*

Opinión ,
Abrir menú
Compartida
Actualizado el 13/02/2013
Estás leyendo:El Príncipe

El Príncipe

Autor: Ernesto Aguila

Es llamativo que a cinco siglos de haber sido publicado, el libro de Maquiavelo siga siendo reeditado, leído y comentado.

CUANDO la gran mayoría de los libros duran menos que su lanzamiento o, en casos muy excepcionales, una o dos generaciones, El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, cumple 500 años en 2013 y sigue gozando de buena salud. Que un libro se mantenga “vivo” durante cinco siglos, es decir, reeditado, leído y comentado, no deja de ser un hecho en sí mismo notable en términos editoriales y de lo que podríamos llamar la historia de los libros.

¿Cómo un texto que no proviene del campo literario, sino de la política, escrito en una prosa correcta pero nada deslumbrante, ha podido perdurar tanto tiempo? Alguien dijo que un libro, para ser realmente exitoso y longevo, debe descansar en algún malentendido; que debe contener, de manera premeditada o azarosa, algún acertijo, un juego de espejos, que permita diversas y contradictorias lecturas, en distintos tiempos y lugares.

Precisamente, si algo llama la atención de El príncipe son las múltiples y contradictorias interpretaciones a las que ha dado lugar y las muy dispares valoraciones de las que ha sido objeto su autor. Para algunos, Maquiavelo no pudo escribir en serio lo que escribió, seguramente exageraba, por lo que El príncipe debe ser considerado una sátira política. La mayoría, sin embargo, no lo ha considerado así y lo ha leído con absoluta seriedad: varios concuerdan en definirlo como “un libro anticristiano y auténticamente pagano” (dicho a veces como crítica y otras como alabanza); un texto “libre de visiones petit-bourgeois y su autor un gigante de la Ilustración” (Engels); “un manual para pandilleros” (Russell); “un escritor descreído, el socio del diablo en el delito” (los generalmente ponderados jesuitas); “un supremo realista y esquivador de fantasías utópicas” (Bacon).

Luego está el enigma de para quién fue escrito. De manera explícita, para Lorenzo II de Medici; sin embargo, Gramsci -quien definió a Maquiavelo como un “jacobino precoz”- sostiene que no tendría sentido dirigir un texto así a quien ya “sabía” cómo funcionaba el poder. Según esta lectura, lo que Maquiavelo intenta realizar es “la educación política de quien no sabe”. ¿Y quién es el que no sabe? El pueblo y sus poco experimentados líderes. Dedicar el libro al “príncipe” habría sido un ardid para poder llegar “a los que no sabían”.

Pero, ¿qué hay en este pequeño libro que “ha causado una intranquilidad tan profunda y duradera”, como diría Isaiah Berlin, uno de sus más lúcidos lectores? En El príncipe encontramos la puesta en evidencia de la escisión moderna entre ética y política (¿es sólo moderna esta dualidad?); un discurso que habla de lo que los hombres hacen en política y no de lo que deberían hacer; la prescindencia total de la sicología y de la teología cristiana y de casi cualquier tradición ética (de ahí el “paganismo” que se le atribuye a Maquiavelo); la explicitación de la perturbadora relación entre medios y fines (un ejemplo reciente lo aporta la película Lincoln, al relatar cómo se habría obtenido la votación parlamentaria para abolir la esclavitud, la llamada Enmienda XIII). Estos son algunos de los temas que dejó abierto este breve texto de Maquiavelo y que la humanidad aún no termina de descifrar.

Comentarios
Cargar comentarios
Papel digital