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Actualizado el 29/04/2017
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El hijo menos conocido de Agustín

Autor: María José O'Shea

En Chile apenas se sabe de la existencia de Andrés, el quinto de los seis hermanos Edwards del Río. Esta es la historia del joven que nunca volvió -tuvo dos intentos fallidos y esta semana llegó a los funerales de su padre, Agustín Edwards- y que eligió ser un gringo anónimo a vivir con la carga pesada de su familia.

El hijo menos conocido de Agustín
Andrés Edwards, el hijo desconocido de Agustín.

A Cristián Edwards se le conoce poco, pero se sabe quién es: el hijo de Agustín que está a cargo de la empresa El Mercurio S.A.P. y que fue secuestrado por el FPMR en 1991 durante 145 días. Su hermano mayor, Agustín J., tiene a su haber el logro de transformar LUN en un negocio rentable, además de ser miembro activo de Icare, mientras Felipe, el menor, es la voz de la familia en La Segunda. Carolina, artista, e Isabel, las mujeres de la familia, son asesoras de la presidencia del decano.

Pero esos no son todos los hijos de Agustín Edwards Eastman -el “Donnie”- y María Luisa del Río. Lejos, en California, Estados Unidos, está Andrés. Medio hippie, lejano a los líos mercuriales, el quinto de los hijos Edwards del Río muy tempranamente supo calibrar lo que significaba ser hijo de Agustín Edwards en Chile y decidió armar su vida afuera, para liberarse del yugo que representa uno de los personajes más controvertidos de la historia reciente de Chile.

Al igual que sus hermanos hombres, Andrés –hoy de casi 60 años- estudió en el Colegio Grange hasta sexto básico. Las mujeres, por su parte, fueron al Villa María Academy. Pero apenas Allende asumía el poder, los Edwards del Río partieron a EE.UU. y se instalaron en una casa en Greenwich, una de las ciudades más ricas de ese país, ubicada en Conneticut, a 40 minutos en tren desde Nueva York. Allí, al igual que sus hermanos, Andrés partió internado al colegio Choate Rosemary Hall, mientras su padre asumió como vicepresidente de Pepsico, pero sin despegar un ojo de lo que pasaba en Chile. Fue allí cuando los Edwards se volvieron realmente gringos y Andrés, el más gringo de todos.

Cuentan quienes lo conocen que es “el distinto” de la familia. No solo porque nunca quiso saber nada de El Mercurio, sino porque vive una vida sencilla y, a diferencia de su padre, conocido por darse buenos gustos, algunos extravagantes, el consumo nunca ha sido un tema para él. Su pasión -algo que comparte Felipe, aunque en menor medida- tiene que ver con la sustentabilidad y la conservación de la naturaleza.

A eso ha dedicado su vida profesional, la cual despliega desde su casa, en una pequeña localidad ubicada al norte de California, cerca de San Francisco. La ciudad se llama Fairfax y entre los pergaminos que muestra al mundo destaca su “gran conciencia ambiental” y se reconoce como una meca para el mountain bike y el trekking. Allí, en medio de la naturaleza, Andrés vive en un barrio “típicamente gringo: con casas todas bien parecidas, sin reja, cómodas, pero cero lujosas”, cuenta un conocido suyo.

En una vida distinta a la de sus hermanos, Andrés hace consultorías a empresas y organizaciones educacionales, escribe libros, participa en seminarios y aparece en la prensa local como cualquier hijo de vecino: nunca una mención sobre su padre ni menos sobre la fortuna familiar con casas y yates en varias partes del mundo. Tampoco visita esas casas ni yates. A lo más va algunas veces a la casa del padre, donde Agustín y su mujer pasaban largas temporadas.

Y así como el anonimato genealógico es uno de los beneficios de vivir en EE.UU., Andrés también aprovecha otra de las virtudes del sistema americano: que una persona como él, padre de tres hijos adolescentes, puede vivir cómodamente siendo medio hippie, desarrollando sus investigaciones sobre progreso sustentable, preocupándose de cultivar el mundo interior. “La sociedad americana valora esa filosofía y hay espacio para él allá. Acá en Chile esa vida es prácticamente imposible”, dice un amigo suyo.


Pedaleando por el Tíbet

Aunque todos los Edwards del Río siguieron sus estudios en EE.UU. en algún momento de sus vidas, cinco de los seis hermanos terminaron volviendo a Chile, donde estaban sus padres. Andrés tuvo un par de intentos fallidos: cuentan que muy joven -probablemente impulsado por su madre, con quien tiene una relación cercana- vino a Chile e incluso partió al sur a trabajar con Douglas Tompkins -a quien visitaría otras veces después-, pero no se acostumbró en su país natal y se volvió. Veinte años después, cuando además el secuestro de su hermano era cosa del pasado, haría otro intento: se vino con sus hijos y su mujer –entonces estaba casado con una académica americana-, pero tampoco se acostumbró; pescó sus maletas y regresó a California.

Para entonces, ya tenía un buen currículum. Una vez graduado de Geografía e Inglés en la Universidad de California, Edwards partió a la NYU para hacer un máster en Telecomunicaciones, donde obtuvo un premio con su tesis que establecía un atlas de los recursos de las islas Farallon, en la costa oeste de Norteamérica.

Más tarde, ya instalado en California, obtuvo un máster en Liderazgo y Humanidades, con énfasis en cultura, ecología y comunidad sustentable.

Un artículo de la revista The North Bay Bohemian, publicado en 2006, contaba que mucho del interés de Edwards en el ambientalismo tiene que ver con un viaje en bicicleta que hizo con dos amigos el año 87, en que anduvo 800 millas por el Tíbet.

Ese viaje, dice la publicación, “afectó su visión de la ecología, al estar cara a cara con los granjeros tibetanos y nómades indígenas, luchando por sobrevivir en áreas que habían sido objeto de destrucción ambiental por décadas. Ese viaje inspiró el libro que escribiría con su amigo Robert Apte, Tíbet: Enduring Spirit, Exploited Land que cuenta con un prólogo de nada menos que el Dalai Lama. Su experiencia allá lo llevó a crear una organización para concientizar sobre el daño ambiental en el Tíbet.


La libertad del camino propio

Siempre con la mente puesta en la naturaleza, Andrés trabajó en una productora en que hacía videos para museos, zoológicos y acuarios en Monterrey (California) y, más tarde, ya instalado en Fairfax, impulsó la construcción verde a través de la tecnología Leed (acrónimo de Leadership in Energy & Environmental Design).

Todo, mientras seguía escribiendo libros y estudiando la relación entre el ser humano y la naturaleza o, más bien, como una parte de la naturaleza. El último, The Heart Of Sustainability: Restoring Ecological Balance From The Inside Out (2015), “profundiza en la dimensión humana de este creciente movimiento internacional para construir un mundo mejor”, advierte la reseña publicada en la web de Edwards. En la misma página -una señal elocuente de la libertad de este Edwards, a diferencia de la extrema reserva de sus hermanos-, él expone sus investigaciones, su biografía, currículum, apariciones en prensa y pensamientos que parecen ser sus mandamientos para encontrar la felicidad. “Las personas encuentran su punto de inflexión cuando están motivadas a actuar a favor de causas mayores que ellos mismos”, escribe por ahí.

También a su web sube los videos de charlas que ha dictado. En ellas, Andrés Edwards, un gringo tipo, relajado, sonriente, emocionado con imágenes de unos pájaros que vuelan en la Patagonia, habla de no perder el foco en las cosas que nos importan, frente a las distracciones del mundo. “Se trata de descubrir cuál es nuestra guía en la vida, y cómo nos enfocamos en eso. Así podremos avanzar hacia lo que son nuestros sueños y pasiones”, dice al cerrar una de sus charlas.

Andrés, el quinto hijo, llegó el martes 25 a enterrar a su padre, el mismo día del funeral en Graneros, en la Región de O’Higgins. Cuentan que llegó justo, porque el día anterior había perdido el vuelo a Chile.

Probablemente, ya partió de vuelta a su casa en EE.UU. Quizás tomará su bicicleta e irá al Whole Food Market -el supermercado orgánico está en su lista de clientes-, comprará algo saludable y compartirá con sus hijos, que poco han experimentado aquello de pertenecer a la dinastía del “Doonie”.

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