La Tercera

Gary Prado, ex general boliviano y captor del Che Guevara: “El Che me pidió que le guardara sus Rolex”

El ex general Gary Prado, hoy de 79 años, en el escritorio de su casa, en Santa Cruz, Bolivia.

En la tarde del 8 de octubre de 1967, Ernesto Che Guevara fue llevado a la pequeña escuela de La Higuera, un pueblo perdido del valle boliviano. Horas antes, él y su columna guerrillera habían caído en combate en la Quebrada del Churo (o Yuro). El hombre que lo capturó, el capitán Gary Prado, ordenó a un subteniente que lo vigilara adentro de la pequeña salita. En un momento, el Che sorprendió a Prado con un particular favor. El guerrillero argentino-cubano le pidió que le devolvieran dos Rolex, a lo que el capitán accedió. “¿Sabe? Me los van a volver a quitar en cualquier rato, entonces mejor guárdelos usted”, le dijo Guevara. “Márqueme bien cuál es el suyo, le dije. Y entonces el Che le hizo una cruz con una piedrita”, cuenta Prado.

“El otro reloj era de Tuma, que había muerto en combate. El de Tuma se lo di a un comandante y el otro me lo quedé yo. Cuando se restablecieron las relaciones entre Cuba y Bolivia, en 1983, le conté al cónsul y le dije que quería hacerlo llegar a la familia, y entonces se lo mandé. No sé si el cónsul cumpliría el encargo. De agradecimiento, un día me llegó un Rolex nuevo del gobierno de Cuba. Pero nunca supe qué pasó con el reloj del Che”, cuenta Prado en esta entrevista con La Tercera, en su casa en Santa Cruz.

¿En qué estaba usted a fines de 1966, cuando el Che llegó a Bolivia?

Estaba en mis primeros meses de capitán cuando empezó la guerrilla. Hicimos un entrenamiento de 14 semanas, con un equipo de EE.UU.

¿Cuántos solados estaban destinados a esta guerra de guerrillas?

El batallón era de 650 hombres. El equipo era de la Segunda Guerra Mundial. La guerrilla fue un desastre, porque perdieron su base. El Che hizo absolutamente todo lo contrario que su propio libro sobre guerrillas. Era una guerrilla nómada, no tenía base y estaba dividida en dos grupos que jamás se volvieron a encontrar: un desastre. Nuestro problema era encontrarlos.

¿Cómo se enteran de la posición de la guerrilla del Che?

Los campesinos eran los que informaban al gobierno sobre la presencia de los guerrilleros. Yo tenía una unidad en Vallegrande y ahí nos repartimos en bases de patrullas, desde el Abra del Picacho.

Se supone que los campesinos debían haberse sumado a la guerrilla. ¿Por qué hicieron lo contrario?

Primero, desconfianza hacia los extranjeros. Por otra parte, venían los guerrilleros y les hablaban de la propiedad de la tierra y ellos ya eran propietarios. Segundo, el Presidente Barrientos era muy carismático y los campesinos lo querían. En todo el recorrer de la guerrilla no hay ni un solo campesino.

¿Qué recuerda del 8 de octubre?

A eso de las seis y media ya había despachado las tres patrullas diarias que enviaba en distintas direcciones. Cada una con 40 hombres más o menos. Yo me quedé con 40 hombres. Pero recibí la llamada de una patrulla del subteniente Pérez, que estaba en una localidad próxima a la mía, en La Higuera. El me llama por radio y me dice: ‘Aquí está un campesino que viene con información de que anoche ha visto pasar a los guerrilleros al lado de su casa, los ha contado y coincide todo, pero solo tengo 30 hombres acá, entonces ¿cómo hacemos?’. Pues montamos una operación de bloqueo y registro en la Quebrada del Churo.

¿A qué hora comenzó todo?

Tipo nueve de la mañana. Esto era a unos dos kilómetros de La Higuera. Por arriba no pudimos avanzar más, murieron dos soldados y se frenó el ingreso por la quebrada. También había una quebrada paralela que se juntaba con la del Churo y llegaban a Río Grande. Entonces establecí mi puesto de comando en la unión de las dos quebradas, para cerrar la salida. La zona era de unos 400 metros. En un determinado momento, a unos 15 metros de la quebrada, había una falla, un pedazo de terreno y ahí puse a dos soldados. Yo tenía una ametralladora, un mortero 60 y seis soldados. De pronto, esos dos soldados me pegan un grito y me dicen: “mi capitán, aquí hay dos”. Voy inmediatamente y estaban los dos prisioneros, apuntados por los soldados. “Y usted quién es?”, le pregunté. “Soy el Che Guevara. No me maten, valgo más para ustedes vivo que muerto”, respondió.

El combate continuaba, así que ordené que amarraran a los prisioneros bajo la sombra de un arbolito. Y ahí los tuve mientras continuaba la operación, hasta casi las 17.00, cuando comenzó a oscurecer. Decidí entonces partir a La Higuera.

¿Qué más le dijo el Che?

“Capitán, ¿usted es capitán? ¿Ustedes son de los Rangers, no? Los vimos pasar el otro día. ¿No le parece una crueldad tener a un prisionero herido, amarrado?”. Entonces me muestra la pantorrilla y efectivamente tenía un proyectil incrustado, pero no sangraba. “No tengo con qué curarlo, ni para mis soldados tengo”, le dije. “No, no, no se preocupe”, respondió. También le ofrecí un cigarrillo mío, de marca nacional, pero me dijo que no, que era muy suave. Estuvo tranquilo hasta que resolvimos salir a La Higuera.

¿Cómo comunicó la captura del Che?

Me había comunicado por radio de que habíamos capturado al Che. Entonces me dijeron que mantuviera las cosas tal como estaban. Pedí un helicóptero.

¿Qué pertenencias tenía?

Tenía dos Rolex, dos libros, su diario, una carabina, 10 o 15 rollos de película sin revelar, algo de dinero, una pipa, un cuchillo. Autoricé a mis oficiales a que se quedaran con esas cosas, que para mí no tenían valor. La carabina estaba inutilizada y una pistola sin cargador, que no servía. Y una ollita de aluminio con cuatro huevos que llevaba en la mano cuando lo agarraron.

¿Qué pasó esa noche?

Le llevé comida con una chica que era de la casa del corregidor. Lo pusimos a él en un aula de la escuela y a Willy en otra. Estaban ahí. Le dimos un plato de arroz, con papas y carne, lo que había en el pueblo.

¿Cuántos soldados custodiaban la escuela?

Ordené que fuera un subteniente y que hicieran turnos de dos horas, adentro de la pieza con el Che. No hubo necesidad de hacer interrogatorio. Yo fui durante la noche varias veces.

¿Y qué pasó al día siguiente?

Al amanecer llegó el helicóptero con el coronel Joaquín Zenteno, a quien entregué el prisionero a las 7 de la mañana.

¿Quién dio la orden de matarlo?

El mayor Ayoroa nos dijo que llegó de La Paz y que el comandante la hizo cumplir. Y eso fue todo. La orden vino del Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas.

¿Mario Terán lo mató y otros dos soldados le dieron los disparos de muerte?

No, eso no es así. Si usted ve la autopsia no hay tal disparo en el cuello. Es fantasía. Yo he hablado con Terán. Lo real es que él entró a la pieza y salió. No hubo discursos de despedida ni nada.

¿Y eso que el Che le habría dicho ‘apunte bien que va a matar a un hombre’?

Fantasía. Qué iba a estar dándole tiempo antes de ejecutarlo. Eso tampoco lo ha contado Terán, entonces ¿de dónde sale, de telepatía?.