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Actualizado el 15/03/2014
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La seducción del coaching

Autor: F. Derosas/ J.M Jaque

Desde el actor británico Anthony Hopkins hasta Michelle Bachelet. Las personas y empresas que recurren a un coach suman y siguen. Su éxito va de la mano con un mundo cada vez más competitivo y que busca respuestas efectivas y más rápidas que una terapia. En nuestro país se estima que hay unos tres mil entrenadores de este tipo que ofrecen servicios en temas laborales, académicos y hasta sentimentales.

La seducción del coaching

LA PRINCESA Diana de Gales se sentía atrapada en su relación matrimonial con Carlos, pero el divorcio no estaba entre sus opciones. Eso, hasta que recurrió a Anthony Robbins, el coach de celebridades más popular del mundo. El mismo al que acudió Bill Clinton antes de ser sometido a un juicio político en 1998 por el escándalo Lewinsky y Andre Agassi cuando su rendimiento como tenista comenzó a decaer. A todos ellos, Robbins   -nominado por la revista de negocios norteamericana Forbes en 2007 como “Celebrity 100”- les dio un giro. Los sacudió. Los destrabó. Los inspiró de tal manera que hicieron un cambio profundo en su vida. Les hizo coaching, en definitiva.

Michelle Bachelet también sucumbió a los encantos del coaching. Dos semanas antes de iniciar su primer período presidencial convocó a cerca de 80 personas de su equipo de gobierno -incluidos ministros, subsecretarios e intendentes- para ponerse en manos de Julio Olalla, uno de los gurús del coaching en Chile, y durante tres días trabajaron la presión que significaba ponerse a la cabeza del país. “Fue una decisión valiente de su parte porque desafió la tradición del entrenamiento más duro y técnico que se buscaba en Chile”, comenta Olalla desde Estados Unidos.

Para algunos expertos, este episodio de Bachelet con Olalla fue uno de los factores que catapultó el coaching en Chile. Hasta ese entonces, esta disciplina no gozaba de una popularidad extendida en el país y a ella recurrían principalmente algunas empresas multinacionales que, siguiendo una tendencia mundial, cada vez más ponían el foco en perfeccionar sus  recursos humanos como motor de su éxito. Hoy, este tipo de servicios han seducido a importantes empresas en Chile como Coca Cola, Cencosud o BHP Billiton, que contratan a consultoras para que “entrenen” a sus trabajadores. Incluso Hilti, una compañía ligada a la construcción, ha ido más allá y decidió que sus gerentes tienen que certificarse como coachs.

No sólo las empresas buscan este tipo de servicios. También lo hacen personas comunes y corrientes que quieren mejorar algún aspecto de su vida. No por nada, la industria del coaching en 2011 movió alrededor de 20 millones de dólares en el mundo y cada vez hay más interesados en ofrecer este servicio: en el mundo hay más de 47.500 coaches profesionales, de acuerdo a un informe de la Federación Internacional de Coach (ICF, por sus siglas en inglés), una de las principales entidades que agrupan y certifican a quienes se dedican a esta disciplina, y en Chile hay cerca de tres mil, según estimaciones de Paul Anwandter, presidente de la Asociación Chilena de Coaching y director gerente de la consultora Inpact. “Es una proporción alta en relación a los números en el mundo”, comenta. 

QUIERO LO MISMO QUE ELLA

En inglés, coach significa entrenador, y al igual que el entrenador deportivo, el coaching busca mejorar o desarrollar una habilidad determinada y se los puede encontrar en ámbitos bien diversos. En el libro Introducción al Coaching Integral, Paul Anwandter lo define como el conjunto de procesos guiados que permiten ayudar a que una persona logre por sí misma una transformación específica y beneficiosa para ella. El método más frecuente para hacerlo es utilizar preguntas que “muevan” al coachee (así se denomina a quien recibe el coaching) para que se vea a sí mismo y a sus problemas desde una perspectiva nueva.

Quienes ofrecen este servicio comparten la misma consigna: las personas tienen un inmenso potencial. Lo que ellos hacen es entregar herramientas que provoquen un cambio que permita desarrollarlo. Para eso ofrecen un proceso, corto e intensivo, eso sí, porque lo que se busca son resultados rápidos (y, ojalá, medibles), un punto clave para diferenciarse de las terapias con sicólogos.

Hay distintas modalidades de coaching: el integral ayuda a que el cliente consiga sus metas y objetivos readecuando desde el lenguaje la construcción del mundo, sus valores y creencias. Otro modelo es el ejecutivo, que apunta a mejorar necesidades específicas del desempeño profesional y que es el más solicitado por las empresas porque puede mostrar resultados cuantificables. Por ejemplo, se puede medir el éxito de un equipo de ventas de una empresa antes y después de la intervención de un coach. Sin embargo, el más extendido en Chile es el coaching ontológico, que fue el primero en llegar al país y que tiene entre sus bases corrientes filosóficas -Nietzsche o Heidegger, por ejemplo- y biológicas, como los últimos avances en neurobiología. “Lo que hace el coach ontológico es ayudarte en un desplazamiento en tu estructura del sentido común para que te hagas cargo de lo que te afecta. En palabras simples, es un destrabador”, explica Rafael Echeverría, uno de los impulsores de este método en el mundo. Según él, el objetivo es que la persona se conecte con su ser más profundo y producir un cambio de perspectiva. 

Su aterrizaje en el país se produjo en los 80. En esos años, Julio Olalla trabajaba en California (EE.UU.) con Fernando Flores -discípulo de Humberto Maturana-. Flores desarrolló lo que llamaba “talleres de comunicación para la acción” que dictaba junto a Olalla en Estados Unidos, Canadá y México. En 1985, Olalla realizó el primer taller en Chile, en el Hotel Sheraton, que luego se repitió cada tres o cuatro meses.  “La gente se inscribió en ese primer taller por el boca a boca de algunas personas que  habían estado con nosotros en Estados Unidos. En esa primera sesión había empresarios, políticos y hasta oficiales de Ejército”, cuenta Olalla.

Hasta ese momento el servicio se llamaba simplemente taller. Sin embargo, Olalla recuerda que un día se le acercó una mujer y le dijo: “Quiero que me hagas el mismo coaching que le hiciste a mi amiga”. A partir de entonces el término quedó instalado: “No nos dimos cuenta cuando nosotros mismos estábamos hablando de coaching”, cuenta.

En 1988, Echeverría se unió al grupo de Flores y Olalla, pero dos años después se separaron por diferencias con Flores cuyo estilo era más agresivo o radical. Olalla y Echeverría crearon Newfield Group y a principios de los 90 formaron la primera generación de coachs ontológicos chilenos.

Según Olalla, Chile es terreno fértil para esto porque se hace cargo de un vacío en la educación, que está orientada al conocimiento y se olvida del que conoce. Para Echeverría, el coaching ofrece una opción no terapéutica “para ver lo que no vemos”. En general, los expertos dicen que este método busca el aprendizaje de habilidades blandas, que hoy dominan el discurso empresarial y doméstico: la capacidad de escuchar, de comunicarse, de entender al otro, de trabajar en equipo.

Como esas capacidades sirven en todo el espectro de la vida, hoy existe coaching para todo. Para empresas, ejecutivos, personas que se paran frente al público, mamás que no saben cómo comunicarse con sus hijos, mujeres solteras que no encuentran pareja y niños que no están obteniendo buenos resultados en el colegio.

LIDERES, EJECUTIVOS, SOLTERAS Y NIÑOS 

De acuerdo a datos del ICF, los ámbitos en que más se busca coaching en el mundo son gestión del equipo (76%), solicitado principalmente por empresas para “entrenar” el trabajo en equipo y definir roles para evitar conflictos. Luego, relaciones interpersonales (74%), donde se entregan herramientas para mejorar la comunicación afectiva; gestión del cambio (52%), que ayuda a profesionales que no se sienten satisfechos con su profesión a buscar nuevas alternativas, y equilibrio entre la profesión y la familia (41%), para personas que sienten que no pueden compatibilizar las dos áreas de manera eficaz.

Andrés Freudenberg, experto en life coaching de NextLevel Careers, explica que hoy los temas que más ponen sobre la mesa sus clientes tienen relación con modificar hábitos: comer mejor, dejar de fumar y hacer deporte. También piden asesoría para comunicarse con la pareja y con los hijos y para clarificar su relación con la carrera profesional.

Algo así buscaba Carolina Marcone, académica y consultora, cuando en noviembre de 2012 viajó a Nueva Jersey a tomar un curso de tres días con Tony Robbins. “Era muy trabajólica y ese estrés me estaba complicando la vida familiar”, cuenta. Con el life coaching de Robbins buscaba focalizar las energías de los distintos ámbitos de la vida. Lo que no esperaba era verse en medio de un centro de conferencias con cuatro mil personas animándola a cruzar por brasas encendidas a pies pelados.

Era una terapia de shock del curso: enfrentarse a una experiencia que la persona cree que no va a poder superar. “Es un momento de mucha ansiedad, de mucho nervio… Imagínate las brasas rojas. Pero luego de que cruzas te queda una sensación única”. Carolina dice que hay un antes y después de ese curso. La revisión personal le permitió visualizar cómo quiere ser y su foco hoy está en eso. “Hoy logré un equilibrio en los dos ámbitos”, asegura.

Tan específico se ha vuelto el mercado que las solteras también van a coaching para aprender a buscar pareja. En su taller “Qué quiero”, la coach de la consultora Punto Partida, María Cristina Vasconez, detectó una preocupación que se repetía entre las mujeres: caer en la relación equivocada. Por eso diseñó un programa de coching de hasta 12 mujeres que ya cumplió dos años. Hasta ahí, en general, llegan profesionales como médicos, profesoras, abogadas de entre 20 y 65 años, a las que Vasconez les propone una mirada más pragmática de las relaciones de pareja: “guiar las relaciones sobre la base del cosquilleo en el estómago es como saltar a un abismo”, les advierte. Por eso, les da herramientas para que reconozcan lo que buscan en una relación. Según Vasconez, los hombres también le están pidiendo lo mismo.

Pablo Menichetti también apostó por un nicho poco tradicional. Mientras vivía en Singapur trabajaba como coach para adultos y pasaba rabias por el rendimiento escolar de su hijo. Así instaló en 2010 Aprendizaje Inteligente, en el que ofrece un coaching intensivo de tres días con 100 niños en donde los hace vivir experiencias que los motiven y les hagan recuperar la confianza en el área académica. Menichetti cuenta que al lunes siguiente del intensivo, los niños llegan incluso con una postura diferente a la sala. La idea ha tenido tanto éxito que hoy tiene nueve centros y ha trabajado con 600 niños.

El diplomado de coaching también ha entrado fuerte en universidades, como la Adolfo Ibáñez o la Andrés Bello. Los programas que ofrecen, eso sí, no preparan para ser coach. Lo que hacen es “entrenar” a ejecutivos  para convertirlos en líderes.  Por eso, a estos diplomados llegan  principalmente ingenieros que ascienden a puestos gerenciales que buscan lo que sus carreras no les enseñan: habilidades blandas.

Los precios en este mercado son tan variables como las especialidades. Un taller de coaching para mujeres solteras (en cuatro sesiones) puede llegar a los 130 mil pesos. Tres días intensivos de coaching para motivar a los niños con sus habilidades académicas (con un mes de seguimiento) alcanza los 400 mil pesos. Una sesión de coaching ejecutivo en Inpact, la consultora de Anwandter, puede costar unos 250 mil pesos y Team Building, consultora que dirige Jorge Kenigstein, puede cobrar entre 60 y 100 UF (1.400.000 y 2.350.000 aproximadamente) por día de intervención en una empresa. En todo caso, lejos de los 5 mil dólares que cobra Tony Robbins por apenas evaluar la posibilidad de hacer el coaching.  

UNO COMO USTED

El estatus del coaching ha cambiado en la última década. Hasta hace unos años, quienes eran enviados a este tipo de talleres en las empresas pensaban que eran candidatos fijos al despido y que estaban mal evaluados. Hoy no sólo los ejecutivos piden coaching, sino que toman programas de liderazgo o incluso quieren convertirse en coach, cuenta Sylvia Yáñez, gerenta de Recursos Humanos de CorpVida. Algo así le ocurrió a ella: cuando era gerenta de Recursos Humanos de Retail Financiero en Cencosud tenía que ayudar a los ejecutivos de la empresa a desarrollar habilidades blandas para lo que contrató al coach uruguayo Jorge Méndez y a Team Building. “¿Te interesa hacerlo tú?”, le preguntó Jorge Kenigstein, que estaba introduciendo en Chile el programa Lider-HAZ-go! “¿Yo? ¿Están seguros?”, respondió con una mezcla de inseguridad y reticencia. Lo pensó y lo hizo.

El interés y los precios que están dispuestos a pagar los clientes individuales y las empresas, también han hecho que aumente el interés por prestar el servicio y por eso, cada vez es más común encontrar en el mercado a publicistas, ingenieros, sicólogos, arquitectos que pasaron de coachees a coachs. Es el caso de Sergio Motles, director ICF Chile.  Ingeniero comercial de la Universidad de Chile, conoció el coaching cuando ocupaba cargos gerenciales y directorios en empresas del Grupo Ergas (Centro Valle Nevado y Plaza San Francisco) y terminó seducido por esta disciplina. 

Para poder prestar este tipo de servicios hay que hacer un curso como los que ofrecen empresas como Newfield Network, Newfield Consulting, Inpact y Asersentido. Allí se enseña habilidades para mejorar las relaciones interpersonales, técnicas para ser creativos y ayudar a otros a serlo, herramientas para comprensión de las emociones (propias y ajenas), elementos básicos de negociación y pensamiento sistémico, entre otros. Aunque a esos programas puede acceder cualquier profesional, algunas escuelas usan como “colador” las entrevistas personales: “Hay personas con algún tipo de trastorno que buscan estos cursos porque les resulta más barato que hacer terapia”, cuentan en una escuela. 

El paso siguiente es certificarse con alguna entidad internacional, como ICF o International Coaching Community (ICC). “Seguir un sistema riguroso de certificación y de acreditación permite a la gente asegurarse de la calidad de quien se tiene al frente”, dice Sergio Motles. No es un tema menor: uno de los factores de la explosiva oferta es que el término “coaching” vende como pan caliente, lo que explica en parte que hayan “aparecido” tantos coachs y que se le ha puesto tantos “apellidos” a este servicio. Para conseguir el reconocimiento de una entidad internacional hay que estudiar en una escuela con programas certificados, tener un mínimo de 100 horas de experiencia profesional y rendir exámenes para ir midiendo el nivel de aprendizaje. Este tipo de certificación es una de las pocas formas que existen de garantizar la calidad de la persona que ofrece este tipo de talleres; sin embargo, en Chile todavía es poca la gente que cuenta con este tipo de acreditación. 

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