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Actualizado el 22/03/2015
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La historia sin fin del SMS Dresden

Al cumplirse un siglo del hundimiento del crucero alemán en Juan Fernández, una nueva inmersión busca desentrañar los secretos del buque atacado en la Primera Guerra Mundial.

La historia sin fin del SMS Dresden

En febrero de 1960, el buzo Francisco Ayarza acuatizó en la bahía Cumberland, en lo que entonces se conocía como la isla de Más a Tierra. Llegó a encontrar los restos del SMS Dresden, crucero de la Marina Imperial alemana hundido el 14 de marzo de 1915, tras una “encerrona” de barcos ingleses. Y algo encontró, partiendo por la nave.

La semana pasada, con 82 años, Ayarza viajaba de vuelta a la isla, rebautizada en 1966 como Robinson Crusoe, para participar de las conmemoraciones de los 100 años del episodio bélico, que se llevaron a cabo el sábado 14. Y durante el viaje contó que, mientras descendía al barco hace más de medio siglo, empezó a ver tres círculos negros. Se creyó víctima, en principio, del efecto narcótico del nitrógeno. Pero los círculos correspondían, en efecto, a las bases de las tres chimeneas características del Dresden.

Ayarza y su equipo proveyeron vestigios para la historia. La de esta embarcación de 180 metros de eslora, pero también la de la I Guerra Mundial en el Pacífico Sur, una saga que incluyó sangrientas batallas y muchos otros hundimientos. Está documentado que el Dresden fue la única nave de la escuadra alemana que sobrevivió a la “emboscada” que la Royal Navy le tendió en las islas Malvinas en diciembre de 1914. Y que antes de eso participó, frente a Coronel, en una batalla naval que acabó con la vida de 1.700 británicos. Pero desde 1960 es más lo que se puede saber e interpretar, como suele ocurrir en historia. Puede decirse incluso que, tras la conmemoración en la isla, hay aún más para ver y para cavilar.

Sin ir más lejos, el día mismo en que se respetaba un minuto de silencio en el cementerio de Robinson Crusoe y se develaba en su plaza una réplica de la campana del Dresden, un robot submarino dispuesto por la ONG Oceana llegaba a los 65 metros de profundidad de la embarcación. Como en su minuto se hizo con la Esmeralda o con el Titanic, el aparato permitió registrar en video HD los restos del Dresden. El video, que puede conocerse parcialmente en www.latercera.com, permite ver claraboyas que quedaron en cualquier parte y mucho fierro corroído que hoy es el hogar de erizos, coral y cardúmenes voluminosos. También, apreciar partes del crucero que no se habían visto en un siglo, como una hélice de babor. Y escuchar el silencio del fondo marino, que en la imaginación se combina con el estruendo de un siglo.

En días previos a la conmemoración, por último, el equipo de buceo autónomo de alta profundidad de la Armada, como parte de su proceso de certificación para bucear hasta 100 metros, obtuvo otras imágenes, entre ellas las de una montura de cañón y de una válvula de fondo semiabierta. Esta última, descubierta por el jefe de la Partida de Salvataje de la Primera Zona Naval, teniente Juan Pablo Tessada, confirma la tarea que le cupo a la tripulación en el hundimiento: la voladura mediante cargas explosivas en la santabárbara del Dresden, como explica el investigador argentino Diego Lascano, fue complementada necesariamente con la apertura de las válvulas de fondo, para  acelerar la inundación del casco.

“Toda pieza de información es útil para reconstruir tanto los hechos menores como los fundamentales”, agrega Lascano, autor de S.M.S. Dresden (2010) y asesor histórico de El hundimiento del SMS Dresden, la primera de una serie de cuatro documentales sobre naufragios a cargo de Tevo Díaz (Pena de muerte) y que se verá  el 4 de mayo en las pantallas de UCV-TV. Esta realización, que cuenta con la narración del escritor Antonio Gil, aborda las distintas aristas de esta historia, incluyendo qué fue de los marinos del buque, algunos de los cuales  pasaron el resto de sus vidas en Chile.

He ahí una entrada. Otra fue la de Martín Pérez, que el año pasado publicó la novela Señales del Dresden, donde la investigación de un posible tesoro escondido por los alemanes en el fiordo Quintupeu, se entrelaza con el relato, por momentos trepidante, de los padecimientos de la tripulación de la nave, en especial del joven radiotelegrafista Max Schmidt.

Si se lo piensa, la del Dresden es una aventura insólita e inverosímil, pero real, que cumple con los requisitos de una superproducción fílmica. Por ahora, eso sí, cabe tomar nota de sus significados y resonancias. Es necesario, en la mirada de Lascano, “que en Chile se tome conciencia de una vez por todas de la relevancia de estos eventos en la historia universal. Sus aguas fueron escenario de una contienda mundial, situación que no es común a la mayoría de los países del continente americano”.

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