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Actualizado el 15/07/2017
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Felipe Bianchi: Pues, vaya

Autor: Felipe Bianchi

Tomo el título de la notable antología de Pelham Grenville Wodehouse, el exitoso escritor humorístico británico, doctor honoris causa de la Universidad de Oxford, columnista de The Globe y Vanity Fair, letrista de comedias musicales junto a Cole Porter, Berlin y Gershwin, deportista de destacada participación en torneos de boxeo, rugby, golf y criquet, creador de personajes tan adorables como Jeeves, el ayuda de cámara, o Wooster, uno más de aquellos ociosos y desorientados jóvenes de buenas familias, con mucho tiempo libre y un gusto exagerado por el trago y los juegos de azar, para elaborar una teoría. Futbolera, claro.

Digo: no sólo usaré el “Pues, Vaya!” para renovar la admiración por esos personajes que describen con fina ironía a la Inglaterra rural, aristocrática, inocente y optimista, de los años 30, llevados a la pantalla por Stephen Fry y Hugh Laurie en la sabrosa serie televisiva Jeeves and Wooster, donde se mostraba ese mundo “delicioso y calmo de desdeñosas y desaprobadoras tías, mayordomos severos aficionados a disparar, jóvenes medio pavos en feliz estado de soltería que se lanzan unos a otros pedazos de pan en los comedores de los clubes, pero se ruborizan y tartamudean en presencia de personas del sexo opuesto. Ese mundo en el cual las camas no son escenarios de pasiones y deseos carnales, sino unos muebles muy a propósito para ocultarte cuando te persiguen los acreedores”, sino también para la necesaria metáfora pelotera.

Esto porque aquel título, descomunal y prodigioso, refleja a la perfección mi desconcierto, mi aturdimiento y perplejidad ante un problema que considero sin solución… quizás desde su origen.

Me explico: ¿cómo podría Colo Colo salir del entuerto en el que está? Mi tesis es que la situación compleja -y real, como es evidente- no tiene que ver con supuestos humos o falsas credenciales de Pablo Guede, como ha pretendido decir cierta prensa local muy dada, normalmente, a la inquina personal. No. El problema de los albos no es que el argentino trabaje mal. Ni siquiera que tenga adentro del plantel un grupo de cabronazos encabritados en su contra desde hace rato, seguramente por el exceso de exigencias. El problema de fondo es el cruce entre doctrina y realidad.

El técnico que llegó a liberar al club de las siestas del Coto Sierra, a darle al equipo energía, dinamismo, velocidad, juego directo ojalá sin estaciones, está atrapado desde el primer día en un decorado donde pocas cosas tienen que ver con eso. No sólo por los nombres que debieran llevarlo a la concreción de su ideario (es obvio que Barroso, Fierro, Figueroa, Pavez, Valdés, Paredes y ahora Valdivia están muy lejanos de ese ideal estético), sino, seguramente, por su propio enredo personal, que nos ha terminado mareando a todos. Enredo, seamos justos, al que ha ayudado mucho el desorden permanente de un directorio (incluyo en esto a Meneses) que hace cualquier cosa menos dirigir.

Algo, externo o interno, llevó a Guede a bajar varios cambios muy luego, a matizar la apuesta, a aguarse y decolorarse indefectiblemente en pos de… ¿defender mejor, escuchar los sabios consejos del medio local, darle más “equilibrio” al equipo (lo pongo entre comillas porque me repugna su simplismo), aceptar los refuerzos impuestos por el directorio? Difícil saberlo. Entre otras cosas porque, entre tanta pelea y tanto escudo, pocas veces el argentino ha terminado hablando de fútbol.

El resultado lógico es el actual momento de Colo Colo, dentro y fuera de la cancha: un tira y afloja permanente, un espacio sin libretos y por ende sin soluciones claras, y un entorno que ha terminado por avalar las soluciones de parche en vez de las de fondo. Un ejemplo claro: el doctor, el reponedor, el sanador, el jefe de la tribu al que se le pedía intensidad más que cualquier otra cosa, ha terminado más preocupado del tránsfer de un refuerzo que vuelve al club tras 11 años que de darle ritmo a un plantel avejentado. Quién lo iba a decir.

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