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Actualizado el 18/03/2017
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La inesperada vuelta a clases de los haitianos

Autor: Camila Bravo y Fredi Velásquez

Pese a que son una de las colonias de inmigrantes que más han crecido en Chile, los ciudadanos de Haití no son reconocidos dentro del convenio que revalida la formación académica en el extranjero. Esta situación ha cambiado el paisaje en varios colegios para adultos, en comunas como Estación Central, Quilicura o Santiago Centro.

La inesperada vuelta a clases de los haitianos

“Una vez tuve un jefe chileno que apenas podía escribir su nombre. Era un ignorante. ¡Yo sabía más que él!”, reclama Halldwens Honore (33), quien llegó a Chile desde Haití el año 2011. Allá estaba estudiando Sociología en la Universidad Estatal, en Puerto Príncipe, pero debió salir del país, según cuenta, por una persecución política al ser militante del Famille Lavalas, un partido de izquierda. “No quería quedarme por un tema de seguridad política. Estaba un poco amenazado. Hay lugares donde hay corrupción y a veces por denunciar hay que pagar un precio alto”, recuerda.

Un conocido le comentó que en Chile había buenas oportunidades para haitianos. Sin embargo, cuando Honore llegó a Santiago se encontró con una realidad que no esperaba: “Me dijeron que no solo tenía que hacer mi carrera de nuevo, sino que también debía volver a hacer el cuarto medio”.

Honore debió partir por aprender español para luego matricularse en un colegio para adultos. Ahí se sorprendió por el bajo nivel de conocimiento de sus compañeros. Finalmente, sacó su licencia de educación media y pudo empezar su vida laboral. Hoy está trabajando para CCU y también como productor de eventos, trayendo grupos de música haitianos para tocar en Chile. Antes trabajó manejando grúas y “haciendo cosas que no le gustaban”. De la sociología se olvidó rápidamente, ya que no maneja el español a la perfección.

Tras seis años en el país, Honore confiesa que poco a poco se ha ido adaptando a la vida en Chile. Lo que más le gusta son “los terremotos y el asado”, y lo que menos, es la discriminación. También ha aprendido a disfrutar con el fútbol, un deporte que no es popular en Haití. Celebró la obtención de la Copa América Centenario, pero tiene una queja: “No entiendo por qué no destacan a Jean Beausejour. ¿Será porque es haitiano o mapuche? En la copa jugó muy bien”, dice. Lo cierto es que el jugador de la Universidad de Chile se ha transformado en referente para la comunidad haitiana, por las raíces familiares que lo ligan a ese país.

Según la experiencia de Honore, más de la mitad de sus compatriotas están en la misma situación. Volviendo a clases, luego de años, para poder trabajar en Chile.

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“Los haitianos están acumulados en ciertos sectores, por eso la gente asume que no tienen preparación y que son ignorantes. Eso refuerza el prejuicio. Les hace perder tiempo y energía que no se recupera nunca, porque tienen que volver al colegio. Tienen que volver a hacer algo que ellos ya hicieron. Probablemente, saben mucho más que sus compañeros que están en la sala. El nivel de exigencia escolar en Haití es muy alto, pero la gente no cree eso”, dice Paula Medina, directora de la ONG Caribe Onfaya, que se encarga de prestar apoyo a los inmigrantes haitianos que llegan día a día a Chile.

Ella conoce bien la problemática que deben enfrentar los haitianos por la validación de sus estudios: “Al no trabajar en lo que estudiaron no pueden acceder a una forma de vida de acuerdo a la preparación que tienen. No hay correlación entre la preparación y el nivel de educación que tienen con el estilo de vida. Viven en sectores peligrosos, porque en los sectores de la periferia, por lo general, las personas son más racistas y violentas”, asegura.

El idioma es la primera barrera que los haitianos deben sortear en Chile. En comunas como Estación Central o Cerro Navia se han instalado escuelas voluntarias para esto. Quienes hacen clases en esos lugares aseguran que un haitiano demora alrededor de seis meses en dominar el idioma. Después de eso, están aptos para trabajar, pero en la mayoría de los empleos se pide el certificado de enseñanza media.

El problema es que en Chile no se reconocen las instituciones escolares de Haití debido a que el país no está integrado al Convenio Andrés Bello. Esta es la herramienta que tienen los inmigrantes que llegan al país para regularizar la situación de su formación académica. El acuerdo permite acreditar los estudios básicos y medios cursados por extranjeros que ingresan a Chile, además de los universitarios. El convenio está vigente desde el año 1970 y está integrado por países como República Dominicana, Perú y Bolivia. Según fuentes ligadas al Ministerio de Relaciones Exteriores, “no existen antecedentes de que Haití esté interesado en adherirse”.

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Esta situación ha cambiado el paisaje en varios colegios para adultos en comunas como Estación Central, Quilicura o Santiago Centro. Donde antes sólo entraban chilenos, ahora los haitianos son mayoría. Ahí intentan terminar el proceso de enseñanza escolar lo más rápido posible. Casi siempre en un régimen de dos cursos por un año. Todo para empezar a trabajar o, en algunos casos, para lograr entrar a la universidad. Con seis meses para aprender español y luego, al menos un año en el colegio, son varios los que se decepcionan y optan por trabajar en lugares donde no les exijan licencia de educación media. Otros simplemente terminan viajando a distintos países en busca de mejores oportunidades. Quienes se han quedado dicen que el precio por estudiar en Chile es otra barrera: “En Haití también hay educación privada, pero acá es mucho más cara”, reconoce Honore.

En la embajada de Haití en Chile estiman que un 70% de los inmigrantes que llegan al país se ve enfrentado a no poder trabajar debido a que no están dentro del Convenio Andrés Bello.

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“Lo que me hace sentir mal es que digan que venimos a quitar la pega de los chilenos”, dice Roosvelt Denis (30), quien llegó el año 2007, escapando de la crisis política en Haití producida por el golpe de Estado al Presidente Jean-Bertrand Aristide.

Al igual que lo que pasó con Honore, un amigo le comentó que podía venir y trabajar en Chile. En Puerto Príncipe había estudiado Administración de Empresas en el Instituto de Ciencias Económicas y Comerciales y esperaba ejercer esa profesión en Chile. Pero acá debió volver al colegio: “Tuve compañeros que me discriminaban. Un día una niña me pidió una goma de borrar y escuché murmullos. Los chilenos se sorprendían, porque le estaban hablando al extranjero”, recuerda.

Por esos años, la inmigración haitiana era un fenómeno que se estaba recién conociendo en el país y era chocante para algunos. Roosvelt reconoce que le advirtieron que no era común ver personas afroamericanas por las calles de Santiago. Eso causaba sorpresa y burlas. “Una vez fui a carretear a Bellavista. Tomé una micro desde Quilicura y un grupo de chilenos nos querían bajar del bus con cuchillos y pistolas”, sigue.

Una de las diferencias que encontró entre ambos países es el nivel educativo. Las clases se le hicieron muy fáciles. Sus compañeros, al principio, lo miraban con recelo, pero cuando se dieron cuenta de que tenía habilidades para las matemáticas y el inglés se empezaron a acercar. Le pedían ayuda para los exámenes. Según sus palabras, ese dominio del inglés le permitió sobrevivir los primeros años en un país ajeno.

“Un día pasó un auto de lujo por la calle y un compañero me preguntó si había visto alguna vez algo así. El chileno ve esa realidad, piensa que Haití es pura pobreza”, opina Roosvelt, quien se nacionalizó apenas cumplió los cinco años de residencia en Santiago.

Según su experiencia, las realidades de ambos países no son tan distantes como parecen. Apunta al prejuicio y a la estigmatización que han sufrido los inmigrantes haitianos: “Sí, tenemos problemas de economía y política, pero Chile también tuvo problemas de ese tipo. ¿Y por qué con los haitianos eso es malo?, eso es lo que no entiendo”, agrega.

La familia de Roosvelt está repartida por todo el mundo. Tiene una hermana en Canadá y dos en Estados Unidos. La diferencia es que ellas no tuvieron problemas para revalidar sus estudios en esos países. Su pareja, Judeline Meridien, también estudió Administración de Empresas en Haití y se vino a Chile más tarde. Ahora está en proceso de sacar su cuarto medio, porque el próximo año piensa estudiar Turismo y Hotelería. Los dos viven en Quilicura y tienen un hijo de siete años que, en la práctica, es chileno. De hecho, apenas habla creolé, su lengua materna.

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Roosvelt y Honore se conocieron trabajando en CCU. Allá también comparten junto a otros haitianos que han debido pasar el mismo proceso que ellos. En la empresa hay varios compatriotas con una amplia formación académica en Haití, pero que no han podido ejercer en Chile.

Ambos coinciden en que haber pasado nuevamente por el colegio es una experiencia injusta. Pese a eso, mientras muchos haitianos se están yendo decepcionados de Chile, ellos piensan seguir en Santiago. Sólo piden que se empiece a considerar a Haití de la misma manera que se considera a otros países de inmigrantes. “Nosotros venimos a aportar”, dicen

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