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Actualizado el 11/02/2012
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El presidente prisionero de la UDI

Autor: Marco Enríquez-Ominami

Piñera es un DC de derecha; si fuera por él, aprobaría el acuerdo entre ese partido y Renovación Nacional. 

EL EXCESIVO poder del Presidente de la República, equivalente a un monarca, a un emperador o un César, se puede reducir a cero cuando el Jefe del Estado no cuenta, al menos, con un tercio en el Parlamento, ni con la anuencia de una combinación de partidos políticos que le permitan gobernar. En cierto grado, todos los presidentes de Chile han sido prisioneros de los partidos políticos que los apoyan -Aguirre Cerda, Ríos y González Videla, de los radicales; Ibáñez, de los agrariolaboristas; Alessandri, de liberales, conservadores y radicales; Frei, democratacristiano; Allende, de socialistas y comunistas. El Presidente Piñera no es la excepción, y está preso en manos de la UDI. En ese sentido, el poder del Presidente es todo y nada.

La separación rígida de poderes supone que tanto la legitimidad del Presidente de la República como del Congreso emanan de la soberanía popular, y ninguno de ellos puede disolver al otro; por consiguiente, en ambos casos su mandato es de cuatro años. Ahora bien, ¿qué le ocurre al país cuando hay un mal Presidente y un Congreso espurio?

En un sistema parlamentario o semipresidencial la solución es simple: basta el voto de censura para derrocar al  Primer Ministro, y la disolución  del Parlamento para llamar a nuevas elecciones. En el sistema parlamentario chileno (1891-1925), Germán Riesco, por ejemplo, fue un pésimo presidente, pero importaba poco, pues el primer mandatario era “una piedra en el camino”, es decir, sin poder alguno. En el presidencialismo, por vía de ejemplo, tanto Carlos Ibáñez (1952-1958) como Sebastián Piñera han hecho un mal gobierno. Nada se puede hacer para evitar, en el caso del actual Mandatario, que siga acumulando errores que lleven al inmovilismo, sumado a ineficacia gubernativa.

Sebastián Piñera es un democratacristiano de derecha; si fuera por él, aprobaría el acuerdo entre la Democracia Cristiana y Renovación Nacional, que es perfectamente congruente con su biografía política, pero obligado por la UDI se ve conminado a sostener  ideas justamente contrarias a las que han caracterizado toda su historia política (pareciera que los “coroneles” de la UDI estuvieran hablando por el Presidente, una especie  de “Melón y Melame”). 

Sabemos que en el presidencialismo es muy difícil cambiar las combinaciones políticas de apoyo; por consiguiente, Sebastián Piñera no podría abandonar a la UDI -que se jacta de ser la primera mayoría nacional en el Parlamento- para conformar una nueva combinación DC-RN, con capacidad de cambiar la trilogía de que forman los sistemas político, electoral y de partidos. En el parlamentarismo se pueden formar combinaciones en base a varios temas que, en el caso chileno, se podrían lograr con la reforma del sistema político, en una especie de “matrimonio de prueba” con plazo limitado. En el caso del presidencialismo binominal las combinaciones deben durar todo el período,  “sin divorcio con disolución de vínculo, aun cuando exista incompatibilidad de caracteres y violencia intrafamiliar”.

Lamentablemente, se confirman mis sospechas  con respecto a la incapacidad de la casta política duopólica, en el sentido de llevar a cabo las reformas necesarias para dignificar la democracia. 

 

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