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Actualizado el 03/10/2012
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La ciudad y los impuestos

Autor: Daniel Mansuy

Nos lamentamos por la segregación de las ciudades, pero, ¿qué hace cada reavalúo sino expulsar a aquellos cuyos recursos ya no se corresponden con la última moda inmobiliaria?

SE ACERCA el momento del reavalúo fiscal de las propiedades afectas a contribuciones, con la inevitable agitación política subsiguiente. No faltarán, de hecho, los parlamentarios quejándose nuevamente de los efectos de leyes que ellos mismos han votado. Y aunque el reavalúo puede parecer hasta trivial, tiene algunas aristas que conviene mirar más de cerca.

La primera tiene que ver con el supuesto implícito en el reavalúo constante, según el cual todos somos especuladores inmobiliarios más o menos encubiertos: el Estado supone que todo propietario busca, en cuanto propietario, una plusvalía. En otras palabras, todos seguiríamos la vieja máxima que Marx le atribuye a la burguesía: “acumulad, acumulad, es la ley y los profetas”. Y, sin embargo, la inmensa mayoría de quienes acceden a la propiedad tienen motivos bastante más pedestres: buscan un lugar para vivir junto a los suyos más que aumentar su capital.

Hay en este asunto una confusión de planos, pues se cruzan dos lógicas que no van en el mismo sentido. Esto exige una conducción propiamente política, pues cobrar las contribuciones según el estricto valor de mercado importa olvidar que la vivienda no es sólo ni primeramente un objeto de intercambio: es más bien allí donde transcurre buena parte de nuestras vidas y donde lo humano encuentra su metabolismo más propio. En ese sentido, lo natural sería que el cobro de contribuciones estuviera precedido por una consideración de la realidad personal y familiar del contribuyente. De lo contrario, el impuesto tiende a ser expropiatorio, excluyendo en los hechos a quienes no tienen los ingresos coherentes con el barrio.

Esta última observación nos conduce a otra dimensión del problema, tanto o más importante que la anterior: el impuesto territorial tiene también una incidencia directa en la configuración de la polis. Nos encanta lamentarnos por la segregación de nuestras ciudades, pero, ¿qué hace cada reavalúo sino expulsar a aquellos cuyos recursos ya no se corresponden con la última moda inmobiliaria? ¿No son acaso las contribuciones uno de los mayores instrumentos de exclusión social que cabe imaginar?  Este impuesto, tal como se cobra hoy, es la mejor manera de construir, al decir de Platón, dos ciudades en una, dos ciudades que no se tocan ni se ven. Si no estamos dispuestos a facilitar la integración con medidas efectivas, no nos quejemos luego del país que se va dibujando.

Es cierto que las contribuciones sólo afectan a cierto tipo de propiedades, y también es cierto que  las urgencias en materia habitacional van por otro lado. Empero, ya es hora de empezar a pensar nuestras ciudades de modo más integral, y los sectores que necesitan mayor integración son justamente los medios y altos. No se trata de eludir el justo pago de impuestos de quienes tienen altos ingresos, pero sí de concebir fórmulas que no dividan tan drásticamente nuestro espacio común. La ciudad no debe ser una mera agregación de espacios privados (que es el efecto del reavalúo constante), pues su razón de ser es exactamente contraria: constituirse como lugar de encuentro para lo diverso y para la creación de cosas comunes. Si nuestras ciudades no están cumpliendo ese rol, entonces vale la pena formular este tipo de preguntas del modo más explícito posible.

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