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Actualizado el 07/01/2017
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La historia de amistad y distancia entre Jorge González y Alvaro Henríquez

Autor: Claudio Vergara

Esta noche, el ex Prisionero le entregará al cantante de Los Tres el premio Icono en la Cumbre del rock chileno.

La historia de amistad y distancia entre Jorge González y Alvaro Henríquez

Alvaro Henríquez dudaba en recibir el premio. Les comentó a los organizadores de la Cumbre del rock chileno que el verdadero festejado sería otro, Jorge González, quien anunció su despedida de los escenarios tras el evento, por lo que naturalmente el galardón debería recaer en sus manos, para que él acaparara las lágrimas y los aplausos. Pero no: el plan volvió a su intención original y esta noche en el Estadio Nacional el sanmiguelino le entregará el reconocimiento Icono del rock al cantante de Los Tres.

Además, será en el cierre de su presentación: si la idea del retiro sigue su marcha, es probable que la última escena de la vida de González sobre un escenario sea ese abrazo final con la otra gran figura del cancionero chileno de finales del siglo XX. Todo un reflejo de una fraternidad que comenzó hace mucho y que se desarrolló durante más de 30 años entre colaboraciones, encuentros de férrea amistad y también períodos de distancia. Un vínculo que nació en un show y que, como si el destino fuera circular, vivirá su minuto más estelar en otro.

En 1984, en pleno despegue de su leyenda, Los Prisioneros llegaron hasta la Universidad Católica de Concepción y fueron teloneados por un grupo que nació y murió en esa misma jornada, Los Ilegales, encabezados por Alvaro Henríquez y Roberto Lindl: el germen que después se convertiría en Los Tres. “Yo llevé a Los Prisioneros, porque en Conce ya había una movida rockera, pero con esto quería motivar mucho más a los cabros”, dice Ricardo Mahnke, productor del debut del trío en el sur.

En ese primer cara a cara, con Henríquez de 14 años, otro adolescente como tantos con pretensiones de rockstar (pero absolutamente anónimo), y González de 20, ya autor de una pieza consular de la cultura chilena (La voz de los 80), la química fue inexistente. “La parada de Jorge siempre ha sido la misma y estaba en su onda, sin pescar. Pero no había rivalidad, porque simplemente él no cachaba quiénes eran estos cabros. No les hizo caso”, rememora Mahnke. La web jorgegonzalezconce.cl lo ilustró de manera aún más clara en 2008: “Para los sanmiguelinos, Henríquez era un cuico al que su papá le había reglado una guitarra y que se juraba Lennon”.

Casi como un efecto de ese cortocircuito, ambos sólo vinieron a consolidar una amistad en la adultez, cuando el hombre de Sexo regresó a Chile en 1998, luego de residir en Nueva York. Como una manera de reactivar lazos, esa temporada intentó grabar nuevas canciones con el propio Henríquez, pero la idea no prosperó. En compensación, el penquista colaboró en la vuelta al disco de su camarada, Mi destino (1999). Alentados además por las turbulencias que González empezaba a enfrentar -en 2000 viajó hasta Cuba para su rehabilitación de las drogas-, desde esos días se hicieron inseparables. Un aliento mutuo en instantes de flaqueza.

En 1999, ambos llegaron y se fueron juntos para participar de un homenaje a Inti-Illimani en la Quinta Vergara. En 2002, Henríquez sorprendió a su amigo en su cumpleaños 38 al interpretar en la fiesta una canción completamente dedicada al ex Prisionero, la que sólo se escuchó en esa celebración. Ese mismo año, el autor de Amor violento lo invitó a pasar junto a sus cercanos el Año nuevo a su casa en Ñuñoa, donde pusieron música en vinilos y guitarrearon hasta la madrugada.

Cuando el santiaguino en 2003 debió enfrentar otra crisis, la partida de Claudio Narea de Los Prisioneros, la opción era obvia: invitó a Henríquez a parchar el conjunto. La presentación en sociedad fue en esa legendaria conferencia donde la unión de los peces gordos del rock chileno fue totalmente eclipsada por la furia de González botando micrófonos y por la imagen de su flamante compañero descolocado frente al berrinche. Según algunos colaboradores de esos años, esa polémica marcó el poco exitoso paso del sureño por la banda de Estrechez de corazón. Esa conferencia maldita y el fantasma de Narea contaminaron la aventura.

De hecho, el tour que emprendieron después -y que incluyó a Café Tacvba- fue un fracaso en venta de entradas. Cuando partieron a México, la mala vibra comenzó a abrir una grieta entre los protagonistas. Por ejemplo, el vocalista de Los Pettinellis no estimaba necesario hacer pruebas de sonido, pero su compañero sí. Ello redundó en que ambos manejaran sus horarios de modo independiente. También hubo diferencia entre los equipos de ambos: mientras los tramos más cortos en México algunos querían realizarlos en bus, otros exigían hacerlos en avión.

Aunque el paso de Henríquez por Los Prisioneros contemplaba en un principio mucho más tiempo, al menos un año, sólo duró dos meses. El desgaste de la experiencia lo hizo dar un paso al costado. A partir de ahí, el sanmiguelino expresó cierta decepción por su colega: sintió que podría haber aguantado más tiempo en sus filas. Incluso, en esos días en conjunto, llegaron a escribir y registrar un par de temas en su estudio en el Cajón del Maipo -uno de ellos se titulaba Lucinda-, los que formarían un nuevo título, pero que nunca vieron la luz. En los años venideros, la relación se enfrío.

Y como tantas veces, otra desventura los volvió a encontrar. Tras el infarto cerebral sufrido en 2015, Henríquez fue uno de los primeros en visitarlo en su casa de La Reina. “Siempre me llama para preguntarme por él”, cuenta Gonzalo Yáñez, parte del actual grupo del sanmiguelino. Una vez, le llevó de regalo unas salsas para comer y se instaló con guitarra a improvisar una serie de canciones. La última vez que se vieron fue a mediados del año pasado, con el ex Prisionero ya viviendo en San Miguel. Para González, el regreso a su comuna de origen también significó retomar su amistad con la otra gran gloria del rock local.

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