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Actualizado el 16/06/2017
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A la larga… es Vargas

Autor: Leonardo Véliz

El cambio es algo externo que presiona a Vargas diciéndole “oye, que hay que ponerse las pilas, que hay que hacer mejor las cosas, que tenemos que ser más exigentes, hay que remecer las redes, eh ¿O ya te olvidaste?”.

El cambio es un proceso difícil y en Eduardo Vargas parece simpleza pura. Él hace caso omiso a sus propias crisis externas e internas. No hace goles, juega tarde mal y nunca, calienta bancas en sus clubes y sin embargo es número puesto en la roja de Chile. ¿Quién entiende esto?

Es un fracaso fuera de Chile. Decepción tras decepción, críticas más críticas y con justa razón.

El mayor precio del fútbol mexicano saldría a precio de liquidación si lo quisieran poner en vitrina.
La palabra crisis comparte la etimología con la palabra crisálida. En Vargas sucede eso, de gusano pasa a ser una mariposa que vuela alto en el jardín púrpura de su selección. Allí siente la alquimia pura del gol. Esa es la transformación del atacante chileno.

Con la roja, él siempre quiere. Al lado de Alexis su actitud es saber que puede. Él quiere, sabe y puede. Pero la brújula a veces se le empaña perdiendo lo más importante en un goleador, la visión. Esa visión que persigue encarnar utopías compartidas pero bajo una visión compartida.

La afición le dispensa a Edu la paciencia de un monje zen budista. Esa paciencia que no se permite el ciudadano común con el fragor de la ciudad. Las alertas ambientales sufren la indiferencia con un gol de Turboman. Lo pueden dar por muerto, pero un distanciado gol, le regala veinte vidas más.
En plena sequía, un gol suyo contra Rumania es redención absoluta, es esperanza de beber en otra copa, es reír aunque tengas el estómago vacío, es capear el invernal frío indigente y henchir el pecho de orgullo.

Un gol de Vargas también permite esconder la basura bajo la alfombra, complicidades de Pizzi, promesas de pactos incumplidos e informaciones cruzadas sin sentido.
A la larga…es Vargas.

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