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Actualizado el 27/05/2017
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La Nueva Mayoría fue una muy mala idea

Autor: Sebastián Edwards

La Nueva Mayoría ha muerto. Su candidato presidencial no prende y sus dirigentes están entrando, uno a uno, en modalidad de pánico.

La Nueva Mayoría fue una muy mala idea
Comité político de la Nueva Mayoría. c. foto: Paul Plaza/Aton Chile

El deceso de la coalición de gobierno es, posiblemente, la mejor noticia política que ha tenido Chile durante mucho tiempo. Porque resulta que, desde un comienzo, fue una pésima idea. Fue una mala idea para la izquierda y para casi todos los partidos que la compusieron, fue una mala idea para el ideario progresista, y lo que es más grave, fue una pésima idea para el país. Una idea que nos pesará por mucho tiempo. Será difícil remontar los efectos negativos que este gobierno ha tenido sobre el crecimiento económico, la productividad, la eficiencia, el emprendimiento y la capacidad por competir internacionalmente.

Desde luego, los funcionarios del gobierno están de duelo. Perderán sus empleos y tendrán que buscar trabajos en el sector privado, donde recibirán sueldos significativamente menores a los que obtienen en el aparato estatal. Algunos intentarán un emprendimiento, al descubrir que nadie querrá emplearlos al salario al que se habían acostumbrado.

Los problemas de la coalición empezaron el día mismo de su nacimiento. La razón es muy simple: desprenderse de Andrés Velasco y de los liberales que lo acompañan, y reemplazarlos por el Partido Comunista no hace ningún sentido; es difícil pensar en una idea más extravagante, dañina y autodestructiva.

Detengámonos un momento a analizar lo que esto significa. Al crear la Nueva Mayoría, sus fundadores extirparon de la antigua Concertación a un grupo de dirigentes modernos y progresistas, liberales cosmopolitas con una visión del siglo XXI, y los reemplazaron por un grupo de individuos con ideas fosilizadas, cuyo partido político fue el eje de la URSS, un país fracasado al punto que tuvo que pedir su propia extinción.

Esta es una paradoja prácticamente imposible de entender. Cambiar el futuro por un pasado quejumbroso y fracasado. No es una coincidencia que los Partidos Comunistas tengan una expresión mínima, prácticamente de museo de antigüedades, en casi todos los países del mundo; no son gobiernos -vale decir, no son miembros de coaliciones gobernantes- en casi ninguna parte. Las excepciones, además de Chile, son: Bielorrusia, China, Cuba, Nepal y Vietnam. Este no es exactamente un vecindario en el que uno quisiera vivir; entre otras cosas, estos cinco países han sido calificados como “políticamente no libres” por la ONG Freedomhouse.

La Nueva Mayoría mató las reformas

Posiblemente uno de los efectos más negativos de la Nueva Mayoría es que le dio una pésima reputación al concepto “reformas”. Después de ver los desaguisados y la pobre implementación de los proyectos emblemáticas de la coalición gobernante, la ciudadanía ya no quiere saber nada con grandes alteraciones y cambios estructurales. En la mente de los ciudadanos, la palabra “reformas” está ahora asociada con “retroexcavadora”, con ejecución mediocre, con improvisaciones y con ideas peregrinas, como “quitarles los patines” a los niños humildes para que no puedan avanzar en su sueño de lograr un futuro mejor y más próspero.

El que se haya creado una resistencia por las reformas es, obviamente, negativo. Nadie que haya estudiado el tema del desarrollo económico desde un punto de vista comparado puede dudar que Chile necesita un gran revolcón en su política educativa, que es necesario que nuestros niños entiendan lo que leen y sean capaces de resolver problemas desde un punto de vista conceptual y analítico, como lo exige la nueva economía del siglo XXI. Además, para nadie debiera ser controversial la idea de echar a andar un mercado laboral moderno y dinámico, donde nuestros trabajadores puedan desempeñarse conjuntamente con máquinas inteligentes y con algoritmos sofisticados, como lo están haciendo los operarios en los países avanzados a los que queremos emular (Nueva Zelandia, Australia). De la misma manera, es evidente que el país se beneficiaría de cambios constitucionales -algunos de ellos, de hecho, profundos-, pero esto no es lo mismo que plantear una asamblea constituyente refundadora. Porque la verdad es que, con todos sus defectos y falencias, nuestra Constitución es una de la mejores de América Latina.

La Nueva Mayoría también fue nefasta para el Partido Socialista. Un grupo de dirigentes preocupados tan sólo de prebendas y de puestos en el aparato burocrático decidió, por primera vez en la historia de ese partido, no llevar a un candidato propio a las discusiones, negociaciones o primarias de su agrupación. Esta actitud oportunista ya está teniendo efectos negativos sobre el legendario partido. Las juventudes se encuentran decepcionadas ante una actitud tan sibilina, y es altamente improbable que se decidan militar en esta organización.

Ganadores

Pero si bien la Nueva Mayoría ha sido negativa para el país, no todos los grupos son perdedores.
Sin ningún lugar a dudas, quien más ha ganado es Sebastián Piñera. Esta vez el candidato de Chile Vamos está planeando su campaña en forma minuciosa, y prepara un programa de gobierno que, posiblemente, haga que su segunda administración sea mucho más memorable que la primera. Sin embargo, y gracias a la pérdida de reputación y apoyo de las ideas progresistas generada por el mal desempeño del actual gobierno, Piñera ha podido tomar actitudes más conservadoras en lo que se refiere a la agenda social y valórica -el ejemplo más claro es su cambio de posición respecto de la adopción homoparental.

Otro grupo ganador es, desde luego, el llamado Frente Amplio. Quienes hasta hace pocos meses eran considerados una curiosidad, o una irritación menor, han logrado empinarse en forma importante, y hoy día es altamente probable que su candidato supere a Alejandro Guillier en la primera vuelta. Pero como el “debate” del día miércoles manifestó en forma clara, ninguno de sus dos precandidatos tiene las habilidades o el manejo requeridos para guiar al país. Porque además de eslóganes y generalidades, de alabanzas y felicitaciones mutuas, también se dijeron varias tonterías. Un botón de muestra: proponer que la edad de jubilación de las mujeres se reduzca a los 58 años es, por decir lo menos, una supina irresponsabilidad. El promedio de edad de jubilación de las mujeres en la Ocde es de 63,5 años (casi cuatro años más alta que en Chile); entre todos los países de esa agrupación, tan sólo Turquía tiene una edad de jubilación femenina a los 58 años. ¿Queremos parecernos a Turquía?

Pero, aunque parezca paradójico, el grupo con mayores probabilidades de ganar ante este escenario es el Partido Demócrata Cristiano. La decisión de la falange de ir en forma separada en la primera vuelta, y no sucumbir ante las amenazas sobre el pacto parlamentario, les augura, por primera vez en mucho tiempo, un futuro brillante. Es posible que el PDC salga de esta coyuntura fuertemente fortalecido y pueda transformarse en el eje de una nueva coalición moderna y de centro, en la cual cabrían fuerzas como Evópoli, Amplitud, el partido de Andrés Velasco y los militantes más liberales de RN. Pero para que ello se transforme en realidad es necesario que los propios dirigentes de la Democracia Cristiana entiendan que en pleno siglo XXI, la tolerancia, la inclusividad y la amplitud de criterio son ingredientes irrenunciables en partidos capaces de atraer a la juventud y a nuevos votantes. Ya no están los tiempos para monjes inquisidores ni para actitudes rígidas a ultranza.

La Nueva Mayoría ha muerto. Enhorabuena.

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