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Actualizado el 29/12/2017
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La epopeya de los apoderados

Autor: Ascanio Cavallo

La epopeya de los apoderados

En la mañana del lunes 4 de diciembre, dos semanas después de la primera vuelta de la elección presidencial, es decir, en la exacta mitad de la campaña de segunda vuelta, Sebastián Piñera declaró en una radio que en todas las elecciones “hay algunos que se pasan de vivos” y que se habían visto “muchos votos… marcados previamente” en favor de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. La ventolera de reacciones que siguió y las cosas que se dijeron merecen el olvido. También el hecho de que en todo el país había un solo reclamo formal y un par de situaciones dudosas registradas por la prensa. Nada más.

No era esto lo importante. Entre los observadores desapasionados de la campaña la pregunta de esa tarde fue: ¿Es esta una nueva “piñericosa” o ha sido un hecho calculado, un movimiento táctico muy bien meditado, aunque tuviese una apariencia ríspida y un potencial costo político? En el comando de Piñera se dijo, sotto voce, que el propósito era motivar a los partidarios para que se inscribieran como apoderados, una versión que no resultaba fácil de tragar, porque la conexión entre la gravedad de la acusación y la bondad del propósito resultaba demasiado larga.

El caso es que el 2017 será recordado, claro, como el año del segundo triunfo de Piñera, pero, sobre todo, como el año de la gran movilización de la derecha. Por supuesto que las vacilantes palabras del candidato no lo hicieron todo -de hecho, pasó unos días precisándolas, hasta el grado de que pareció que podría convertirse en un tropiezo fatal-, pero sí lo suficiente: la chispa para encender el ancho pastizal de la sospecha. La lógica era impecable: si la elección iba a ser estrecha, habría que defender voto por voto, mesa por mesa. Cosa tan delicada no podía dejarse al solo cuidado de un gobierno sospechoso. El mismo razonamiento que hizo la entonces Concertación en el plebiscito de 1988.

El comando de Piñera ha dicho que, según sus estimaciones, se movilizaron unas 50.000 personas para ser apoderados. Esto significa que en más del 15% de las mesas de votación hubo más de un apoderado de Chile Vamos, un voluntariado bárbaro para proteger unas elecciones que en 27 años no han estado ni bajo la sombra de una duda. Y es importante, porque un apoderado no es una persona única. Es un catalizador de muchas otras voluntades que lo circundan, un activista silencioso que opera psicológicamente por su sola disposición.

Esta es la respuesta a las dudas de la tarde del 4 de diciembre: lo que dijo Piñera no fue una gaffe, sino una operación verbal correctamente calculada. Al lado de esto, los esfuerzos de José Antonio Kast y Manuel José Ossandón por rescatar la votación de la derecha dura o popular, antipiñerista, resultan datos menores, entusiasmos con cierto aire de aficionados.

Por supuesto, nada de esto quiere decir que el comando de Piñera haya podido calcular que el llamado a los apoderados movilizara 4,58 puntos por sobre el 50%, ni tampoco que de manera inédita aumentara el número de votantes en la segunda vuelta, la mayoría de ellos en su favor. Nadie es tan genial, ni siquiera en la demostración de genio que fue el resultado final. No se puede sacar del mapa las chispas adicionales que aportaron al pastizal el gobierno, la Nueva Mayoría y su propio candidato. Las victorias electorales siempre tienen un componente de errores adversarios.

Tampoco puede un acierto táctico ser considerado un modelo moral. La extraordinaria inteligencia electoral del piñerismo ha de ser conjugada con el hecho problemático de su apelación al miedo. No es que haya existido una “campaña del terror”. Esto sólo puede ser un exceso verbal de quienes no conocen este tipo de casos, aunque también es visible que algunas ideas de este orden -Chilezuela, por ejemplo- se pegaron en las mentalidades más paranoides, de todos modos sin ningún remoto parecido con lo que idearon los lugartenientes del pinochetismo en los 80 -Manfredo Mayol, para no ignorarlo-, o los de otras elecciones más atrás.

El miedo es parte del repertorio de las emociones humanas y tiene, por tanto, esa auténtica y lamentable legitimidad, y es un estímulo tan lícito como cualquier otro si sirve para remover la molicie de los votantes desidiosos. El miedo manufacturado es otra cosa. En política, supone trazar una línea artificial, ya no entre diferentes visiones de una misma sociedad, sino entre cosas más crudas, como el bien y el mal. Como dice Tzvetan Todorov en su ensayo El miedo a los bárbaros, “no tiene el menor mérito preferir el bien al mal cuando es uno mismo quien define el sentido de ambos términos”. El miedo que convierte a los adversarios en bárbaros es un pasadizo cerrado, con vista al solecismo, la exclusión y la demonización de los demás. Un corredor a la intolerancia.

El carpetazo electoral de Piñera no está constituido de puro miedo. Es más o menos normal que, en cualquier parte del mundo, la derecha gane cuando es muy intensa la incertidumbre sobre el futuro; y que gane la izquierda cuando logra desarmar esos temores. Lo que hizo Piñera fue un poco más lejos: en una derecha que por muchos años se ha sentido en minoría, y que aún no logra salir de ese cepo intelectual, sus palabras sembraron cierta desconfianza en el rito electoral. Este es un punto sensible, porque las elecciones dependen en una medida importante de que se confíe en ellas, en sus procesos, en sus mecanismos. Y elecciones como las chilenas, con su increíble eficiencia en la entrega de los resultados, dependen aún más de esa confianza. Dañarla no debería ser gratis, aunque con su maniobra Piñera también logró transferir a la derecha lo que hasta entonces se creía que era un patrimonio de la izquierda, la capacidad de movilizar no las voluntades de unas élites, sino las de esas miles de personas que se volcaron a las mesas de votación.

Pero harían mal los opositores de Piñera en creer que este fue el único factor de su victoria, sin tomar en cuenta el gigantesco viraje que, además, dio a su programa inicial. Harían más mal si sacaran las lecciones equivocadas de su triunfo del 2017; por ejemplo, si creyeran que la estratagema de los apoderados pueda ser repetida en elecciones futuras con argumentos e imágenes similares.

No, no: esta ha sido la epopeya del 2017, y todo lo que tiene de hazaña es que no tendría que repetirse. En estos días ha circulado una copiosa narrativa acerca de apoderados que terminaron amigos de los vocales de mesa, una reescritura de los cuentos de campo sobre adversarios y compadres, que ha tendido a atemperar la naturaleza original de la movilización. Pero en su trasfondo más oscuro permanece una cierta latencia que es contraria al punto más intransigente de la democracia (para usar una expresión de Fernando Savater): la única libertad que no está permitida es la de renunciar a la libertad.

El miedo manufacturado no está en la esfera de la libertad.

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