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Actualizado el 20/03/2017
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Galo Ghigliotto y la venganza del karateca sagrado

Autor: Patricio Tapia

La premiada primera novela del editor y escritor es el relato de una lucha que trasciende la política.

Galo Ghigliotto y la venganza del karateca sagrado

Las fuerzas de la oscuridad contra las de la luz, el bien contra el mal, un arte marcial contra un gobierno marcial. En Matar al Mandinga, el editor y escritor Galo Ghigliotto (1977) narra las peripecias de un karateca que intentará no sólo vengar a su maestro asesinado sino restablecer la justicia cósmica. Para ello deberá recorrer Chile y enfrentar las huestes demoníacas que se han apoderado del país, aunque su pelea va mucho más allá.

Todo empieza en 1975 cuando agentes del Estado matan al maestro o sensei del joven practicante de karate que vive con su abuela. Quizá recibió algún golpe en la cabeza, quizá no, pero empieza a tener visiones: en un sueño se le aparece su sensei para decirle que ha de luchar contra el mal. El discípulo marcha al norte, a trabajar con un tío y luego se instala cerca de San Pedro de Atacama, donde siente una poderosa fuerza mística y sueña con un monje llamado Casaus, quien -en su arcaica manera de hablar- le informa que él ayuda a las personas en el Purgatorio (y le refiere la existencia de una bestia feroz, “una alimaña de rasgo simiesco, rojos los ojos, la barba unta y negra”: el “mandinga”, el diablo, que resultará no ser otro que (¿adivinan?) Pinochet.

Durante su estadía en el norte, el joven pelea con unos militares que se están deshaciendo de cadáveres. Él ve siempre a los militares como demonios y a quienes se enfrentan a ellos como ángeles, algunos son “ángeles karatecas de Jesucristo”. Esto es sólo el principio.

La secuencia de hechos y personajes es vertiginosa: se encuentra con un monje japonés, más tarde con un chamán, hay apariciones de gárgolas diabólicas, mandriles asesinos, una camisa de fuerza, numerología bíblica, guerrilleros fisicoculturistas. En algún momento decide vigilar a su presa, Pinochet, y descubre a quienes lo atacarán en el Melocotón en 1986.

Parece una locura, pero no todo es fantasía: algunos atentados existieron y algunos personajes también. Uno de los dedicatarios es Jaime Ignacio Ossa, escritor, karateca y militante del MIR que murió a consecuencia de las torturas. Uno de los epígrafes es de Fray Bartolomé de Las Casas, el defensor de los indios durante la Conquista española. Ossa inspira al sensei. Casaus es Las Casas.

Se comprende que para mantener un relato así, se requiere un autor tan diestro con las palabras como su protagonista con los puños. Ghigliotto lo logra, aunque a veces las confunde (como cuando dice “castizo” por “antiguo”) o exagera las que están en japonés karatequístico (el narrador cuenta que con su entrenamiento “fortalecía las armas naturales de mi cuerpo: zuki, shuto, hiraken, haito, tettsui, shotei, hiji, koken”).

El problema es que, como en el rock cristiano, en los karatecas de Jesucristo hay algo que no cuadra bien. No es sólo la agresividad unida a una supuesta “sabiduría oriental” milenaria, sino su vinculación a las “buenas” causas: él lucha contra las maléficas dictaduras militares, por supuesto, pero también contra todas las fuerzas opresoras.

En una conversación Casaus le dice al protagonista: “Jamás imaginé que un japonés pudiera ser tan cristiano”. “No soy japonés”, le responde. “Es chanza, hijo”, explica. En Matar al Mandinga nunca queda claro si el libro está poseído por el espíritu de la beatería biempensante o por el espíritu de la sátira. Aunque a estas alturas parece tan ingenuo lo uno como lo otro.

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