*

Tendencias
Compartida
Actualizado el 11/07/2015
Estás leyendo:La llegada de las nanas filipinas

La llegada de las nanas filipinas

Autor: Mónica Stipicic

Cruzan el mundo para encerrarse en una casa del barrio alto. Muchas llevan años trabajando en Chile pero no hablan español, porque sólo se juntan entre ellas y forman una cofradía de inmigrantes silenciosas.

La llegada de las nanas filipinas

Roselyn Tonogan tiene 50 años y vive en Chile desde 2009. Es una de las primeras mujeres filipinas que llegó a Chile a trabajar como empleada de casa particular y, sin quererlo, marcó un precedente.

Proveniente de una empobrecida y sobrepoblada Manila, hace más de 15 años decidió dejar su país para buscar trabajo, porque necesitaba plata para criar a sus dos pequeñas hijas que se quedaron a cargo de su madre.

En ese archipiélago que queda cerca de Taiwán, y es conocido porque sus habitantes tienen rasgos asiáticos, nombres en español y hablan inglés –un reflejo de sus tiempos como colonia española y británica-, es muy común que las mujeres busquen trabajo más allá de sus fronteras. Los destinos más comunes son Singapur y China. 

El mismo camino que partió haciendo Roselyn. Primero Taiwán, tres años después Hong Kong, donde conoció a una pareja de chilenos residentes. Llegó a trabajar con ellos justo cuando estaban a punto de tener a su primer hijo. Poco tiempo después ellos decidieron regresar y Roselyn cruzó el mundo para acompañar a la familia que la había acogido.

Nunca imaginó que pocos años despues cientos de sus compatriotas llegarían a Chile, pero ella misma contribuyó con eso cuando le ofrecieron la posibilidad de trabajar con una segunda persona en la casa pidió que también fuera filipina. Y, mejor, que fuera su sobrina.

“Ahora somos muchas más, incluso hay agencias que se encargan. Cada día más familias quieren mujeres filipinas en sus casas, porque somos muy trabajadoras, no necesitamos supervisión, tratamos a sus hijos como si fueran propios y hablamos inglés”, explica.

Migración femenina

Los datos existentes en el Departamento de Extranjería y Migración no muestran un aumento significativo de la población filipina. Las cifras están lejos de hablar de un fenómeno migratorio. Pero sí hay un aumento sostenido en los últimos años y son fundamentalmente mujeres, que llegan sin hijos, lo que según Extranjería es coherente con los movimientos migratorios a nivel global, que indican que las mujeres están migrando solas, en marcos de mayor autonomía y como estrategia de desarrollo familiar. 

En el 2005 se entregaron 12 permisos de residencia temporal a ciudadanos de ese país; el 2014 fueron 64. Lo más común es que lleguen a través de agencias de empleos. Actualmente hay dos que se han especializado en personas de ese país: Proyecto Nanas y Nana Filipina. Ellen Enorio dirige esta última. Ella misma llegó a Chile a trabajar como empleada gracias al dato de una amiga. Aunque tenía una certificación en cuidado de enfermos y adultos mayores, no le sirvió para encontrar un buen trabajo en Filipinas. Se vino a probar suerte y al principio le fue mal: le impusieron jornadas de trabajo casi inhumanas y renunció. Entonces conoció a su marido, un ingeniero chileno de origen coreano, quien la ayudó a instalarse con una agencia que se hiciera cargo de regular la incipiente demanda de mujeres de su país.

En septiembre de 2014 abrieron el sitio web nanafilipina.cl, y desde entonces reciben decenas de consultas al día. El procedimiento funciona así: la red de contactos que Ellen posee en su país la ayuda a elaborar una base de datos con mujeres que quieren venirse a trabajar a Chile –en este momento hay 15 en espera–. Cuando hay un potencial empleador se realiza una reunión en la que la dueña de la agencia evalúa lo que requiere, y tras eso se organiza una entrevista vía Skype para que los interesados se conozcan y resuelvan sus dudas. Si hay acuerdo, la oficina de Ellen redacta un contrato en inglés y español, que es firmado en Chile y enviado a Filipinas previos trámites en las diferentes entidades públicas.

“Hay más de 10 millones de filipinos que viven y trabajan afuera, por lo que existe un ministerio especial a cargo de la regulación de estos casos, llamado Philippine Overseas Employment Administration(POEA). Ellos son los que deben revisar los papeles y autorizar el viaje, pero la verdad es que se han puesto más complicados y para nosotros no es fácil guiar todo el proceso desde acá. Pero es la mejor forma de hacerlo y la más correcta desde el punto de vista legal. Las trabajadoras que nosotros traemos llegan con todos los papeles al día y todos los gastos en que incurren, incluyendo pasajes y trámites administrativo son responsabilidad del empleador”, explica Ellen, quien, como casi todas las mujeres filipinas que viven en nuestro país, no habla español.

La chilena Carol Luco está a la cabeza de Proyecto Nanas, que en cuatro años ha traído 208 mujeres filipinas a trabajar a Chile (varias de ellas, en la foto de arriba). Según ella, no sólo las recluta y las coloca, sino que también las prepara. Las recoge personalmente en el aeropuerto y las lleva a su propia casa –ella también tiene una nana filipina–, donde les cuenta algo de las costumbres chilenas, les da ciertos tips y las prepara para el trabajo. Los empleadores deben ir personalmente a buscarlas a su oficina, donde se realiza una especie de ceremonia, que Carol describe como “muy emotiva”.

“En Asia se ha corrido la voz de que en nuestro país se protege mucho a las nanas, así que cada día hay más postulantes con ganas de venir. Hoy tenemos una nueva ley y todos estamos tratando de acomodarnos. Sobre todo las trabajadoras, que vienen de países donde las leyes no las protegen y los días libres son escasos…, llegan acá y se encuentran con libertades que no habían tenido y yo les explico que tienen que explorarlas pero con cuidado, porque este es un país desconocido, no dominan el idioma y puede ser peligroso. La nueva normativa, por ejemplo, les da salida sábados y domingos y muchas de ellas no tienen dónde quedarse, por lo que una de las negociaciones iniciales con los patrones es que las dejen volver a dormir a sus casas”, dice Carol.

Precio y garantía

Tener una nana filipina no es barato. Sólo traer una a Chile cuesta unos dos millones y medio de pesos, lo que incluye los pasajes, los trámites y la comisión de la agencia. Y ninguna de ellas se viene a trabajar por menos de 400 mil pesos, más sus imposiciones completas.

Por eso sus empleadores son profesionales jóvenes a los que les va bien, con niños chicos o familias bien encumbradas en el ABC1, más cerca del A que del C1. Hay quienes dicen que el ingreso promedio de las familias que buscan una nana como ellas es de 10 millones de pesos mensuales.

Por esa misma razón, cuentan en las agencias que hay empleadores que llegan preguntando por algo así como una “garantía”. “¿Qué pasa si no nos gusta?”, “¿Y si no nos acostumbramos?”, “¿Me devuelven la plata?”. 

“Nosotros entendemos que gastan mucho dinero, pero también intentamos explicarles que estamos hablando de seres humanos y que no es posible garantizarlas como si fueran un producto. Nosotros aseguramos personas honestas y adecuadas para el trabajo, ellos tienen la posibilidad de conversar antes para aclarar sus dudas, pero no podemos devolverles el dinero si no están conformes”, explica Ellen Enorio de Nana Filipina.

Carol Luco jamás devuelve el dinero, pero sí entrega ciertas garantías. Ambas partes pueden tomarse tres meses para ver si hay compatibilidad. Durante ese período muchas veces ella misma interviene para solucionar problemas. Si definitivamente no hay “match” se ofrece a cambiar la nana. Ya ha hecho 18 cambios y todos han funcionado bien. Lo otro es que alguna de las partes no respete el contrato, “pero siempre hay que conversar las cosas antes. Me ha pasado que hay gente que me dice ‘no me sirve, traiga otra’, como si todo esto fuera muy simple. O también hay otros que tratan de levantárselas por un poco más de plata y, como en Chile hay libertad para trabajar, no se puede hacer nada por retenerlas… ahí la pega es pura fidelización: yo las traje, yo me hago cargo de ellas y todas tienen mi número de teléfono”, aclara.

¿Pero qué hace una filipina en Chile cuando no está trabajando? La verdad es que no mucho. La pequeña comunidad se ha empezado a reunir los domingos en algunas iglesias donde se realizan misas en inglés, como la San Marcos en calle Padre Hurtado, en Las Condes. No se mezclan casi nada con los chilenos. De hecho, casi ninguna de ellas habla español, no importa hace cuánto tiempo vivan aquí.

La socióloga Magdalena Gil, que ha estudiado el tema, cree que este interés  por las nanas filipinas tiene que ver con encontrar mujeres responsables y sumisas. Explica que “Chile es un país que históricamente ha recibido inmigrantes blancos y con mayor capital cultural que nosotros, de esos que pasaban directo a formar parte de la elite. Pero la gente de culturas lejanas y diferentes es escasa y eso es un desafío en estos días. Pero la verdad es que las filipinas pasan muy ‘piola’, no llegan en familia, no hay niños filipinos en los colegios ni vecinos filipinos en nuestros barrios. Ellas vienen a encerrarse en casas de La Dehesa o Chicureo, donde las pueden tratar muy bien, pero donde también están dejando pasar sus vidas”, sentencia la socióloga Magdalena Gil.

Sin embargo, varias de ellas aseguran que están felices de vivir acá. Roselyn Tonogan, por ejemplo, dice que le encanta estar aquí y ser considerada una más de la familia con la que trabaja. “Cada dos años junto mis vacaciones y viajo a Filipinas a ver a mis hijas, que hoy son profesionales gracias a mi trabajo. Al principio era muy difícil estar lejos de ellas, pero hoy existe mucha tecnología que nos permite comunicarnos y vernos a la distancia”, explica.

Comentarios
Cargar comentarios
Papel digital