que todos los miembros de una sociedad tengan el mismo nivel de oportunidades. Si este sistema no funciona y naces en una familia pobre, sin importar cuánto trabajes seguirás siendo pobre. Cuando eso ocurre, la sociedad necesita Robin Hoods que hagan justicia”, afirma Elbakyan.

Las editoriales se defienden señalando que sus costos se justifican en las inversiones como el entrenamiento y el manejo de las personas y especialistas (pares) que revisan cada estudio que permiten que las revistas sean rigurosas y el manejo de sus bases de datos. “Es cierto que las revistas se vuelven cada vez más caras y que el acceso se torna más restringido. Esto va contra la ética básica de la ciencia, que se basa en compartir datos. Pero es importante recalcar que esto no justifica quebrantar la ley. Es la ley la que hace que gente con distintas opiniones viva en una misma sociedad. Cualquiera que socave las reglas hace más daño que bien. Si Elbakyan cree que sus acciones son justificadas, debería defenderse ante una corte”, dice a Tendencias el ingeniero Steven Aftergood, director de una división de la Federación Estadounidense de Científicos que se dedica a promover el acceso público a la información.

Apoyo científico

Para acceder a los contenidos que después libera, Sci-Hub ocupa una serie de claves que han sido robadas del mismo modo en que los hackers obtienen información financiera de los clientes de los bancos. Pero también tiene varias que han sido donadas por investigadores partidarios de la causa. “Los científicos en general apoyan lo que hace el sitio”, dice Elbakyan y no se equivoca completamente.  

Aunque muchos integrantes de la comunidad objetan los métodos ilegales que usa Sci-Hub, sí creen que su popularidad es síntoma de los problemas de fondo en la entrega de la información científica. Entre ellos está Heather Sparks, directora de SPARC –organización que aboga por el acceso abierto a la investigación-, quien desde Estados Unidos aclara que no avala los métodos pero sí entiende la masificación del portal. “Es una espantosa representación del rincón hacia el cual  muchos miembros de la comunidad científica se sienten arrastrados. Ellos simplemente no pueden pagar el alto precio que implica acceder a los artículos que requieren para hacer su trabajo de forma eficiente. No pueden ignorar esos artículos y esperar que su propia investigación sea creíble; es material esencial para sus estudios”, dice y cuenta lo que sucedió cuando en una charla reciente le pidió a un científico que entrara al sitio. “Cuando descubrió que podía obtener sus propios estudios sin pagar se emocionó tanto que empezó a enseñarle a la audiencia cómo usarlo”, dice.

La pregunta es por qué si hay investigadores que apoyan el libre acceso a la investigación, tratan de instalar sus artículos en estas revistas que, además, cobran a los científicos entre uno y dos millones de pesos por publicar sus estudios. Para eso hay que entender que en el mundo académico y de la investigación el prestigio y la obtención de financiamiento pasan por difundir sus estudios en las revistas de mayor reconocimiento, que son en buena parte las que cobran por acceso. Entonces, restarse de ese sistema puede afectar la trayectoria profesional. “Hoy estos ranking de publicaciones y de productividad se han convertido en fetiches. Eso no es bueno porque el investigador se convierte en un esclavo de esa función y todos los fondos que recibe se basan en su capacidad de colocar sus artículos en ciertas revistas”, señala el médico Flavio Salazar, vicerrector de investigación de la Universidad de Chile.

Un elemento que complica más este conflicto es que muchos de los estudios publicados en esas revistas son financiadas con fondos públicos para la investigación que tienen los distintos países, como por ejemplo el Fondecyt chileno. Este escenario explica que en los últimos años hayan tomado fuerza y se estén diversificando las iniciativas de “acceso abierto” que empujan un cambio similar al de Sci-Hub pero legal,  a través de revistas y sitios que ofrecen sus publicaciones gratis o con precios mucho más bajos (ver recuadro). Hasta ahora ninguna había logrado darle la visibilidad al debate que le ha dado la polémica en torno a Elbakyan. “Sci-Hub instaló este tópico en la opinión pública”, dice ella y agrega: “En la comunidad dedicada al acceso abierto no todos están muy felices, porque Sci-Hub ha hecho lo que ese grupo ha fracasado en concretar durante años: lograr que la literatura científica sea gratuita”.  

Hoy más de 16 mil investigadores de todo el globo tienen una campaña para boicotear las suscripciones que cobra Elsevier (http://thecostofknowledge.com) y dicen que no publicarán ni revisarán papers que vayan a sus revistas. Incluso, la biblioteca de la Universidad de Harvard –que desembolsa más de US$ 3,5 millones al año en este ítem- conminó a sus investigadores a postular sus estudios en revistas de acceso abierto. Estos medios, que hoy suman más de seis mil e incluyen al popular PLOS One, suelen cobrar a los científicos más de 700 mil pesos por publicar cada paper pero los liberan gratuitamente en internet. También existen repositorios internacionales donde se reúnen sin restricciones los trabajos académicos, como la Biblioteca Científica Electrónica en Línea (SciELO.org) que opera en América Latina y el Caribe y de la cual también participa Conicyt en Chile. 

Sin embargo, Erwin Krauskopf, director de la Escuela de Ingeniería en Biotecnología de la UNAB y experto en este tema, explica que este segmento no está exento de problemas, ya que han aparecido lo que se conoce como “revistas predatorias” que se han hecho conocidas por aceptar manuscritos sin ser revisados por pares, “tener comités editoriales constituidos por nombres falsos o usar nombres de académicos sin su consentimiento”, lo que obviamente afecta la calidad y rigor de los estudios y la información que circula. Pese a que hay vacíos, los gobiernos se están plegando al movimiento de acceso abierto. Un ejemplo es la Unión Europea que  determinó hace un mes que desde 2020 todos los estudios financiados con dinero público deberán ser de acceso gratuito. “Es es un paso adelante, pero existen millones de reportes que ya están publicados y con acceso cerrado y que no serán afectados por esas políticas. Pero Sci-Hub puede conseguirlos”, afirma Elbakyan.

Según ella, su “revolución” avanza a paso firme: “La transformación ya ocurrió y ya hay acceso a más de 50 millones de artículos que estaban restringidos. Eso es imposible de revertir”. Sin embargo, ella aspira a más: “Lo ideal sería la destrucción total del derecho de autor. Napster no pudo hacer esto, porque se enfocaba en la música, algo que tendemos a ver como entretención. Y es muy difícil argumentar que el entretenimiento gratuito es bueno. Pero sí podemos plantear que el acceso gratis y sin restricciones al conocimiento es beneficioso”.

El cuervo característico de Sci-Hub

Las nuevas alternativas legales

En 2012, Timothy Gowers, un prominente matemático de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, se quejó en su blog de los “exorbitantes” precios que cobraban las editoriales científicas para acceder a los estudios y  juró que dejaría de publicar sus reportes en las revistas de Elsevier. En cosa de días recibió centenares de respuestas en apoyo, por lo que diseñó un proyecto y en marzo de este año lanzó Discrete Analysis (http://discreteanalysisjournal.com). 

Se trata de un portal dedicado a las investigaciones en matemáticas y que apunta al mismo objetivo de Sci-Hub, pero de manera legal: es una iniciativa sin fines de lucro y gratuita que es propiedad de un equipo de investigadores. Cuando alguien envía un reporte, el portal usa un software llamado Scholastica que se encarga de coordinar el análisis de un grupo de pares. Luego el autor revisa los comentarios de sus colegas y sube una versión final al portal. 

Otro ejemplo en la misma línea es The Winnower (https://thewinnower.com),  portal que lanzó en 2014 Josh Nicholson, un experto en cáncer de la universidad Virginia Tech. “Me desesperaba lo costoso que era leer y publicar literatura científica, lo lento que resultaba, su ineficiencia y, lo peor de todo, lo cerrado que era”, dijo a Chronicle.com.  En su sitio la filosofía es “hágalo usted mismo”. Los autores publican sus borradores, para que los usuarios puedan no sólo leerlos, sino que también revisarlos, e incorporar sus comentarios hasta llegar a una versión final. La página cobra 100 dólares por cada publicación, tarifa que se dedica exclusivamente a mantener el portal. 

Una iniciativa importante en esta línea es eLife (https://elifesciences.org), fundado en 2012 por tres importantes organizaciones: el Instituto Max Planck, de Alemania; el Howard Hughes Medical Institute, en Maryland, y el Wellcome Trust, de Londres. El editor de esta revista centrada en ciencias biomédicas y biología es Randy Scheckman, ganador del Nobel de Medicina en 2013, y el sitio da acceso gratuito a las publicaciones. Los autores tampoco tienen que pagar por publicar ahí, y la mejor prueba de que está funcionando es que las tres organizaciones que lo financian acaban de comprometer 26 millones de dólares para sus operaciones. 

Patricia Muñoz

El costo para el país

* Patricia Muñoz, de Conicyt.

Chile no está ajeno a este debate y al problema. A través del programa Biblioteca Electrónica de Información Científica (BEIC), el Estado financia el acceso gratuito vía internet a casi seis mil revistas científicas en formato electrónico que abarcan más de cien disciplinas. Para 2016, el presupuesto de este programa, a cargo de Conicyt y que beneficia a universidades e instituciones como el Congreso o el Instituto Antártico, suma poco más de nueve mil millones de pesos, más de 13 millones de dólares.

BEIC facilita el acceso a las publicaciones desde cualquier computador localizado en las instituciones participantes. Patricia Muñoz, directora del programa de información científica de Conicyt, cuenta que uno de los grandes problemas del sistema editorial actual es “que no compras por título. Por ejemplo, te ofrecen grandes volúmenes de revistas y de ellas muchas son en árabe o chino. Hay cosas en esas bases de datos que muchas veces no se usan por un tema de idioma o calidad”. 

Muñoz agrega  que si bien lo que hace Sci-Hub es ilegal, la discusión que propicia es razonable y ética: “En el fondo lo que sucede es que el financiamiento público paga por la producción de conocimiento científico y luego también para tener acceso a leerlo. El negocio es bastante poco justo”. Actualmente, de los cerca de 10 mil estudios chilenos que se publican al año casi un tercio se edita en medios de acceso abierto. 

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