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Actualizado el 18/03/2017
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El puente que inundó Chañaral

Autor: Ignacio Bazán

El sábado próximo se cumplen dos años del aluvión que azotó la III Región. En Chañaral, el desastre pudo haber sido profundizado por un puente de la Panamericana que desvió el cauce de las aguas hacia el centro de la ciudad. Un documento del MOP de 1975 recomendaba no construir en la zona, además de solucionar el problema del puente-tapón. Eso no ocurrió, dejando 11 muertos, 120 familias damnificadas y casi todo el comercio de la ciudad destruido. Esto es Chañaral, dos años después.

El puente que inundó Chañaral

Los más viejos lo recuerdan. Era enero de 1972 y en Chañaral hubo un aluvión. El agua bajó por el río Salado, el río que viene de El Salvador, pasa por Diego de Almagro, luego por la localidad de El Salado hasta llegar al mar, en Chañaral. Esa vez, el agua entró al centro porque el puente de la Panamericana, que cruza el río, actuó de dique. El agua, que debía seguir su camino al Pacífico, se desvió. En lugar de seguir en línea recta hacia el mar, siguió una trayectoria de L, pasando por Merino Jarpa, la calle principal de la ciudad.

Sonia Ovalle (66), quien perdió su negocio, además de su casa y la de su madre, a media cuadra de Merino Jarpa, recuerda que ese lejano 1972 un ingeniero en vialidad de la municipalidad, llamado Eduardo Díaz, fue y dinamitó el puente de la Panamericana para que el agua y el barro siguieran su cauce natural hacia el mar. “El barro nos entró igual, pero fue mucho menos que hace dos años”, dice Ovalle.

Entre 2013 y 2014, la empresa Besalco construyó un nuevo puente sobre el río Salado. Los habitantes de Chañaral coinciden en que el puente prácticamente tapó el libre flujo del río, que en rigor, gran parte del año es solo un lecho seco. El párroco de la iglesia de Chañaral, Jaime Pizarro (42), dice que Jorge Díaz, un popular habitante de Chañaral, conocido como “el Macilla”, porque era desabollador de autos, advirtió que una catástrofe podía ocurrir tras la construcción del puente. Sonia Ovalle dice que “el Macilla” murió hace unas semanas víctima de una depresión post aluvión. “El tema del puente era su lucha”, dice. “Y él sabía, porque era superintendente de bomberos”.

El senador por la III Región Baldo Prokurica (RN) ha estado organizando la batalla civil de las víctimas. Y en el proceso, dio con un documento revelador: un oficio del 10 de julio de 1975, de la Dirección de Obras Públicas, dependiente del MOP. En las cinco hojas del escrito, el ingeniero jefe del departamento de defensas fluviales detalla los cambios que deben hacerse para prevenir un nuevo aluvión que ingrese a Chañaral. En el documento recomienda sacar el terraplén sobre el río Salado por el que pasa la Carretera Pa-namericana y en su lugar construir un badén, para que las aguas y el barro pasen por sobre la ruta en caso de aluvión. También se recomendaba hacer una franja de 25 metros para encauzar el río, lo que implicaba una serie de expropiaciones a patios delanteros de casas del sector. El documento ponía al tanto al MOP de lo que debía hacerse, además de la intendencia regional, la gobernación de Chañaral y la municipalidad. “Nada de eso se hizo”, acusa Prokurica. “Todo lo contrario. El MOP y la empresa Besalco entregaron un poco antes del aluvión un puente que no cumplía con los estándares. Además, desde 1975, donde se recomendaba no construir, se hizo un complejo de casas Serviu que desapareció totalmente con el aluvión”.

Prokurica dice que junto al abogado Eduardo Riquelme están preparando una demanda civil contra el Estado y la empresa que construyó el puente. “Esto era conocido y el documento del MOP es prueba de ello”, dice Prokurica. “La demanda va a incluir a los familiares de las víctimas que quieran sumarse y a la Cámara de Comercio. El aluvión no solo se llevó personas y casas, sino que también casi todo el comercio de Chañaral”.

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Antes del aluvión, Chañaral, una ciudad de unas 12 mil personas, ya había sido golpeada. Por 50 años recibió relaves de la minería, instalada entre cordillera y costa. Primero fue la Andes Copper Mining Company y luego de la nacionalización del cobre, en el gobierno de Allende, los relaves bajaron desde el mineral del Salvador. Los desechos pararon de llegar a fines de los 80, pero ya era demasiado tarde. El sector costero de Chañaral había quedado irreversiblemente contaminado y los relaves le habían quitado al mar poco más de un kilometro. Si las olas llegaban hasta pocos metros de la costanera, ahora había que caminar cerca de un kilómetro de desecho minero para llegar al mar. Esto hizo que la ciudad le diera la espalda a su playa. Aunque Chañaral tiene mar, sus habitantes parecen ignorarlo, simplemente no tienen relación con él.

Los relaves hicieron del aluvión del 25 de marzo de 2015 una experiencia aún más terrible. Los cuerpos de fallecidos encontrados pocos días después estaban totalmente descompuestos. “A mí no me dejaron ver a mi pareja”, cuenta la profesora Delia Vega (66). “Lo encontraron cinco días después y los carabineros me dijeron que no estaba en condiciones para que yo lo viera”.
Vega recuerda ese día. Con su pareja de 30 años, Guillermo Sepúlveda, 66 años al momento de su muerte, fueron al centro en un furgón a rescatar lo que pudieran de su distribuidora de confites. Cuando vieron que el agua empezaba a subir decidieron devolverse a su casa. Apenas entraron al furgón se vino la ola negra. “Fue tan potente, que vi cómo sacó nuestro negocio, que tenía estructura de metal, de cuajo”, recuerda Vega. El impacto del barro y las cosas que arrastraba rompió un par de vidrios del furgón y el agua les empezó a entrar. Solo podían respirar con la cabeza pegada al techo. “La potencia del agua nos empezó a arrastrar”, continúa Vega. “Recorrimos varias cuadras de Merino Jarpa y vimos cómo casi todo el comercio que conocíamos, la municipalidad también, habían desaparecido”. El furgón se encauzó una cuadra hacia la costa y finalmente quedó varado en la costanera. La pareja decidió subirse al techo de su vehículo mientras veía cómo el cauce se llevaba desde casas hasta buses.

Sepúlveda le dijo a Vega: “Súbete a algo”, y después de eso se subió a un sillón de oficina que venía flotando. Vega estaba paralizada por el miedo y decidió quedarse ahí. Cuando vio que el cauce podía seguir subiendo de nivel trepó a uno de los árboles de la costanera. Ahí se quedó cinco horas esperando un rescate que no llegaba. Hasta que escuchó una voz familiar desde el edificio de enfrente, un terminal de Pullman Bus. Era un apoderado del colegio donde trabajaba, quien cruzó con una cuerda para sacarla de ahí. A pesar del fuerte torrente, pudo cruzar a Vega hasta el segundo piso del terminal. Y desde ahí caminaron entre los techos y volvieron a cruzar otra calle, Merino Jarpa, con cuerda. Desde ahí la llevaron al hospital y le pusieron 10 frazadas encima. Vega tenía una hipotermia severa.

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Cinco días más tarde, el mismo día en que la dieron de alta, se enteró de que Sepúlveda, el padre de sus dos hijos, el hombre a quien había conocido casado y que tenía una familia en Santiago a la que visitaba algunos días al mes, había sido encontrado muerto. Vega dice, con lágrimas en los ojos, que nada de eso le importaba, que él tenía otra familia y una esposa, pero para el amor verdadero la había elegido a ella. “Es raro todo esto”, dice sentada en el living de su casa. “Una con el tiempo se enamora más. Todos los días me acuesto y me levanto pensando en él”.

Día por medio, Vega lo va a visitar al cementerio: “Siento que si no voy es como si lo hubiera abandonado”.

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Más allá de la sensación de que el puente condenó a Chañaral a taparse en barro, en la ciudad también hay un sentimiento de abandono a dos años del aluvión. El municipio sigue funcionando en contenedores dentro del estadio municipal. Raúl Salas, el alcalde asumido en diciembre del año pasado, dice que recién se aprobaron los dineros para financiar el diseño del nuevo edificio. “Eso estaría listo en diciembre y luego de eso el municipio tiene que salir a buscar los recursos para la construcción”, explica. Salas acaba de asumir y no sabe si terminará su gestión en 2019 con el nuevo edificio de la municipalidad inaugurado.
Salas, quien fue jefe de gabinete de la gobernación de Chañaral en el primer gobierno de Bachelet y en su primer intento de llegar a la alcaldía fue apoyado por el PRO, no tiene una buena impresión de los esfuerzos de reconstrucción: “Nosotros vemos que a pesar de que tuvimos una tremenda catástrofe, hoy postulamos a recursos que se entregan a través del sistema tradicional. No vemos ni una aceleración en los procesos ni recursos especiales asignados para levantar Chañaral. De hecho, los procesos cada vez se ponen más lentos y aquí hay consenso en eso. Merecemos más atención del Estado de Chile”.

Salas pone un ejemplo. Dice que recuerda haber escuchado a la ministra de Vivienda decir en Chañaral que para el 18 de septiembre de este año, las 120 familias que perdieron sus casas estarían bailando “cueca en casa propia”. Salas lo ve complicado. “Pasé por la construcción hace poco y me dijeron que había un 18% de avance”. Según Alonso Guerra, el gobernador de Chañaral, las casas estarían listas a fin de año de todas formas. “El porcentaje de avance es de un 80%, está muy avanzado”, dice. “Además, el 100% de los caminos están repuestos”.

En la constructora, por su lado, dicen que el nivel de avance es de 35%. Mientras algunos trabajadores dicen que llegan a la fecha comprometida por el gobierno, otros dicen que las casas estarían para diciembre o enero del próximo año.

El problema es que la gente que perdió sus casas en el centro no se quiere ir de ahí. Muchos, como Sonia Ovalle, tenían terrenos de hasta 500 m2 y no quieren cambiarlo por un departamento de 60 m casi afuera de la ciudad. Además, para ellos no hay ayuda, porque tras el aluvión el gobierno prohibió el uso residencial de ese suelo. Quienes construyen ahí, ya sea comercio, hoteles o casas, lo hacen bajo su propia responsabilidad y con recursos propios. “No voy a perder todo lo que tenía por irme al patio trasero de Chañaral”, dice Ovalle.

Es por eso que de las 260 casas sociales que se construyen en Chañaral, solo 90 serán ocupadas por afectados por el aluvión.

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Salas, el alcalde, dice estar al tanto de los efectos que pudo haber tenido en la gravedad del aluvión la construcción del puente. Y dice: “Estamos evaluando la posibilidad de sumarnos a la demanda del senador Prokurica. Debemos cuestionarnos como gobierno comunal quién fue el responsable de que se construyeran viviendas en sitios donde no se podía construir. A pesar de que está este decreto de 1975, se construyó igual y eso hay que investigarlo para dar con los posibles responsables”.

Guerra, el gobernador, tiene una opinión diferente: “Nunca antes se dio algo como lo que vivimos en 2015, no tiene parangón alguno. El gobierno dijo que va a elaborar una propuesta responsable, pero que en ningún caso va a mitigar lo que se vino en este aluvión”. Y agrega: “Hay mucho mito. Cuando se trata de un evento de alto impacto, es como un partido de fútbol. Todos somos entrenadores. Desde el punto de vista de responsables, las cosas no son tan fáciles, si fuera así de fácil no ocurriría lo que ocurrió. Nuestra principal responsabilidad es que no se vuelva a perder ninguna vida. Esa vez, la gente quiso registrar la historia, grabar y sacar selfies. No dimensionó lo que venía”.

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En Chañaral todavía hay cierta confusión sobre lo que pasó el día del aluvión. No se entiende, por ejemplo, cómo no se dimensionó la cantidad de barro que bajaba por el río Salado. El aluvión pasó por Diego de Almagro a las 11 de la noche del 24 de marzo, mientras que por El Salado fue a las cuatro de la mañana. A Chañaral, finalmente, llegó pasado el mediodía. “Hubo tiempo suficiente para dar la alerta, pero faltó decisión para informar”, asume el gobernador Guerra. “Uno de los vecinos murió por salvar un perro, otro por sacar la caja fuerte que tenía. Hay distintas razones, legítimas por lo demás, pero eso no debiera volver a pasar”.

Florencia Gutiérrez (64) quedó viuda. Su marido, Oscar Guggiana (68), fue uno de los 11 fallecidos en Chañaral y fue la persona que quiso salvar a su perro, según describe el gobernador. Gutiérrez, quien perdió su casa en la costanera, una cuadra abajo de Merino Jarpa, recuerda ese día. “La lluvia había parado y nos habían dicho que subiéramos hacia el cerro”, recuerda. “Pero no había urgencia, nadie sabía que el aluvión había destruido Diego de Almagro y El Salado, por ejemplo”.

Guggiana le dijo a Gutiérrez: “Anda y yo voy a trabajar”. El problema es que Guggiana trabajaba en el supermercado Zamora, que fue arrasado por el barro. “Sospechando lo que pasaba se debe haber vuelto a sacar los perros”, dice Gutiérrez. El matrimonio vivía a dos cuadras del supermercado. Gutiérrez no tuvo noticias de su marido por cinco días. Lo encontraron porque el GPS de su celular emitió una señal al computador de su hijo. Guggiana había muerto en un remolino de barro adentro de su propia casa. Su cuerpo, cuando fue encontrado, también estaba descompuesto por los relaves de Chañaral. Los dos perros que fue a salvar sobrevivieron.

Gutiérrez dice estar consciente del problema del puente sobre el río Salado. “Besalco tapó los puentes con concreto”, dice Gutiérrez. “Era una trampa mortal que nos quedó a nosotros”. Aún así, no quiere sumarse a acciones legales contra el Estado o la empresa. “Ya perdí a mi marido y mi casa. La ayuda que pudo haber llegado ya no llegó”. Gutiérrez es de las que no están dispuestas a cambiar el terreno de su casa en el centro por un departamento social en la parte trasera de Chañaral.

Por mientras, en calle Salado, bordeando el río y donde se demolieron las casas construidas por el Serviu hace unos 15 años, también están los que no se quieren ir. Delmo Castro (62), pastor de una iglesia evangélica, duerme hace dos años en una carpa en el terreno donde alguna vez estuvo su templo. Dice que no se quiere ir de ahí hasta que se arregle el tema del cauce del río Salado o le pasen otro terreno para construir su iglesia. Su vecino Felipe Toro (61) también se quedó, pero de allegado en una casa un poco más arriba que le dio la Asociación de Estibadores de Chile. “Sin ellos no tendríamos nada”, dice mirando la zona roja, donde alguna vez estuvo su casa y donde ahora no se puede construir tal como debió ocurrir, desde 1975, cuando, a pesar de las advertencias de un ingeniero del MOP, sí se construyó.

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