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Actualizado el 12/01/2018
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La ley del hielo

Autor: Patricio De la Paz, desde la Antártica

¿Cómo se vive la soledad en la remota Antártica? ¿Qué se siente? ¿Cómo impone sus reglas? El marino Daniel De la Fuente lo sabe. Se fue un año a la base Prat, en las Shetland del Sur. A 4.355 kilómetros de su hogar. En estos 12 meses nació su primera hija, que aún no conoce. Este es su testimonio, unas semanas antes de regresar.

La ley del  hielo

“No voy a poder olvidar nunca el jueves 19 de enero de 2017. Ese día, en la mañana, nació la Maite, mi única hija. Cuando eso ocurrió, cuando mi esposa Yesenia la tuvo por cesárea en el hospital naval de Talcahuano, yo estaba lejos. Demasiado lejos.

Casi dos meses antes yo me había instalado en la Antártica, como el nuevo meteorólogo de la base naval Arturo Prat. Cuando mi hija nació, a mí todavía me quedaban 11 meses más en este lugar al fin del mundo. No me imaginaba entonces, porque no podía dimensionar algo que nunca había experimentado, lo duro que iba a ser conocerla sólo a través de fotos enviadas por celular. Verla crecer, mes a mes, sólo a través de videollamadas de WhatsApp.

Recuerdo perfecto el día de su nacimiento.

Mi cuñado me había avisado antes de las ocho de la mañana que mi señora se había ido al hospital. Aquí en la base antártica había mucho movimiento esa mañana. Estaba de visita un buque argentino. Como había tanta gente, la conexión a internet era lentísima y eso a mí me tenía desesperado.

Además, me tocó salir a recibir un helicóptero. Todo, mientras seguía sin noticias desde Talcahuano.

Cuando regresé a la base, apenas pude, me conecté al WhatsApp. Ahí vi la foto. La imagen de mi hija recién nacida. Tan pequeña, aún morada. Fue super heavy. Entonces me fui a mi camarote y allí, absolutamente solo, me puse a llorar. Eran las 11 de la mañana”.

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“Yo soy de Chillán. El tercero de cuatro hermanos. Mi mamá es dueña de casa; mi papá ha sido toda su vida garzón en un restaurante. Nunca me imaginé que yo iba a ser marino. Nací y crecí en una ciudad que ni siquiera es costera. En mi familia no habían uniformados. Supe de la Armada cuando estaba terminando el colegio, porque unos marinos nos fueron a dar una charla. Vi allí una oportunidad. La universidad no era una opción para mí: aunque era super buen alumno, mi familia no podía pagarla. Así que entré a la Escuela de Grumetes, en la isla Quiriquina, que es gratuita. Salí con la especialidad de meteorología.

En la Armada conocí a mi mujer, Yesenia Valderrama, quien también es marino. Nos casamos, nos instalamos en Talcahuano. Entonces empecé a pensar en la posibilidad de irme a la Antártica. Es un tremendo desafío para un meteorólogo, el mejor lugar donde uno puede capacitarse profesionalmente. Así que postulé. En medio de eso, mi esposa perdió un embarazo, lo cual nos golpeó muy duro a los dos. Me había casi olvidado de la postulación antártica, cuando a fines de ese año, el 2015, me llaman para decirme que quedé seleccionado. Lo había logrado al primer intento.

Fui incluido dentro del grupo de los nueve marinos que partirían a fines de 2016 y empezamos a prepararnos un año antes. Para eso, con mi mujer tuvimos que trasladarnos a Valparaíso.

Cuando me estaba preparando, Yesenia me contó que estaba embarazada otra vez. Sentí miedo. Si de nuevo las cosas iban mal, ella tendría que pasar sola la pena de una pérdida mientras yo me iba a la Antártica. Terrible. Si las cosas iban bien, también era complicado: el bebé nacería cuando yo estuviera lejos, porque a la Antártica los marinos nos venimos solos, sin familia. Mi mujer me tranquilizó. Me dijo que le diera no más para adelante, que un marino siempre debe cumplir con su deber.

Me vine a la Antártica a fines de noviembre de 2016. Mi esposa tenía siete meses de embarazo. Ya sabíamos que sería una niña. Ya sabíamos que se iba a llamar Maite”.

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“En lo profesional, ha sido una experiencia impecable, pura ganancia, porque se aprende mucho. La Antártica es uno de los lugares más ricos para hacer meteorología. Era de los pocos que siempre estaba autorizado a salir afuera, porque había que entregar informes meteorológicos cada tres horas y uno glaciológico una vez a la semana. Hasta tuve que aprender a manejar moto de nieve para movilizarme. Prácticamente todas las decisiones que se toman aquí en la base dependen del clima, que es muy cambiante, y de lo que el meteorólogo aconseje. Es un trabajo intenso, muy bueno para el currículum.

Pero quedarse sólo en eso puede parecer muy mezquino. Porque hay costos. El mayor es el personal. Lo más difícil de un año en la Antártica es estar lejos de la familia.

La soledad aquí es inmensa. Es también distinta, porque estás absolutamente desconectado de todo, del día a día. Cuando más joven yo experimenté otras soledades, como cuando me fui a los 17 años de mi casa en Chillán a la Escuela de Grumetes en Talcahuano. Pero no es lo mismo. Esa vez yo estaba lejos de mi familia, pero armando otra vida, en contacto con mucha gente, conectado al mundo. En la Antártica no: aquí la soledad sí que es soledad. Con días de vientos, encerrados en la base sin poder salir. Con mucho silencio. A veces te acostabas y lo único que oías era el generador de la electricidad.

Nada más.

Es una soledad extrema. Eso te obliga a estar contigo mismo, y te acostumbras a eso. Tienes tiempo de calidad para estar solo y para pensar en ti. Haces balances de tu vida. Te conoces mejor. Yo cumplí mis 30 años aquí en la Antártica, y me hice una revisión completa. Gracias a Dios tengo pocas cosas de que arrepentirme.

Pero a veces me bajaba la culpa.

Yo le cargué harto trabajo a mi señora al venirme para acá. Le ha tocado mucho más duro a ella de lo que me ha tocado a mí. Es complicado sentir la carga que le dejé. Me sentí pésimo por eso. Como la vez que ella tuvo que salir de madrugada al hospital porque se enfermó mi hija. Eso me angustiaba, pero yo le había dicho que ella siempre me tenía que contar lo que le pasaba, aunque yo no pudiera ayudarla en nada. Era una manera de que se sintiera menos sola.

Nunca le conté mucho las cosas que nosotros hacemos acá. Porque aquí en la base los nueve marinos trabajábamos harto, pero también hacemos actividades de esparcimiento, de camaradería, para acompañarnos. Asados, grabar videos, celebrar cumpleaños. Mis compañeros se lo contaban a sus familias. Yo no. Si mi mujer estaba en una situación difícil, ¿cómo iba a contarle que yo tenía tiempo para dormir, para ir al gimnasio, al sauna? Me sentía egoísta.

Ella nunca se quejó. Era yo quien tenía esa sensación de estar en falta. Me pasaba la cuenta yo solo. Cuando el comisario es uno mismo, no hay para dónde arrancar”.

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“De un año en la Antártica, el invierno es la temporada más difícil. Es más extremo que en cualquier otro lugar del mundo. Hay escasa luz natural. Muchas veces el viento no te deja salir afuera. Pasábamos semanas encerrados.

El viento más fuerte que registramos en el invierno, y en todo el año, fue de 207 nudos, que equivale a 380 kilómetros por hora. Eso es lo máximo que puede registrar el sensor, así que incluso pienso que puede haber sido más.

Hay días en que la visibilidad afuera no es más de 10 metros. Y la temperatura desciende mucho. La más baja fue de -17,8 grados. La sensación térmica, considerando el viento, fue mucho más baja aún.

Pese a todo, más allá de las dificultades, el paisaje es majestuoso. Imponente, espectacular, sorpresivamente lleno montañas. De tanto mirarlo, te conviertes en un experto en distinguir los distintos blancos que hay en la Antártica, que son muchos. Está el blanco de la nieve que está virgen, el blanco de la que ya ha sido pisada, el blanco de cuando una nube se refleja en la nieve, el blanco del hielo… El ojo se agudiza.

Lo mismo el cuerpo. Te vas acostumbrando al frío. En los meses finales de tu estadía aquí te abrigas muchísimo menos que cuando llegaste. Debe ser también porque uno también es otro. Se mantiene lo esencial, claro; pero atesoras mucho más la vida”.

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“Antes de venirme yo decía que era sicológicamente fuerte. Pero debo reconocer que aquí hubo momentos de flaqueza; varias veces sentí que se me torcían las piernas. Sobre todo cuando pensaba en mi Maite. Ella ya casi tiene un año y aún no la he tenido en brazos, no sé cómo es la suavidad de su piel ni su olor. Quiero creer que conozco a mi hija, pero lo cierto es que no la conozco.

Un embarazo dura nueve meses y termina cuando te encuentras de frente con tu hijo. Pero para mí ha sido como un embarazo de casi dos años, que recién tendrá fin cuando regrese a casa y abrace a mi hija. Soñé muchas veces con ella en estos meses. La veía más grande, de tres o cuatro años. Igual raro. Yo lloraba en el sueño.

Me han dicho que mi voz no le es extraña. Tampoco mi cara. Todos mis días en la Antártica he hablado por videollamada con mi mujer y mi hija. Hasta yo me echo tallas pensando que para la Maite su papá hasta ahora es un celular.
Ahora que me falta tan poco para volver he sentido ansiedad. Estoy como en los últimos 50 metros de la carrera, casi llegando. Parezco un león enjaulado.

Pero pasa algo curioso también. No sólo no me arrepiento de haber venido, sino que al partir de la Antártica, que durante un año fue mi casa, siento también que algo mío se queda aquí. No sé bien qué es lo que dejo, pero lo siento.

Algún día espero saber qué es y tener la oportunidad de venir a buscarlo”.

 Daniel De la Fuente.

Daniel De la Fuente.

ESOS HOMBRES SOLOS

Cada año, en diciembre, nueve marinos llegan a la base Arturo Prat para vivir 12 meses aquí. Así se ha hecho desde que en 1947 se levantó esta base; la primera de Chile en la Antártica. La llegada de estos hombres tiene efectos varios. Marcan presencia nacional en ese lugar -la isla Greenwich, en las Shetland del Sur-, suman una asignación de 520 por ciento a su sueldo base y arman un pequeño mundo que se basta a sí mismo: se va un marino cocinero, uno meteorólogo, uno electrónico, uno enfermero y así. Se preparan física y sicológicamente un año antes de partir. Para evitar riesgos, se toman precauciones: a todos les sacan el apéndice antes del viaje.

En la Antártica son nueve hombres solos que se acompañan. Los que estuvieron en 2017 celebraron el solsticio de invierno -la gran fiesta polar- disfrazados de vikingos. Grabaron videos de apoyo a la Roja, que fueron furor en redes sociales, e hicieron otro para la Teletón. Celebraron los nueve cumpleaños y las Fiestas Patrias, cocinando tortas y empanadas. Crearon rutinas de gimnasio y, si el tiempo lo permitía, caminatas en la nieve. Bailaron cueca con la bandera chilena. Celebraron los 70 años de la base. Y se permitieron un detalle estético: haciendo uso del permiso excepcional que da la Armada en lugares aislados, los nueve se dejaron crecer la barba.

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