*

Deportes
Compartida
Actualizado el 11/01/2017
Estás leyendo:La madre del triatlón chileno

La madre del triatlón chileno

Autor: Ignacio Leal Castillo

Esta es una historia de ideales, de pasiones y romanticismo. De una mujer que ama lo que hace y que debió partir de cero para lograrlo. No existe triatleta en la elite chilena que no haya pasado por las órdenes de Ana María Lecumberri, la mejor entrenadora del país.

La madre del triatlón chileno

Ana María Lecumberri (49 años), la jefe técnico de la rama de Triatlón de la UC, está sentada bajo una sombra, refugiándose del inmisericorde sol que achicharra al mediodía en San Carlos de Apoquindo, en pleno circuito de cross country. Hay una cancha de fútbol al medio y un zigzagueante camino de 400 metros exactos rodea el lugar. Ella está a un costado, recordando dónde estaba ubicado todo -o en realidad nada, porque no lo había- cuando el club se mudó a las nuevas instalaciones en 2007.

Y aunque lucha por evitarlo, la Dama de Hierro del triatlón chileno no tarda mucho en quebrarse. “Es que yo luché contra todos para que esto resultara, para tener todo esto. Los gerentes me pedían números y yo se los daba”. No se confunda: los números a los que Lecumberi se refiere no son las marcas que sus atletas conseguían en todas las competencias nacional o internacional en que participaban. Se trata de cifras duras, de ingresos, dinero básicamente.

La historia de Lecumberri está cargada de tintes románticos, códigos de honor y sacrificios inexplicables estos tiempos. También de horas extras y trabajo gratis entregado a una causa en la que cree hasta el día de hoy, aunque los años llevando atletas al alto rendimiento poco a poco la están agotando.

Lo paradójico es que nunca fue el triatlón su amor deportivo, sino que el atletismo. Fue velocista y fondista, pero una lesión terminó sacándola del rekortán y llevándola adonde está ahora.

Se podría decir que es la gran mentora de la disciplina en Chile y no se estaría incurriendo en error. Aunque ella, claro, se negará a aceptar el título, y preferirá decir que sólo es apasionada por lo que hace. Pero lo cierto es que todos los candidatos chilenos al podio del medio Ironman de Pucón de este año han sido sus alumnos en alguna etapa de sus carreras; el dato habla por sí solo.

Ana María, de padre vasco y madre chilena, comenzó a entrenar a niños desde 1989, cuando apenas era una estudiante de Educación Física. Fue ella quien a mediados de los ’90 comenzó con la idea de los campamentos de verano para niños triatletas, en los que Mario Fava, Felipe van de Wyngard, Felipe Barraza, Bárbara Riveros o Valentina Carvallo, entre otros, crecieron como deportistas; algo impensado para la época.

“No había vacaciones, Yo tenía casa en Concón y para allá me llevaba a los niños a entrenar. Para ir a Pucón arrendábamos un bus que lo llenábamos de chicos de todos los clubes que iban a competir y así…”, confiesa la entrenadora, que ahora se enfoca en el equipo de elite cruzado.

Por su visión y frontalidad, muchas veces chocó con apoderados y atletas. Se reconoce dura, estricta y de una sola línea, aunque tras esa coraza se esconde sólo una mujer idealista. De todas las entrenadoras latinoamericanas, ella es la más capacitada, y en Chile no hay quien le haga el peso, ni en hombres ni mujeres. “Mi papá siempre me decía: ‘si tú fueses chaval estarías en el cielo”, dice. Ofertas nunca le faltaron para explotar su carrera, pero decidió siempre quedarse en Chile para trabajar con los suyos.

“Mi marido es enólogo y se fue a trabajar al sur. En la viña le ofrecieron pagarme el mismo sueldo que recibo acá para que me fuera con él, pero no quise. ¿Es que si no estoy acá quién sigue con todo esto?”, se pregunta. Anita es rebelde, perfeccionista, trabajólica y maníaca; es de esas personas que dejan hasta a la familia a un lado con tal de alcanzar sus objetivos trazados. Chile necesita más Anitas Lecumberri.

Papel digital