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Actualizado el 12/06/2017
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La gran decepción

Autor: Denís Fernández

Mañana se cumplen 35 años del comienzo del Mundial del 82, una cita a la que Chile llegó con toda la ilusión y salió vapuleado. Ex seleccionados reviven la peor participación criolla en una cita planetaria. Un viaje de 20 días del triunfalismo al tormento.

La gran decepción

En junio de 1982 Chile fue campeón del mundo. Durante 20 días, pero lo fue. Un lapso que coincidió con la participación en el certamen planetario de fútbol de aquel año de una Roja liderada en la cancha por Elías Figueroa y Carlos Caszely. Un tiempo en el que todo estaba bañado por la embriagadora fragancia del éxito.

El camino de la selección chilena hacia el Mundial de España había comenzado, sin embargo, un año antes. En apenas 34 días, los comprendidos entre el 17 de mayo y el 21 de junio de 1981, el combinado dirigido por Luis Santibáñez logró sellar su pasaporte para la Copa del Mundo. Lo hizo con autoridad, cediendo tan solo un empate en cuatro partidos (ante Ecuador, en Guayaquil); conquistando un triunfo de visita ante Paraguay; y adjudicándose el título de su grupo de clasificación sin recibir un solo gol. Unos guarismos que, tras el duro golpe que había significado su ausencia en el Mundial de Argentina, cuatro años antes, invitaban al optimismo.

A Mario Osbén, entonces arquero de Colo Colo, ya se le ponía a la altura de Sergio Livingstone, como uno de los mejores de la historia. El Gato, era carta segura en el equipo ideal del planeta. Un héroe.

El más optimista de todos era Santibáñez, el seleccionador. Estaba tan exultante que, tras el inmaculado proceso clasificatorio, decidió tomar una decisión, jurar lealtad eterna a aquel grupo de jugadores, confiriéndoles una especie de incondicional inmunidad. Pero para el Mundial de España faltaban todavía 12 meses.

“Todo partió mal. De un año a otro se les aseguró a los jugadores que, pasara lo que pasara, iban a ir al Mundial. Y se bajó el rendimiento. Es imposible que si tú haces eso no haya un exceso de confianza, un poco de conformismo”, declara hoy, 35 años después y en tono autocrítico, Rodolfo Dubó, uno de los 22 futbolistas que terminaron integrando aquella largamente anunciada nómina. Una convocatoria en la que, paradójicamente, figuraron sólo cuatro jugadores de Cobreloa, finalista con honores de la Copa Libertadores en el 81 y monarca nacional en el 82. “Creo que Don Lucho (Santibáñez) se sintió muy comprometido con la gente que logró la clasificación. Y eso tal vez nos perjudicó”, manifiesta Vladimir Bigorra, integrante también de aquel plantel mundialista.

Construyendo un favorito
En 1982, el clima social estaba crispado en Chile. La recesión mundial de 1980 y la ulterior devaluación de la divisa chilena había golpeado fuerte a la población. El endeudamiento privado se había disparado, la tasa de desempleo estaba por los aires y las multitudinarias protestas contra la Junta Militar acabarían arrojando un terrible saldo de al menos 18 muertos. El boom chileno parecía haber tocado a su fin. Pero era el caldo de cultivo perfecto para hacer florecer la esperanza, el escenario ideal sobre el cual construir una quimera. Había que desviar la atención. El fútbol era ya el opio del pueblo y el pueblo necesitaba aferrarse a una ilusión. Y la Roja de Santibáñez, invicta en las brevísimas eliminatorias sudamericanas, encarnaba todos esos sueños. “Lo que pasa es que el fútbol es un fenómeno social y cuando las cosas marchan bien para la Selección es como si todo lo otro pasara a un segundo plano, la economía, la situación política, todo. Y daba para ilusionarse”, reconoce Dubó.

El 22 de febrero, el adiestrador chileno hizo pública su nómina y anunció el arranque de una concentración sin precedentes que habría de durar la friolera de cinco meses. Un proceso que incluyó una pretemporada por el norte del país, una gira promocional por Europa (con duelos anodinos y un larguísimo y tedioso retiro en el Colegio Meres de la ciudad de Oviedo, una de las sedes del Mundial) y una última batería de encuentros amistosos en Santiago previos al regreso de la expedición a tierras asturianas. “En España estuvimos concentrados en un colegio, entrenando en una cancha que no era reglamentaria. Las habitaciones eran muy pequeñas, no podíamos recibir visitas y había un puro juego al que jugábamos. Uno de un monito, tipo King Kong, que tenía que subir hasta la cima. Al principio nadie llegaba hasta arriba, pero al final hasta el finado Lucho Santibáñez dominaba bien el juego”, rememora, con un punto de ironía, otro ex mundialista chileno, Miguel Ángel Gamboa.

Una solapada crítica que corroboran el resto de protagonistas. Como Dubó: “Hubo casos de jugadores que aumentaron de peso, estábamos constantemente rodeados de policías y no había la intimidad necesaria”; Bigorra: “El mismo Lucho, en la interna, llegó a reconocer que uno de sus grandes errores fue aquella concentración”; Cazely, goleador histórico de la Selección en ese momento: “Fue larguísima, horrible, lo peor de lo peor”; o el propio capitán del equipo, Elías Figueroa: “Llegamos al Mundial como cansados, aburridos de tanta concentración. Veíamos que otras selecciones eran visitadas por sus familiares, tenían salidas y nosotros nada. Ahí fue donde empezaron a haber discusiones en el grupo”. Alfredo Asfura, director de la Asociación Central de Fútbol hasta poco antes del Mundial y corresponsal de televisión durante la justa española, va todavía más lejos: “Eso no fue concentrar, fue encerrar. No hubo una buena preparación ni futbolística ni síquica”.

Pero poco importaba. Los resultados positivos logrados ante rivales de escaso vuelo eran magnificados por los medios. Los negativos, relativizados. El Mundial de España estaba a la vuelta de la esquina y Chile, el invicto, se había convertido de la noche a la mañana en un aspirante a todo. En su propio favorito. Figueroa lo recuerda con claridad: “Todo el mundo creía y pensaba, no sólo los jugadores, que se podía ganar el Mundial”.

La confianza, a esas alturas, era total. “Se formó un concepto triunfalista y se trajo intencionadamente a rivales de segunda o de tercera categoría para refrendarlo. Pero ese ambiente triunfalista no estaba basado en la capacidad real que se tenía”, explica Asfura. “El entorno de aquella época te permitía pensar que a lo mejor sí podías lograrlo. Y cuando tú ves y escuchas y compartes esta sensación de poder lograr algo, todos se suben al carro”, reconoce Caszely, antes de agregar: “Nosotros cuando fuimos a discutir los premios con Abel Alonso, pedimos premios por pasar la primera fase, la segunda fase, la tercera fase y por ser campeones del mundo. Decíamos: Jugamos la final con Alemania y vamos a ganar, en esa época era mucha plata, como 50.000 dólares”.

El 5 de junio de 1982, un día antes de que la Roja pusiera rumbo a España desde el abarrotado aeropuerto de Santiago, el boxeador chileno Benedicto Villablanca se proclamaba campeón mundial de peso superpluma (entonces ligero juniors) tras derrotar en el combate por el título al puertorriqueño Samuel Serrano. En el Teatro Caupolicán y por nocáut técnico. En el undécimo asalto. Una gesta premonitoria. Poco menos que un guiño del destino.

La debacle
El 13 de junio de 1982 arrancó en suelo español la duodécima edición de la Copa del Mundo de fútbol. Chile hizo su debut el 17, en el estadio Carlos Tartiere de Oviedo, ante Austria, pero los planes iniciales ya habían comenzado a truncarse un día antes. “A raíz de que Alemania perdió el primer partido (ante Argelia), todo se torció”, confiesa Gamboa. “Se exageraba un poco con las posibilidades, pero si tú veías el grupo, Argelia no se conocía, todos sabían de Alemania, que es eterno, y Austria era un rival al que le podías ganar. Entonces, si sacabas las cuentas, Alemania eran puntos que se podían perder, pero los otros dos eran partidos favorables”, recuerda.

Pero los cálculos fallaron. El combinado austriaco infligió a Chile su primera derrota en un encuentro del que apenas llegó a trascender el célebre penal dilapidado por Caszely cuando el partido marchaba 0-1. Y al que el Rey del Metro Cuadrado vuelve hoy a referirse restándole solemnidad:“El penal es una historia más, una historia más dentro del fútbol. No me cansa que me lo recuerden. Me cansa más que no reconozcan que yo hice 42 goles con la Selección. Eso es lo más penca. Un penal lo pierde cualquiera. Lo perdió Pelé, Maradona, Johan Cruyff, y ese día lo perdí yo”.

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A la caída inaugural siguió el duro correctivo recibido de manos de Alemania (4-1), con hat-trick incluido de un mermado Karl-Heinz Rummenigge. El sueño, alimentado durante tantos meses de soberbia y propaganda, comenzaba a desvanecerse. Pero no sólo en España. A ocho mil kilómetros de allí, en un oscuro despacho de Ciudad de Panamá, una reunión extraordinaria de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), con revisión de video incluida, trataba de dirimir si la hemorragia sufrida por Serrano en el combate por el título mundial ante Villablanca, en el sexto asalto, había sido producto, en realidad, de un cabezazo del púgil chileno.

El tropiezo ante Argelia en el último partido del grupo, por 3-2, puso el colofón a una participación para el olvido. Pese al entusiasmo inicial, el sueño de la corona había sido solamente eso, un espejismo. Una gran ilusión. ¿Y el Gato Osbén? De mejor arquero del mundo pasó a ser el más criticado, especialmente por su actuación ante Alemania (4-1 para los germanos). Su carrera, que se extendió hasta 1992 (se retiró en Cobreloa), no volvió a ser la misma. Hoy ni siquiera está en el podio de los mejores de Chile.

El Mundial de España 82, finalmente, fue el del tercer título de Italia, la Italia de Paolo Rossi; el de la mayor goleada registrada en una fase final de una Copa del Mundo (el 10 a 1 que Hungría le endosó a El Salvador); el del debut de Maradona con Argentina y el de la caída del Brasil de Zico; pero sobre todo el del mayor fracaso chileno registrado en un certamen planetario. La selección de Santibáñez fue la tercera peor de las 24 que tomaron parte en la justa. Peor que la debutante Honduras. Peor que Kuwait, en su primera y única participación. “Se dio mal. A lo mejor no se entrenó bien. A lo mejor no fueron los jugadores indicados. A lo mejor el técnico se equivocó en las formaciones. Todo se juntó y fracasamos. No se logró nada, pero hay muchas historias de países que pudieron hacer grandes cosas y al final no pudieron”, finaliza, Gamboa.

El mismo 24 de junio de 1982, el de la última derrota ante la selección argelina y el del último partido mundialista de Figueroa y Caszely, Benedicto Villablanca recibió una notificación en Santiago. Había sido despojado de su cinturón de campeón del mundo.

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