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Actualizado el 12/10/2017
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La historia del tatuador de Alepo que llegó como refugiado a Chile

Autor: Cristina Cifuentes

Saeed Antakli, de 30 años y padre de dos hijos, era sastre en Siria, pero en su paso por Líbano tuvo que cambiar de oficio. “La vida era muy difícil. Los sirios éramos considerados como ciudadanos de menor nivel en Líbano”, contó a La Tercera al llegar a Santiago. “Estamos muy felices de estar acá”, agregó.

La historia del tatuador de Alepo que llegó como refugiado a Chile
Saeed Antakli y sus dos hijos en el aeropuerto, luego de su llegada ayer vía Líbano.

“La vida era muy difícil, no había nada, teníamos muchas dificultades. No podíamos arrendar casas, porque nos pedían mucho dinero y nuestros sueldos eran muy bajos”. Con esas palabras, Saeed Antakli, de 30 años, cuenta a La Tercera la situación que enfrentó como refugiado en Líbano, país al que llegó en 2012, tras huir de la guerra en Siria, su tierra natal.

“Me pedían mil dólares al mes para que mi hijo pudiera estudiar. Los sirios éramos considerados como ciudadanos de menor nivel en Líbano”, agrega Saeed, quien hoy llegó a Chile junto a su esposa, Rita Yacout, de 28 años; su cuñada Youmna Yacout, de 38 años, y dos hijos pequeños. La suya es una de las 14 familias -34 adultos y 32 niños- que forman parte del grupo de refugiados sirios del Programa de Reasentamiento financiado por el gobierno de Chile, la agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) y coordinado por la Vicaría Pastoral Social Cáritas .

Él de religión musulmana y ella cristiana, Saeed cuenta que trabajaba como sastre cuando conoció a Rita, que se desempeñaba como peluquera en Alepo. “Nos enamoramos inmediatamente”, recuerda ella, con una sonrisa.

La pareja llevaba una vida normal hasta que estalló la guerra. Hasta ese momento, Alepo era la segunda ciudad más importante de Siria. La localidad es un centro clave en el norte del país y se ubica a 50 kilómetros de la frontera turca. Así, al ganar su control, también se tenía el poder de las rutas de suministro de alimentos, combustible y armas. Por este motivo no era de extrañar que se batallara por conquistarla, por lo que quedó dividida en 2012. Por un lado, la oposición armada tomó el control de los distritos del este y sur y el régimen de Basher Assad conservó el oeste. En medio de los combates por su control, en julio de 2016 se encontraban atrapados en las áreas rebeldes entre 250 mil y 300 mil civiles. Ahora, en Alepo rige una frágil tregua.

“Soy de la parte de Alepo que quedó completamente destruida. El gobierno nos asediaba a todos”, rememora Saeed, y añade que su familia decidió huir “cuando comenzó el bloqueo”. Fue así que viajaron por tierra hasta Líbano para poder conseguir trabajo y un lugar para vivir.

De sastre a tatuador

“Cuando llegamos a Líbano, queríamos arrendar una casa, pero no podíamos, eran muy caras, la vida allá era muy cara y no teníamos dinero. Los sueldos eran muy bajos, especialmente para los refugiados”, cuenta Saeed, quien dejó su oficio de sastre en Siria, para dedicarse a otras actividades. Ahora se presenta como tatuador, algo que se puede ver en su cuello y brazos. A su arribo hoy a Chile, incluso un productor de televisión le ofreció trabajo.

“Agradecemos esta llegada al pueblo chileno, agradecemos este recibimiento y esperamos que nosotros también respondamos a esta acogida que estamos recibiendo del pueblo y el gobierno chileno. Estamos muy felices de estar acá, muy agradecidos de este recibimiento”, dijo Saeed.

En el grupo de 66 sirios que arribó hoy no sólo había familias con hijos pequeños, sino que también varios jóvenes, quienes apenas terminaron sus actividades en los salones de protocolo del aeropuerto de Santiago fueron a fumar. Pese a lo agotador del viaje, de más de 26 horas, se mostraban contentos y dispuestos a conversar, pese a las barreras idiomáticas.

Su disposición y amabilidad eran tales, que incluso ofrecieron cigarros a quienes, mediante señas, se acercaban a conversar con ellos. En este contexto informal contaron que no todos los que habían viajado a Chile eran árabes sirios, sino que también había un kurdo, quien orgulloso mostró una cadena con la bandera de Rojava, región ubicada al norte de Siria (el emblema está prohibido en ese país, Irak y Turquía). Siete de las familias vivirán en la comuna de Macul y las otras lo harán en Villa Alemana. Todos esperan un futuro mejor, para de a poco dejar atrás la guerra en Siria.

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