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Actualizado el 01/12/2017
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La doble cara de Seúl

Autor: Pedro Bahamondes Ch.

Luminosa y al mismo tiempo sombría e indescifrable, la capital de Corea del Sur es el símbolo de un país que aspira a convertirse en la tercera economía mundial para el año 2050. Vitrinas y neones le dan su look de ciudad global; pero en otros rincones, y ahogados entre rascacielos y el ruido, habitan aún el silencio, la fe y la tradición.

La doble cara de Seúl

Comen tteokbokki. Hecho con pasta de arroz, carne, salsa picante, huevos y mucho condimento, como en casi todo, debe ser uno de los platos más fáciles de conseguir en Seúl. Alguna vez, cuando lo llamaban gungjung tteokbokki, se servía en la corte real y era considerado representativo de su alta cocina, pero ahora es más picante de lo que solía ser, dicen, y humea en cada esquina. Los vendedores ambulantes lo revuelven todo el día en unas bandejas metálicas y es muy barato, pero luce tan rojo, viscoso y sospechoso que no me atreví a probarlo.

Por eso sé que el grupo de comensales coreanos sentados bajo un plástico una fría tarde de octubre come tteokbokki, porque sus platos de plumavit están cubiertos de esa mazamorra colorada. Según la televisión, caerá la primera lluvia de la temporada sobre la capital del sur. También ese día, Sook, una estudiante de historia de 25 años, va a participar de la tradicional manifestación del miércoles frente a la embajada japonesa, en memoria de las mujeres que fueron forzadas a la esclavitud sexual durante la Segunda Guerra Mundial por militares japoneses.

Desde el 8 de enero de 1992, cuando el entonces primer ministro de Japón visitó la ciudad, al menos diez sobrevivientes y activistas, mujeres y hombres, llegan hasta allí a media semana, a reunirse pacíficamente. El popular nombre dice que se da sólo los miércoles, pero lo cierto es que también se les ve durante los otros seis días de la semana. Conversan entre ellos, invocan recuerdos y dolores. Algunos rezan y, desde luego, comparten la comida. Su abuela, cuenta Sook en un inglés perfecto, murió en 2004 y fue una de las llamadas Mujeres de consuelo coreanas, de las que aún no existe total registro. En 2011 quedaban sólo 50 sobrevivientes en Corea del Sur.

Desde ese mismo año, una estatua de cobre con la imagen de una mujer sentada sobre una silla convirtió el lugar en uno de peregrinaje y memoria dentro de la ciudad, pero no muchos turistas llegan hasta allí. Escondido entre rascacielos y sedes de trasnacionales, locales de comida rápida gringa y el infaltable café de marca en cada cuadra, el sitio permanece bajo la vigilancia de un ejército de policías a bordo de dos o tres buses estacionados allí, día y noche.

Ser parte de esa manifestación entonces, dice Sook mientras revisa su teléfono, y darse el tiempo –constantemente los coreanos hablarán del tiempo– de recordar a su abuela de esa manera, es hacer cumplir una promesa que le hizo en su agonía.

El colorido y vertiginoso barrio insa-dong, al centro de la ciudad.

El colorido y vertiginoso barrio insa-dong, al centro de la ciudad.

Diorama de ayer y hoy

El pasado y la historia, sin embargo, desaparecen a sólo unos pasos de ahí. Es como si Seúl fuese un cuidado y bello diorama que contrasta imágenes del pasado y el presente. Rodeado por el imponente Palacio Gyeongbukgung, que perteneció a la dinastía Joseon (1392-1910), la última y más larga en su historia, el Bukchon Hanok Village podría ser el más claro ejemplo de esa superposición de escenas. Entre esos años, el mismo conjunto de viviendas tradicionales coreanas, los hanok, eran entregados a la nobleza, y hoy, aun cuando varios siguen habitados, otros se han transformado en cafés, tiendas de diseño y hasta pequeños museos.

No muy lejos de allí, cuesta echarse a andar por el barrio Insa-dong, en el céntrico distrito Jongno-gu, uno de los 25 que componen la ciudad, y no dejarse seducir por las joyerías, remates de tecnología y verdaderos supermercados llenos de chucherías tipo barrio Meiggs, anunciadas con letreros con luces de neón. Una de las vitrinas que más espectadores atrae es la del Bau House Dog Café, un local donde se consiguen buenos tazones de lo que sea y un cachorro para acariciar durante el tiempo que permanezcas en él. Los coreanos no suelen tener mascotas. Dicen que no tienen espacio ni menos tiempo para ellas.

Ciudad global, como suele reconocérsele, la vertiginosa y noctámbula Seúl es símbolo del llamado milagro del río Han, que la cruza y divide. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, que dejó a Corea del Sur con el segundo PIB más bajo del planeta, el despegue convirtió las cenizas producidas por los bombardeos de la Guerra de Corea (1950-1953) en la cuarta economía metropolitana del mundo, sólo por debajo de Tokio, Nueva York y Los Ángeles.

Por eso exhibe con garbo y orgullo sus rascacielos. La torre Lotte World, por ejemplo, situada al centro de Seúl, es el edificio más alto del país y también el quinto del mundo. Mide 554,6 metros de altura (el Costanera Center tiene 300 metros). Su aeropuerto internacional, en tanto, Incheon, al centro de la polémica por estos días por la supuesta apertura de una clínica de cirugía plástica en sus dependencias, está entre los cinco más cómodos del mundo. Nada mal para un país que espera convertirse en la tercera economía mundial en un plazo de 30 años.

Más de 10 millones de personas vivían en Seúl para el 2011, y se estima que serán por lo menos 10 millones más en 2020. Según las cifras, la natalidad ni el sexo siquiera son lo suyo –estudios hablan de Corea del Sur como uno de los “países donde menos bebés nacen” y “de mayor insatisfacción sexual en todo el mundo”–, pero sus encantos y lujos, además de excentricidades y diversiones hicieron de ella escala obligada para turistas. Y varios, al parecer, deciden quedarse: el último censo consignó sobre un millón de extranjeros residentes sólo en Seúl.

Un buen puñado son estudiantes, la mayoría provenientes del resto de Asia, África y Europa. “Aquí las becas se consiguen sin mucho esfuerzo”, comenta un chico de Arabia del Sur que hace tres años llegó a estudiar veterinaria. Entonces no sabía ni siquiera saludar en coreano, que, tan indescifrable como su pueblo a ratos, es uno de los idiomas más difíciles de aprender. Él lo habla con cierta fluidez sólo después de un año, pero como varios prefiere comunicarse en inglés.

A 50 kilómetros de la zona desmilitarizada que separa a Corea del Sur de su hermana del Norte, el barrio Itaewon podría definirse como sector de extranjeros y cuna de la bohemia. No sólo quienes lo habitan provienen desde distintos confines del planeta, sino que además hay una amplia gama de restaurantes internacionales, así como bares y discotecas. Es también uno de los pocos lugares de la ciudad donde se vive sin escrúpulos la vida gay coreana, camuflada y hasta reprimida en otros sectores.

Sólo entre esas calles vi por única vez en seis días a una pareja de dos hombres tomados de la mano, y algunas cuadras más allá, sentado en una terraza, a un travesti que empinaba una cerveza.

Hay algo conservador y, por qué no, pacato e incluso perverso en los coreanos. Recién en 2015 fue despenalizada la infidelidad matrimonial, que se pagaba con hasta dos años de cárcel. De legislación o convocatorias masivas progay ni hablar, salvo el permiso para un desfile para conmemorar el Día del Orgullo que se toma varias cuadras de los barrios Itaewon y Gangam, al sur de Seúl –y lo más parecido, en onda, al barrio Lastarria–. Diez años atrás era impensable.

La piedra en el zapato, alegan los más jóvenes, sigue siendo el peso de la religión. Entienden que no es nada raro en un pueblo como el suyo, cuyos fieles se dividen mayoritariamente entre cristianos y budistas con todas sus letras. Eso también tiene su lado amable: aquí los hombres –todos talla slim fit y estupendamente vestidos, por cierto– no piropean ni mucho menos acosan a las mujeres en la calle. Ni entre los adolescentes más hormonales ocurre.

Es raro ver jóvenes en las iglesias. Mucho menos orando en los templos, que además de lugares de oración y silencio, son todo un espectáculo, pero hay que cavar: ahogado entre las altas y modernas torres de espejos que anulan toda vista hacia el parque Sesung, en el centro, está el deslumbrante Jogyesa. Construido a fines del siglo XIV, aunque destruido por un incendio y reconstruido recién en 1910, es el núcleo del budismo zen en Corea y sede de sus propias oficinas administrativas además. Lo cerca un bello y cromático antejardín, y la ofrenda a Buda, donada por los cientos de fieles que recibe a diario, no puede ser sino tierra de hoja y fertilizante para mantener vivo el entorno.

El famosísimo templo Jogyesa, núcleo del budismo zen coreano.

El famosísimo templo Jogyesa, núcleo del budismo zen coreano.

Strike a pose

Son cuatro, todas de unos 16 años, aunque tan embetunadas de maquillaje como veinteañeras en salida de noche de chicas. Sus zapatillas Adidas evitan que sus largos vestidos toquen el asfalto en cada paso, y son tan menudas que con un solo paraguas alcanza para dos si cae mucha lluvia. El semáforo al fin da luz verde, y las cuatro muñequitas avanzan entre el resto de la fauna, aparentemente indiferente. Una mujer, gringa seguro, toma su cámara y les ruega por una foto. Las cuatro posan y retoman la marcha.

Las sigo, intrigado por saber hacia dónde se dirigen. Cruzan por la Yongsan Garrison, una gran base militar de los Estados Unidos ubicada en el distrito de Yongsan-gu, en el corazón de Seúl, y que pronto será trasladada a la ciudad de Pyeontaek, donde aumentará en terreno. Se leen algunas consignas anti-Trump en los muros cercanos, pero así como el resto de los comerciantes y jóvenes que a esas horas transitan por el sector, las chicas pasan sin siquiera voltear.

Cuesta que en el sur hablen de las provocaciones y conflictos con el norte. Le pregunté a Suni, una coreana que conocí en la barra de un bar, por el vecino líder Kim Jo-ung y la amenaza nuclear. También por Trump y la incómoda presencia militar estadounidense en su país. “La amenaza de que algo ocurra en el norte ha estado siempre”, contestó después de dar un largo sorbo a su copa y reponerse de la sorpresa. No es común que alguien le pregunte a otro coreano la opinión al respecto, mucho menos un extranjero.

“El Norte siempre ha sido como el hermano flojo del Sur, el que falla en todo”, dijo de pronto su amigo Seung, también coreano y estudiante. A él la cerveza sí lo hace hablar: “A nosotros nos preocupa el Norte, pero después de la guerra esos temas pendientes quedaron entre nosotros y nunca más el Sur volvió a opinar mucho. Y entiendo que los más jóvenes no quieran involucrarse. Quién querría abandonar esto para meter la cabeza en cosas aburridas”, agregó.

Miro nuevamente a las cuatro coreanas, y pienso en que quizás Seung tenga razón. Seguro tardaron tantas horas en arreglarse para desfilar ante los flashes ajenos, y no quieren más que divertirse. Las miro ahora ensayando una selfie. Posando con sus manos, cubriéndose el rostro, los labios y perdiendo la vista entre los rascacielos que están a la entrada del santuario Jongmyo, uno de los más grandes tesoros de Corea del Sur y lugar de adoración a los reyes de la dinastía Joseon. Su destino final además.

Retocan su maquillaje y vuelven a chequear el look completo en la cámara de sus teléfonos, cada una en el suyo. Cruzan coreográficamente la entrada, y metros más allá hay varios otros grupos de muñequitas retratándose entre ellas. Les pediré una fotografía, decido entonces. Me acerco a las chicas que he seguido largo rato y pregunto si puedo retratarlas. “Go on”, dice una. Posan una vez, y a los dos segundos cambian de lugar, de expresión y todo. La misma chica se acerca después y anota su dirección de e-mail en mi libreta. Esperará las imágenes, me dice justo antes de despedirse y perderse entre las demás.

Vuelvo a topármelas algunas horas más tarde. Están las cuatro de espaldas a un inmenso muro gris, separadas milimétricamente la una de la otra. Posan para alguien más.

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