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Actualizado el 30/09/2017
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El rumor de las cavernas

Autor: Óscar Contardo

El rumor de las cavernas

Ocurrió hace 11 años. Entrevisté en su casa a un hombre joven que estudiaba Ciencias Políticas y se declaraba nazi. Él y su mujer se reconocían como tales, y cuando les pregunté, me dijeron que a su hija le inculcaban sus mismas ideas. Vivían en La Granja, en el borde de un barrio limpio y ordenado, rodeado de poblaciones que parecían haber sido arrojadas a su suerte, salpicadas de sitios eriazos y basura. El pequeño pasaje de entrada a la manzana del domicilio de mi entrevistado estaba protegido por una reja en ambos extremos de la cuadra. El temor que la baja clase media le tiene a ser considerada pobre es un miedo que cobra formas diversas, casi todas ellas metáforas de escudos, punzones, zanjas, muros y barrotes.

Mis anfitriones me mostraron tatuajes con símbolos patrios, fotos de ritos de fortaleza física -que incluían dejarse quemar el cuerpo con cigarros- y me explicaron en qué consistían las barridas con bastones retráctiles que sus cercanos solían hacer por los suburbios de Santiago. Sus compinches atacaban inmigrantes, travestis, prostitutas y hombres homosexuales. “Limpiaban la escoria”, decían, como si estuvieran hablando de una misión de servicio público. Eran amables, educados en su trato, aunque firmes en sus convicciones, por las que incluso él había perdido su trabajo en un hospital. Según me explicaron, el servicio de salud estaba “lleno de maricones”. No se consideraban a sí mismos xenófobos, pero culpaban a la inmigración peruana de los contratiempos económicos que sufrían sus cercanos.

Llegué hasta ellos porque la justicia buscaba a uno de sus amigos por su presunta participación en el asesinato a puñaladas de un chico antifascista. El sospechoso -un tatuador de apellido Esparza- estaba prófugo. Mis entrevistados estaban bajo investigación por encubrimiento y asociación ilícita. En su casa tenían un ejemplar de El Judío Internacional, uno de los pocos libros que la policía no les incautó luego de un allanamiento.

La historia de aquella pareja joven era parte de una nota que publiqué en una revista extranjera. Me había olvidado de aquel encuentro hasta que hace unas semanas vi una foto de mi entrevistado como candidato a Core de Chile Vamos. Pensé que tal vez era un alcance de nombres -Rodrigo Pérez podía haber muchos-, pero después supe que no, que efectivamente era él posando junto a Sebastián Piñera y Loreto Letelier, una candidata a diputada que mintió públicamente sobre el llamado “caso quemados”. Letelier sostuvo en una cuenta de sus redes sociales que Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas no fueron incendiados por una patrulla de militares que luego los abandonó a su suerte, tal como constató la justicia. La candidata de Chile Vamos afirmaba que sus heridas eran producto de la explosión de unas bombas molotov que ellos mismos cargaban. Eso escribió la candidata, asegurando que era un asunto comprobado, que constaba en el expediente judicial. Letelier difundió como verdadero algo absolutamente falso y llamaba “terroristas” a las víctimas de un crimen horroroso.

Mario Vargas Llosa, en su reciente visita a Chile, habló de la existencia de una derecha cavernaria de la que él -un farol de una rareza que podríamos llamar liberalismo latinoamericano- no se siente parte. Lo dijo a propósito del rechazo visceral que tuvo un determinado sector de la derecha chilena a la despenalización del aborto. Vargas Llosa dijo que ese sector “no entiende lo que son hoy los derechos humanos, lo que es conseguir que la mujer sea verdaderamente igual a un hombre. Para eso es fundamental que el aborto exista y se legalice”. El premio Nobel peruano llamó “cavernario” a algo que aquí suele describirse como firmes convicciones morales, justificadas por la tradición y el apego a un orden ancestral emanado de algo superior. Normas éticas talladas en mármol que se invocan de tanto en tanto, con una dureza de acero para condenar a los otros en virtud de su origen racial y social, sus conductas sexuales, la ausencia de fe o su adhesión ideológica. Rigidez que se ablanda rápidamente cuando se trata de asuntos de dinero, intereses creados y corretaje de influencias económicas. Una moral de la edad de piedra sobre la que muchos -como Rodrigo Pérez y Loreto Letelier- se están encaramando para prometernos tiempos mejores.

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