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Actualizado el 24/10/2016
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La hazaña de ser una profesora con síndrome de Down

Autor: Marié Scarpa / AFP

A sus 31 años, Noelia está a cargo de la sala de primer año de un jardín en Córdoba. Su historia ha abierto el debate entre maestros y apoderados sobre la inclusión.

La hazaña de ser una profesora con síndrome de Down

Con los ojos muy abiertos, los pequeños siguen el cuento que les narra Noelia Garella. Ninguno sabe que ante sí tiene a la primera persona con síndrome de Down que trabaja como maestra de preescolar en Argentina. En el mundo, hay pocas que se dediquen a lo mismo.

Niños de dos o tres años rodean a “La Noe”, como la llaman en el colegio, y la obedecen cuando les pide sentarse para comenzar una clase. Minutos después, todos la imitan cuando abre la boca como “un tiburón”.

“Esto me encanta. Desde que soy chica siempre soñé con ser maestra porque me gustan los niños“, cuenta Garella, quien se graduó en 2007 de profesora en la ciudad de Córdoba y empezó a ejercer en 2012, siendo la encargada del programa de estimulación temprana a la lectura en el preescolar Capullitos.

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“Muy rápido nos dimos cuenta de que tenía mucha vocación y daba lo que más aprecian los niños de las salas maternales, que es el amor”, asegura Alejandra Senestrari, exdirectora de esa escuela.

Si bien Noelia aún recuerda dos episodios nefastos de discriminación cuando era niña, hoy con 31 años y cuatro como docente de la municipalidad de Córdoba, cuenta con orgullo su experiencia de inclusión.

“Con los niños siempre me siento bien, sus padres me adoran y las otras maestras y las directoras que he tenido son unas divinas”, declara.

Desde enero, junto a otra docente, está a cargo de la sala de primer año en el Jardín Maternal Jeromito.

“Este año tengo un síndrome de Down”, dice entusiasmada delante de su madre, Mercedes Cabrera, una exempleada estatal jubilada. “Es hermoso cuando nace alguien como yo”, complementa.

“SOY EL MONSTRUO FELIZ”

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Con el mismo tono de intriga pícara que imprime a cada comienzo de un relato, Noelia describe una moraleja que su madre recuerda con ojos llorosos y ella con sonrisa amplia.

El día en que una directora de un jardín dijo a sus padres “aquí, señores, monstruos no. Síndromes de Down, no”, fue determinativo para el criterio y motivación de la profesora.

“Esa maestra para mí es como el cuento que les leo a los chicos. Un monstruo triste, que no entiende nada y se equivoca, en cambio yo soy el monstruo feliz”, sostiene.

Si para su madre era una pesadilla recordar aquel episodio, Delfor Garella, su padre, recuerda otro golpe bajo. “Cuando nació Noe, nuestra primera hija, el médico me dijo: ‘Tengo una mala noticia que darle’. Yo enseguida pregunté si había muerto, y me respondió: ‘no señor, peor, es Down'”, cuenta el ingeniero civil jubilado.

A pesar del rechazo de una sociedad poco preparada, Noelia es la más sociable de su familia y ha demostrado con creces sus capacidades para desenvolverse con los demás y perseguir sus metas.

AUTOESTIMA, EL ANTÍDOTO

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Noelia se ganó la empatía de colegas por su optimismo y autoestima a prueba de todo prejuicio.

“De ninguna manera fueron trabas”, aclara Senestrari, hoy supervisora de preescolares municipales de Córdoba. Lo que hubo fue un planteamiento docente “desde un lugar de responsabilidad” que consideró que alguien con síndrome de Down no podía estar a cargo de alumnos.

Esas dudas alimentaron un debate que terminó con una reflexión de la comunidad de padres, maestros e incluso del alcalde, que concluyeron que el trabajo de Noelia podía dignificarse.

Así se le dio la oportunidad de ejercer como maestra de asignaturas especiales, como los talleres de lectura temprana.

“Con el tiempo, esa gente (que se resistía) acompañó la iniciativa de sumar a Noe como docente”, apunta Senestrari.

En la misma línea, Susana Zerdan, directora de Jermonito, sostiene “que ha sido una experiencia única en el equipo. La integración y la naturalización con la que la asumen los chicos, para nosotros ya es una enseñanza de vida”.

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