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Actualizado el 03/12/2016
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El enfermero de la Revolución Cubana

Autor: Alejandro Tapia

José Antonio Rodríguez viajó en más de 20 ocasiones a África con las tropas cubanas, primero a Argelia en 1963 como enfermero y luego a Angola, Namibia y Congo como anestesista. Hoy, vive en Chile.

El enfermero de la Revolución Cubana

“Eramos ídolos”. José Antonio Rodríguez se toma su tiempo para lo que dirá a continuación: “Yo era un revolucionario. Fui unas 20 veces al Africa, en varios viajes clandestinos. Allá hice lo que tenía que hacer”. Rodríguez, de 80 años, fue parte del medio millón de cubanos que Fidel Castro envió al continente negro, en algunos casos para intentar exportar su modelo, en otros para apoyar revoluciones en plena Guerra Fría. “Yo era un pedazo de Fidel en el Africa. Yo era el enfermero y el anestesista”, cuenta, orgulloso en su casa en Las Condes, donde vive desde hace cinco años.

Pero la historia de Rodríguez comenzó mucho antes. En 1958, el año previo al triunfo de la Revolución Cubana, su familia trabajaba para la industria azucarera, en una zona rural a 80 kilómetros de La Habana. “Yo era machetero y no podía ir a la escuela porque tenía que ayudar a mi padre. No nos gustaba Batista. Y en eso escuchamos por la radio del triunfo de Castro y los barbudos. Al tiempo, fui el único que pude abandonar el campo para ir a estudiar”, dice.

En La Habana, que por esos días sólo respiraba revolución con Crisis de los Misiles y la invasión en Bahía de Cochinos, Rodríguez consiguió cursar estudios en enfermería. Cumplía su segundo año cuando le ofrecieron enrolarse en el Ejército. En septiembre de 1963 fue el propio Raúl Castro quien se presentó en el cuartel para seleccionar a un contingente para una misión secreta. “No pasó mucho tiempo hasta que junto a otros 350 hombres, todos vestidos de civil para no despertar sospechas, nos subimos a un buque mercante para ir a Argelia. Nos demoramos 17 días en llegar y en el viaje nos cogió el ciclón Flora. Hasta el médico se mareó”, cuenta.

Jose Antonio Rodriguez

En Argelia, la Cuba de Castro cumpliría la primera “misión internacionalista” de un total de 17 revoluciones en las que participó en Africa. A Argelia, Rodríguez llegó en apoyo a las fuerzas del gobernante Ahmed Ben Bella, amenazado por incursiones marroquíes. “En el mercante íbamos con camiones, tanques, artillería antiaérea y armas de todo tipo. Nos enviaron al desierto y ayudamos a disuadir a los marroquíes que querían apoderarse de una zona plagada de petróleo”, rememora Rodríguez, que aún conserva el diploma, firmado de puño y letra por el mismísimo Raúl Castro, por aquella primera misión.

“Después de estar en el frente nos quedamos alfabetizando porque los argelinos no sabían ni leer ni escribir. Tampoco sabían mucho de armamento. Les enseñamos a usar los cohetes Katiushka”, acota Rodríguez, quien recuerda todo con detalle, en parte gracias a que aún conserva una bitácora, que escribió en un pequeño cuaderno usando como tinta mercurocromo.

A su regreso a Cuba, el enfermero se integró a la Unidad Militar del Alto Mando como jefe de servicios médicos y luego se convirtió en anestesista.

Tiempo después, cuando los años 70 llegaban a su fin, Rodríguez volvió a Africa, para involucrarse en los conflictos en Congo, Angola, Namibia y Etiopía. “Yo era un comunista y revolucionario en esa época. Y tenía conciencia de lo que estaba haciendo. Nunca olvidaré mi labor en el hospital de Luanda (Angola), por poner un ejemplo”, narra.

En Angola, Cuba desplegó tropas entre 1975 y 1990 en el marco de la Operación Carlota, en apoyo a José Eduardo do Santos -quien aún gobierna ese país. Ese conflicto, uno de los más largos de la Guerra Fría, enfrentó al Movimiento Popular de Liberación de Angola, liderado por Do Santos y a las fuerzas que luchaban por la independencia de Namibia, contra el movimiento armado Unita, las fuerzas del apartheid de Sudáfrica y Zaire, con Moscú y Washington en el primer y segundo bando, respectivamente. La guerra derivó en la independencia de Angola y Namibia.

Jose Antonio Rodriguez

Rodríguez recuerda como si fuera ayer la Batalla de Cuito Cuanavale, que tuvo lugar entre diciembre de 1987 y marzo del año siguiente y donde angoleños y cubanos lograron resistir una poderosa ofensiva de las fuerzas sudafricanas. Este combate dejó 10 mil muertos.

“Trasladamos hasta cohetes para esa batalla y eso pudo acabar con el apartheid y se liberó a Namibia”, sostiene. Sobre la muerte de Castro y su propia vida, concluye: “A Fidel no lo lloro, pero reconozco que para mí es un modelo. Tuvo convicciones, arrojo y valentía. Por mi parte sigo siendo revolucionario a mi manera y vivo con mi consciencia tranquila”, concluye.

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