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Actualizado el 01/12/2017
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Director del Hospital Psiquiátrico El Peral

Hernán Garcés: “Si le preguntas a una empresa si le daría trabajo a un esquizofrénico, diría que no”

Autor: Tamy Palma

Es el director del Hospital Psiquiátrico de El Peral y tiene que luchar todos los días contra los prejuicios que arrastra ese lugar. Sin embargo, según él, la mirada negativa sobre los problemas siquiátricos no lo afectan sólo a él y sus pacientes, sino que a la sociedad completa. Por eso, le preocupa que “Chile sea uno de los pocos países latinoamericanos que no tienen ley de salud mental”.

Hernán Garcés: “Si le preguntas a una empresa si le daría trabajo a un esquizofrénico, diría que no”

Ninguno de sus conocidos podía creer que Hernán Garcés, recién salido de la carrera de Enfermería, quisiera trabajar en el famoso Pabellón 7 del Hospital Psiquiátrico El Peral. El lugar, en el imaginario colectivo, era un manicomio repleto de personas dopadas con comportamientos erráticos a los que llamaban despectivamente “loquitos”. Era 1981 y el lugar era el mejor ejemplo de la mirada que Chile tenía sobre las personas con enfermedades mentales, a las que se asumía que había que aislar y encerrar.

Cuando Garcés llegó a ese sector del hospital ubicado en un amplio terreno en Puente Alto, había en el Pabellón 7 más de mil 200 personas ingresadas en condiciones que, recuerda él, “no eran para nada las mejores. Por el estrecho espacio, la posibilidad de que hubiese hechos de violencia entre pacientes aumentaba y para calmarlos era frecuente que se utilizaran métodos como el electroshock, que ya está obsoleto”.

Dormían en camarotes improvisados para paliar el hacinamiento en el que convivían personas con diagnósticos y necesidades distintas. “Ingresaba gente que no tenía problemas siquiátricos, por ejemplo, personas ciegas, sordomudas o que eran físicamente minusválidas que se fueron quedando para siempre”, recuerda Garcés.

Pero eso a él le gustó.

No por morbo, sino porque siguiendo una mirada comunitaria que proponían médicos extranjeros y que posteriormente tomaron algunos chilenos, y que consistía en sacar a los pacientes internados e integrarlos a la comunidad, se propuso reformular el sistema. Para lograrlo, sabía que su aproximación a la siquiatría tenía que ser desde adentro, entonces se tomó un año para preparar la Prueba de Aptitud Académica (PAA) y dejó en pausa la enfermería. “Pero me fue mal”, recuerda. Pasó por Odontología en la Universidad de Chile, conoció a su actual señora y se retiró de la carrera para volver a su origen.

Gracias a la experiencia que ganó en El Peral, Garcés pasó por diferentes centros de salud, siempre ligado a la misma área. En esa ronda, en 1996 llegó al Hospital Barros Luco y participó de la creación del primer servicio de urgencia siquiátrica en una posta general, donde parte del personal estaba asustado con la llegada de los “locos”, tal como los llamaban. “Nos van a romper los equipos, las ventanas y van a dejar la escoba. ¿Cómo se les ocurre poner siquiatría en una posta?”, le repetían sus compañeros.

Él tenía y sigue teniendo otra opinión: “Las personas que tienen problemas de salud mental tienen que ir a un hospital general. Así como tú vas al otorrino, al traumatólogo, a una cirugía, también tiene que haber un servicio de siquiatría. Así lo armamos. Con eso logramos que el hospital se renovara, y se sacaran a las personas de adentro”. La dirección del Barros Luco aspiraba que su medida sirviera de modelo y fuera replicada en los demás hospitales públicos del país, de tal modo que todos tuvieran asistencia siquiátrica de urgencia. “Eso no se logró”, cuenta Garcés, “pero sirvió porque se fue comprobando que las personas que tienen problemas de salud mental se recuperan y rehabilitan de mejor manera si se mantienen en la sociedad en que ellos están y no dejándolos encerrados para siempre”, dice.

¿Fue un proceso complejo o se puede lograr en el corto plazo?

Esto que te cuento en dos palabras no es fácil. Lo que se hizo fue armar un servicio que todavía existe del Barros Luco donde las personas que ingresan al área de urgencia están alrededor de 30 días internados y los dan de alta. Eso se llama corta estadía siquiátrica, servicio que deberían tener todos los hospitales pero que se ha ido extendiendo de a poco porque ha habido un montón de resistencia. Hay todo un tema de cultura, incluso entre los mismos pacientes. Si mandas a alguien al sicólogo te dice “¡pero si yo no estoy loco!”, y hay gente que cree que incluso va a perder el trabajo.

En el Barros Luco estuvo hasta 2012. Durante ese período tomó cursos, hizo diplomados y viajó a diferentes países para conocer otros centros y programas. Estaba en eso cuando lo llamaron a participar en la selección para ser director del Hospital Psiquiátrico El Peral a través de la alta dirección pública. Eran cuatro los postulantes. Todos médicos. Y finalmente quedó él, el enfermero. “Yo soy de izquierda y me escogieron en el gobierno de Sebastián Piñera. Debe decir algo respecto al trabajo que he hecho en esta materia”, dice.

Los plazos de la siquiatría

Para cuando él llegó el Pabellón 7 ya había cerrado. Funcionó hasta 1997, y en 2002 fue clausurado definitivamente en un acto simbólico en el que participó la Comisión Nacional de Derechos Humanos como una manera de reconocer las condiciones absolutamente precarias que vivieron los pacientes y funcionarios que pasaron por ahí.

Hoy el Hospital Psiquiátrico El Peral -que esta semana fue afectado por un incendio que pudo ser controlado rápidamente- recibe pacientes de manera ambulatoria en tres modalidades: corta, mediana y larga estadía. Pese a que todavía existen cerca de 40 personas que llevan más de diez años viviendo ahí, el modelo de intervención en salud mental ha cambiado mucho y hoy dejar a alguien internado por un plazo indefinido está definitivamente en retroceso.

¿De qué depende una estadía larga o corta?

El diagnóstico no es lo más relevante, sino que las características del cuadro. En un momento dado te puedes tratar una depresión ambulatoriamente, pero hay casos gravísimos en los que se necesita hospitalizar. Nosotros tenemos fármacos que en general en la red pública no están. Eso permite que nuestros siquiatras puedan trabajar con estos casos muy complejos y puedan estabilizarlos en un corto plazo. Ojalá la estadía acá sea entre seis meses y un año.
Ese plazo no es poco tiempo.

Conociendo este hospital, donde hay personas que llevan 25 años hospitalizadas, uno cae en cuenta de que un semestre en realidad no es nada. Puede sonar largo. Ahora, si a los tres meses la persona está en condiciones de volver a su casa, se van porque no es que nos queramos quedar con las personas. El ideal es que puedan volver a sus casas y reinsertarse.

¿Queda gente que pese a que pueda ser dada de alta se ha quedado ahí porque no tiene un lugar a dónde ir?

Tenemos alrededor de cien personas acá, muchas de ellas podrían estar en residencias protegidas, pero para eso necesitamos que existan esas residencias y no es así. Esa gente es de escasos recursos y hay quienes están de alta. Hay gente que son pensionados asistenciales y es gente pobre.

¿Hay algo que el nuevo Plan de Salud Mental 2017–2025 dado a conocer el mes pasado por el Ministerio de Salud pueda hacer?

El plan tiene un gran capítulo respecto a la necesidad que hay de trabajar en ese sector. Es bueno como referencia. Ojalá que las personas que tienen problemas siquiátricos lleguen a los dispositivos para atenderse en forma absolutamente transitoria. Debiera ocurrir que fueran quedando pocas que requieran una internación para toda la vida. Cada vez menos. Además deberían ser capaces de ir absorbiendo desde muy chicos a la gente. (…) Pero vamos de a poco. Ahora hay que lograr que los niños también tengan conocimientos sobre lo importante que es cuidar la salud mental.

¿Es posible que los adultos no se percaten de lo mal que pueden estar los niños?

Claro. Es lo que pasa con el Sename. Todo indica que muchos de esos chiquillos nunca fueron mirados siquiátrica o sicológicamente. Y no porque la gente de salud mental no quiera. El problema son los recursos. El modelo comunitario es a la larga más caro, porque es mucho más barato meter a cien personas en un espacio y darles comida a esos cien, que a esa misma cantidad tenerlos en diez casas distintas en hogares especiales para ellos para que la comunidad participe de su proceso. Todos los estudios demuestran que mientras antes integras a pacientes siquiátricos para que participen socialmente, ellos más rápido se recuperan y rehabilitan.

¿Quiere decir que mientras antes se recibe atención mental menos grave se vuelve la patología?

Mientras más rápido pesquisas un cuadro grave, más rápido le pones solución y lo desarraigas menos de la familia. El problema es que cuando llegamos tarde, cuando el paciente está en condición de calle, cuando además está metido con la droga, cuando lleva años de años en las condiciones en que está, se vuelve crónico y es difícil que la familia acepte hacerse cargo de esa persona porque le tienen miedo, porque los ha golpeado, porque si usa drogas les ha robado todo. Pero si fuéramos capaces de pesquisarlas rápidamente las respuestas serían mucho más acotadas.

¿Cuál es la principal dificultad para alguien que quiere iniciar un tratamiento?

El estigma. Los hay en todos lados. Si le dices a alguien que quieres atenderlo con un sicólogo, te va a responder que no está loco. Cuando un ladrón que tiene una enfermedad mental comete un delito, lo primero que hacen es titular con la enfermedad. Eso genera un estigma. Si le preguntas a una empresa si le daría trabajo a un esquizofrénico, diría que no. Y esta enfermedad tiene altos y bajos. Hay personas con esta patología que han superado todas las dificultades. Por otro lado, hay un tema de resguardo de la vida privada: uno no tiene por qué decir que tiene esquizofrenia o depresión.

Y probablemente no es fácil decirlo.

Son temas super complejos porque romper las miradas prejuiciosas es muy difícil. Necesitamos apoyar a las personas con discapacidad mental. Mucha gente oculta incluso su depresión y en el trabajo no dice que está tomando pastillas para poder mejorarse o tratarse.

Da la impresión de que el sistema tampoco ayuda mucho a pensar de otra manera.

Por eso nosotros hacemos el “locos por la inclusión” en El Peral. Es una actividad sociocultural donde abrimos el hospital, ponemos unos stands donde hay familiares, agrupaciones y usuarios, además de universidades. Se hacen foros. La salud mental debería ser parte de la salud general y de las políticas globales. Son temas que deberían tratarse en el colegio, los papás deberían hablar con sus hijos. ¿Por qué nos pasa lo que nos pasa con los femicidios o con la violencia intrafamiliar? Porque estos temas son tabú. No hay espacios para que la gente los discuta.

En junio del próximo año se debería definir su futuro como director del hospital. ¿Cuál cree que será su legado?

Transformar una institución que era manicomial, que era un asilo de personas, en un hospital más de verdad, con internaciones transitorias tratando de aportar otras formas de atención. El Peral ha superado el estigma de ser un manicomio y hoy somos un ejemplo de una mirada comunitaria del tratamiento. Lo logramos. Pobres, pero lo logramos.

¿Ayudará el Plan Nacional de Salud Mental?

Sólo si se avanza en una legislación. Chile es uno de los pocos países latinoamericanos que no tienen ley de salud mental. Todavía duerme en el Congreso. Acá lo único que lleva plata son las leyes. El plan, una de las grandes dificultades que tiene, es que es casi una orientación. Todavía dentro de un hospital uno puede tener siquiatras o funcionarios que no estén muy convencidos del modelo.

Y al margen de las políticas públicas, ¿qué podemos hacer como sociedad respecto a la salud mental?

Romper el estigma y el miedo que se les tiene a los pacientes con enfermedades. Aún tenemos que avanzar en mostrar que el paciente siquiátrico tiene los mismos derechos que cualquier otro.

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