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Actualizado el 17/04/2017
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La Recopa también se toca

Autor: Luis Urrutia O'Nell

La Recopa también se toca

Es el domingo 12 de abril de 1992 y el plantel de Colo Colo se halla en el aeropuerto de Pudahuel para viajar a Kobe, Japón, donde en su calidad de campeón de la Copa Libertadores 1991 enfrentará por la Recopa Sudamericana a Cruzeiro, vencedor de la Supercopa Joao Havelange. Solo falta un jugador: Patricio Yáñez. Se suceden los llamados telefónicos. Poco después, alguien informa que Yáñez tiene una inflamación en la rodilla derecha, intervenida por quinta vez el 21 de febrero, y que no fue autorizado a viajar por el médico Alejandro Orizola, quien está de vacaciones en La Serena y en la madrugada fue contactado por el propio Yáñez. El dirigente Ricardo Weisselberger le pregunta al entrenador Mirko Jozic: “¿Llamo a John Ahumada (defensa central)? Jozic contesta en su tono: “Ahh, ¿para qué? ¡Si no va a jugar!”. Entonces, el presidente Eduardo Menichetti se me acerca: “Viaja tú con el pasaje de Yáñez. ¡Eres la cábala!”.

Kobe es el segundo puerto en importancia de Japón, tiene un millón 500 mil habitantes, la tercera parte de su construcción fue arrebatada al mar creando una isla artificial en los últimos 15 años, en la que el cimiento se hizo sobre toneladas de chatarra, y a la que no le sobra espacio. En enero de 1995 sería asolada por un terremoto.

En Colo Colo existe recelo porque el árbitro será el paraguayo Juan Francisco Escobar, quien en dos partidos le cobró dos penales discutibles ante Boca Juniors (Copa Libertadores 1991) y San Lorenzo de Almagro (Copa Libertadores 1992). En el primero, Alfredo Graciani estaba en posición de adelanto y en el segundo, el Beto Acosta confesó que se había tirado. Escobar, un bigotudo simpático, me declara que es “admirador incondicional de Pinochet y de Stroessner”.

Como parte de la presentación, hay una práctica de paracaidismo. El estadio Memorial de la Universidad de Kobe llenó sus 60 mil aposentadurías y Colo Colo es el favorito de los japoneses que lo conocen desde que disputó la final de la Copa Intercontinental con Estrella Roja, en diciembre de 1991 en Tokio. Los hinchas dicen: “Coro Coro”. Las tribunas están pintadas de azul y rojo y de verde y amarillo. El valor de la entrada más barata es de 10 dólares; la más cara, 60 dólares. La tribuna de prensa no se halla en la parte alta del estadio, sino a media altura.

Antes de comenzar el partido, le pregunto a una de las organizadoras dónde está el norte, para saber el punto cardinal de los arcos. Me pide un minuto y llama a otra persona, luego a una segunda, una tercera y después media docena está preocupada de confirmar dónde está el norte. Al cabo de cinco minutos obtengo la respuesta: el norte queda detrás de la tribuna oficial y el estadio está orientado de este a oeste. Recorro la cancha y me sorprende el mal estado del área sur. Las pozas están cubiertas de arena pintada de verde, por lo que desde las tribunas y en la transmisión televisiva se ve como una mesa de pool… En el interior del arco, cojines de plástico azul que contienen arena afirman las redes que no tienen ganchos.

Jozic da las últimas instrucciones en el camarín: “Cruzeiro querrá lento… nosotros, rápido, más rápido”. De pronto, detrás del grupo que escucha veo una naranja que sube y baja. ¿De qué se trata? Es Claudio Borghi, quien domina con el pie derecho la fruta como si fuese una pelota y se la pone en el espacio que queda entre la nuca y el cuello…

El partido se inicia a las 13 horas del domingo en Japón, medianoche del sábado en Chile. Colo Colo no tiene a Yáñez, Rubén Martínez ni Marcelo Barticciotto y únicamente alinea a Aníbal González en el ataque. “¿Tú creer que es jugar con un solo delantero, porque sus compañeros no se paran en la misma línea?”, me pregunta Mirko.

El trámite es parejo y ambos equipos se ven sin chispa. Al terminar el primer tiempo, González ingresa en diagonal desde la izquierda, espectadores que siguen la escena por televisión no entienden por qué demora, al final abre a Héctor Adomaitis y éste llega exigido. Claro, el Tunga estaba enredado en la arena… En la segunda etapa, Adilson sufre la fisura de la tibia derecha al foulear a Aníbal González. El delantero recibe el impacto en la rodilla derecha. El travesaño salva a Morón en dos cabezazos seguidos de Adilson y Charles (74’). Es 0-0 en los 90 minutos.

En el primer tiempo suplementario, el juez guaraní Escobar sanciona una supuesta falta dentro del área de Daniel Morón al centrodelantero Charles, luego de una pelota que perdió Borghi cuando sus compañeros salían y que alteró a Jozic: “¡Crrriminal…!”, le grita al Bichi. La televisión demuestra que Morón no tocó a Charles. La ejecución del propio Charles pega en el poste izquierdo (100’).
Miguel Ramírez cojea por un dolor en el muslo derecho; Jaime Pizarro, por un golpe en la cabeza del peroné izquierdo al caer a la pista de atletismo y Borghi, por una distensión de ligamentos.

Colo Colo había solicitado y conseguido el cambio de arquero en caso de definición por penales. Luego de los 120 minutos, Marcelo Ramírez reemplaza a Daniel Morón, quien realizó atajadas decisivas ante remates de Paulo Roberto, Andrade, Boiadeiro y Charles. La temida hora de los penales ha llegado. Decido bajar al rekortán. Iniciará la serie Nonato. Morón, los suplentes Gustavo de Luca, Mario Rebollo, George Biehl y el paramédico Carlos Velásquez tomados de la mano se encuclillan gritándole al zurdo brasileño. Marcelo Ramírez va a la izquierda y el balón ingresa a la red por la derecha. Nonato se desquita haciendo cinco cortes de manga a la banca de Colo Colo. Rebollo y De Luca intentan agredirlo, y Morón debe luchar para controlarlos…

“No me di cuenta de lo que hizo Nonato”, me dirá el inefable Escobar. “Si lo veo lo echo de la cancha a patadas… Su imbécil actitud pudo haber causado una gresca de proporciones”.

Ramírez ataja el disparo de Boiadeiro: “Todo fue intuición, esperé hasta el final y cuando sentí la pelota con mi mano fue el éxtasis”.

El último turno es de Pizarro. Si el capitán anota el gol habrá cambiado la historia. Se persigna y su tiro retrata las vicisitudes del fútbol chileno. La pelota da un bote, pega en el vertical izquierdo y, como en el cine, se congela la imagen. Es la traición de mis nervios, el recorrido se transforma en cámara lenta y también se me tapan los oídos tal como si en la piscina me hubiese entrado agua.

Hasta que veo el balón sobre los cojines azules y comprendo que es gol. Los suplentes que se hallan en el borde del campo, Biehl, Rebollo y De Luca saltan, “se me sueltan las trenzas” e inicio una veloz carrera hacia la cancha, en el punto penal me encuentro con Lizardo Garrido y brincamos abrazados. Enseguida, vamos detrás de Pizarro, quien corrió hacia el corner suroriente. Allí está arrodillado y abrazado con Morón, se insultan con cariño, se dan cabeza con cabeza y están llorando: “Lo logramos… lo logramos” y agregan chilenismos…

Además del trofeo de la Recopa Sudamericana, Colo Colo recibe la Copa Japan Airlines. Mientras el plantel está formado frente a la tribuna oficial, el dirigente Ricardo Weisselberger se desmaya y rebota de cabeza en la pista de atletismo. Es atendido de inmediato y así también se recupera: “¡Me siento bien, muchachos, me siento bien!”. Pero está preocupado de que su familia lo haya visto caer a través de la televisión.

El camarín de Colo Colo es una fiesta que a falta de champaña festeja con jugo de naranja y agua mineral. El presidente de la Federación de Fútbol de Japón se presenta a felicitar. Viste un terno negro y corbata. Mendoza y De Luca comentan: “No se puede ir así no más”. Los dos pasan al lado del directivo, aprietan el sachet de jugo de naranja y lo mojan. Los demás jugadores se asocian y lo empapan con agua mineral y más jugo de naranja. El señor japonés sonríe con resignación y solo repite: “¡Foot- ball, foot- ball!”. José García lo rescata cuando está estilando. Luego es mi turno, me mojan la libreta de apuntes y la parka damasco…

En el vestíbulo la madrugada me sorprende con Jozic, otro que sufre insomnio. A esa hora, vemos que el paraguayo Nicolás Leoz, presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, y su esposa, la colombiana María Clemencia Pérez, descienden del ascensor y se retiran del hotel. Detrás de ellos, llevándoles una maleta grande en cada mano camina… el árbitro Juan Francisco Escobar. Mirko no se contiene y le grita: “¿Qué haces? ¿No tienes vergüenza? ¿Acaso eres su empleado?”. Sorprendido, Escobar no contesta y, créase o no, se ruboriza…

En el vuelo de regreso, en el aeropuerto de Sao Paulo reparan en que viajo con el pasaje de Patricio Yáñez y anuncian que pueden cambiarlo a mi nombre solo al día siguiente. Los dirigentes José García y Weisselberger toman el toro por las astas y amenazan: “Si él no se embarca, la delegación de Colo Colo tampoco”. Se trata de 29 pasajeros, de modo que la advertencia surte efecto y la compañía me permite viajar con el billete del Pato Yáñez.

No es la última vez que me embarcaré con Colo Colo. También lo haré en septiembre de 1992, para la Copa Interamericana, 4-1 al Puebla en Villahermosa, México. Pero esa es otra historia…

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