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Actualizado el 22/02/2014
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La invención de un laboratorio natural

Autor: Angélica Bulnes

Esta es la historia de un viaje al fin del mundo. También una crónica sobre cómo un grupo de personas e instituciones, encabezadas por el Consejo Nacional de Innovación, quiere convertir a este extremo en un polo científico, tecnológico y turístico de alcance mundial y de los problemas que van encontrando en el camino para lograrlo.

La invención de un laboratorio natural

n Cabo de Hornos, a la orilla del canal Beagle y con la cordillera Darwin de fondo, hay un centro de investigación. Se llama Parque Etnobotánico Omora, que significa picaflor en yagán. Esa es una de las aves que habita en las 300 hectáreas de ese bosque, uno de los más australes del mundo y donde viven varias especies únicas.

Cuando uno pasea por ahí puede encontrarse con gente como el biólogo Bill Buck, experto en musgos y curador del Jardín Botánico de Nueva York, o con el ornitólogo Jaime Jiménez, que viene de la Universidad de North Texas a estudiar a las aves. Como ellos, cada año viajan hasta Puerto Williams unos 150 científicos de todo el mundo para hacer investigación de punta en el parque. También andan por ahí turistas y estudiantes con lupas: buscan los “bosques en miniatura”, es decir, los más de 800 tipos de musgos, líquenes y hepáticas que hay en la zona y cuyo hallazgo fue decisivo para que la zona de Cabo de Hornos fuera declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco, es decir, un lugar representativo de un hábitat de alto interés científico que debe ser protegido.

El responsable de que haya ocurrido y el hombre tras el Parque Omora es Ricardo Rozzi, profesor del Centro de Filosofía Ambiental de la Universidad de North Texas. Cuando terminaba la universidad, a inicios de los 80, este biólogo y filósofo hizo su tesis sobre el encuentro entre el naturalista Charles Darwin y el yagán Jemmy Button que ocurrió en esta zona en 1830. Rozzi quiso viajar a Cabo de Hornos, pero como Chile y Argentina estaban en conflicto por el Beagle, no pudo y sólo desembarcó ahí en los 90.

En ese momento se dio cuenta de que estaba en una de las áreas silvestres más prístinas del planeta y para conservarla Rozzi consiguió el apoyo de las universidades de Magallanes y North Texas y del Instituto Chileno de Biodiversidad (IEB). Así nació en 2000 el parque cuyo fin es proteger las especies, realizar investigación científica y hacer educación medioambiental.

El lugar y la labor de Rozzi son valiosos en sí mismos, pero a la vez son un ejemplo y parte de un proyecto más ambicioso de un grupo de personas e instituciones, lideradas por el Consejo Nacional de Innovación, que quieren que el área de Magallanes sea un polo de desarrollo científico. Ellos intentan instalar en el mundo político, empresarial y entre los lectores de medios como este, un concepto: el de los laboratorios naturales.

“¿De a dónde googleaste la idea?”, le dijo Fernando Flores al Premio Nacional de Ciencias José Miguel Aguilera.

Era 2012 y Flores, entonces presidente del Consejo Nacional de Innovación (CNIC), había invitado a su casa a Aguilera, presidente de Conicyt para que le hablara del concepto de “laboratorio natural”. A diferencia de lo que creía Flores, a Aguilera la idea se le había ocurrido solo, cuando concluyó que era difícil que un país emergente como Chile tuviera ciencia de categoría mundial, sencillamente porque no puede competir con las grandes inversiones que hacen las potencias científicas. Pero, pensó, así como los neozelandeses aprovechan el peso y rapidez de los maoríes para ser campeones en rugby, Chile tiene que aprovechar que tiene lugares únicos para el desarrollo de la ciencia, y así atraer capitales y científicos extranjeros al país.

El modelo obvio es el de la astronomía: como los cielos del norte no tienen comparación, instituciones internacionales han financiado instalaciones astronómicas, y para 2018 tendremos el 68 % de la capacidad mundial de observación del universo. Eso no sólo suena bonito, sino que también es un motor de desarrollo y les da ventajas a los investigadores chilenos, que pueden usar esa infraestructura, lo que explica por qué la astrofísica es la disciplina en que los científicos locales tienen más impacto.

El norte es entonces un “laboratorio natural” para mirar las estrellas. Lo que le planteó Aguilera a Flores es que hay que buscar otros lugares -o fenómenos- con condiciones especiales para analizar problemas relevantes. Replicar el caso del norte o “astronomizar” la ciencia, como le gusta decir. Algunos ejemplos: Chile, un laboratorio natural para entender los terremotos; el desierto de Atacama, que tiene la mayor radiación solar del planeta, laboratorio natural para las energías sustentables; el yacimiento arqueológico de Monteverde, un laboratorio natural para entender el poblamiento de América; Santiago, con sus problemas de contaminación, transporte y segregación, un laboratorio natural para analizar los problemas de las grandes ciudades; y los ecosistemas subantárticos -como los del Parque Omora -un laboratorio natural lleno de especies capaces de sobrevivir en condiciones extremas.

“En un país en que no hay una política científica definida, esta idea puede ayudar a proporcionar una dirección para orientar los recursos y esfuerzos”, dice Aguilera.

La idea del laboratorio natural les gustó a Flores y a varios integrantes del CNIC, organismo que, dicho sea de paso, promueve políticas de fomento de la innovación y competitividad. Entre los entusiastas está el empresario y presidente de la Fundación Chile, Álvaro Fischer. “Cuando escuché a José Miguel Aguilera, realmente me hizo clic”, dice. Para él los laboratorios naturales cumplen varios propósitos: ser un motor de investigación científica que también va ligado al desarrollo tecnológico, la innovación y la generación de riqueza. Además, sirven para darle identidad a Chile y hacer que el país se sienta protagonista de la ciencia, y de la mano con eso, promover la imagen nacional en el extranjero.

Con el concepto en pleno desarrollo, empezaron a tratar de ponerlo en la mesa por distintas vías: una columna de opinión por aquí, una artículo por allá. El programa Explora de Conicyt creó el plan “Chile, laboratorio natural”, y en alianza con TVN puso en pantalla un programa con el mismo nombre. El CNIC incluyó un capítulo sobre laboratorios naturales en Surfeando hacia el futuro, libro con sus orientaciones para las políticas en innovación. Aguilera fue a presentar la idea en Icare y Fischer empezó a buscar fórmulas para proyectar la iniciativa y “capturar la imaginación del público”.

Para eso impulsa la construcción de un par de edificios vanguardistas y abiertos que pongan a los laboratorios naturales en el mapa nacional e internacional y se conviertan en símbolos, tal como sucedió con el Museo Guggenheim en la ciudad española de Bilbao o el Opera House de Sidney en Australia. Siguiendo ese encargo, el arquitecto Max Núñez ya tiene listo el diseño para el Centro de Interpretación Astronómica Chajnantor a la entrada del Parque Astronómico Atacama que ahora falta financiar.

También planean un segundo centro de este tipo, pensado para el Instituto Antártico Chileno, es decir, en el otro extremo del país, en Punta Arenas, a la orilla de las aguas del Estrecho de Magallanes. ¿Por qué ahí? Porque los actores que se han entusiasmado con los laboratorios naturales creen que hay que poner a prueba la idea potenciando un área específica: la zona austral,porque tiene una biodiversidad especial, una historia vinculada a los descubrimientos y las exploraciones de hombres como Hernando de Magallanes y Darwin y porque es la antesala de la Antártica, otro lugar de alto interés científico y turístico. El objetivo es convertir a la Región de Magallanes en un nodo científico para la investigación subantártica y polar.

El CNIC organizó en enero una visita a la zona para articular redes en esa dirección. Entre los integrantes estaban Aguilera, Fischer; la actual diputada y senadora electa por la zona, Carolina Goic; investigadores de la Universidad de Magallanes y North Texas y José Miguel Benavente, quien acaba de dejar el CNIC para hacerse cargo de la división de Innovación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington. También colaboró la Armada, fueron representantes de la comunidad local, personas ligadas a proyectos de conservación en el área como Bárbara Saavedra, directora en Chile de Wildlife Conservation Society, y periodistas de medios que llegan a públicos variados como TVN, Cooperativa, Capital, El Mundo de España y La Tercera (ver galería de fotos).

El dueño de casa era Ricardo Rozzi y el destino fue el Parque Omora y sus alrededores en Puerto Williams, porque refleja bien lo que se busca: investigación interdisciplinar, anclada en la conservación y la comunidad y respaldada con capitales extranjeros. Sin embargo, así como para hacer de Chile un polo astronómico no era suficiente la instalación de solo un observatorio, tampoco basta con un Parque Omora para tener un laboratorio natural en ciencia polar. Se necesitan varios y un discurso común.

La idea de los laboratorios naturales es atractiva, pero para lograr que, por ejemplo, Magallanes, Cabo de Hornos y Tierra del Fuego se conviertan realmente en un nodo científico, tecnológico y turístico hay que hacer definiciones estratégicas.

Lo primero es que la comunidad, los sectores productivos y las autoridades tienen que fijar qué quieren ser y hacer. Determinar si quieren ser Galápagos o Pucón. O dónde quieren ser Galápagos y dónde quieren ser Pucón. Por ejemplo, el Parque Omora en Puerto Williams no es sólo un proyecto científico, también es un ejercicio de conservación y una apuesta turística más de nicho que la que hace justo al otro lado del Beagle la ciudad argentina de Ushuaia, que recibe visitantes en forma mucho más masiva, lo que genera cierto complejo en el lado chileno. La conversación en la región sobre cuál de esos caminos para el desarrollo hay que potenciar no está zanjada.

A nivel científico, pasa algo similar: para convertirse en un polo atractivo para la investigación y la inversión se necesita más coordinación entre los proyectos e investigadores. No se trata de que todos hagan lo mismo, sino que puedan mostrarse como conjunto y levantar fondos. Pero no es fácil. El año pasado Conicyt llamó a un concurso nacional para financiar centros de investigación en áreas prioritarias (Fondap), entre ellos uno en ciencia antártica y subantártica. Los montos eran altos ($ 850 millones anuales) y las exigencias también. Aunque varios investigadores y organizaciones presentaron un proyecto, no se lo ganaron y los fondos se fueron a otras áreas.

La idea del laboratorio natural también es desafiante a nivel político. Desde proveer recursos y darle visibilidad hasta generar una institucionalidad acorde en distintas áreas. La diputada Carolina Goic explica que hoy no tenemos instrumentos para definir informadamente qué áreas hay que proteger y los planes de manejo adecuados. Eso explica por qué los interesados en la conservación y la ciencia, como Ricardo Rozzi en Cabo de Hornos, terminan acudiendo a un organismo internacional como la Unesco para que declare un área Reserva de la Biosfera y poder protegerla.

El próximo cambio de gobierno introduce además una cierta incertidumbre sobre el futuro de los laboratorios naturales, porque llegan nuevas autoridades a muchos de los organismos que han impulsado el concepto o que son vitales para su desarrollo, como el CNIC, Conicyt y el Ministerio de Economía.

Por ahora, entonces, aunque ha ganado espacio, el concepto de “Chile, Laboratorio Natural” todavía está en construcción. Por lo mismo, según Fischer, es tan importante “que la ciudadanía se identifique con la idea y presione para lograr el compromiso político necesario para que realmente se hagan los esfuerzos en ese sentido”.

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