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Actualizado el 01/11/2014
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La vuelta de los oficios

Autor: Paula Troncoso

Al mismo tiempo que se discuten reformas para ampliar el acceso a la educación superior, algunos profesionales deciden guardar sus títulos en el cajón para dedicarse a ser panaderos o carpinteros. Una mayor valorización tanto económica como social del trabajo manual y artesanal está haciendo más atractivo y rentable dedicarse a un oficio. A continuación, ejemplos de personas que han tomado ese camino no como un pasatiempo, sino porque quieren vivir de lo que hacen con sus propias manos.

La vuelta de los oficios

CRISTIÁN VELOSO

De ingeniero en sonido a zapatero

Es ingeniero de 35 años, especializado en sonido de la Universidad Vicente Pérez Rosales. Trabajó seis años en postproducción para cine y comerciales en Chile. Trabajó además en Canadá en la industria de los videojuegos, para la compañía Ubisoft, Montrèal Studio. Ahí se especializó en edición de ambientes, música y postproducción para distintos proyectos. Pero hace dos años empezó a hacer zapatos y hoy tiene “PadreNuestro” (Tegualda 1517, en el Barrio Italia), un taller y zapatería personalizada en la que él hace todo. Sus zapatos son a medida y no tienen talla, sino que el nombre de su dueño. Se pueden ver en www.padrenuestro.cl.

¿Qué te hizo cambiar tu trabajo por la zapatería?

Siempre he disfrutado hacer cosas con las manos. Me gustan muchos oficios: cocina, carpintería y ahora la zapatería. Creo además que los estudios universitarios están sobrevalorados. Hace un tiempo me di cuenta de que la industria de la música, que es lo que me gusta, murió y que mi desarrollo profesional no era viable por ahí. Empecé a explorar. Trabajé de cocinero un tiempo. Hace unos años un amigo me enseñó este oficio, que se juntó con el hecho de que calzo 44 y me cuesta encontrar zapatos de mi talla.

¿Cómo te ha ido?

Muy bien. Mi principal satisfacción es quedar conforme con mi trabajo y eso pasa por respetar los materiales, sus tiempos y los procesos de elaboración de mis zapatos. Me demoro en entregar mis zapatos entre cuatro y ocho semanas porque soy muy meticuloso. Los hago por encargo y cuando hago series son limitadas. Hoy recibo encargos de personas que están en la industria del calzado, lo que es una enorme satisfacción. También me invitaron a exponer a un seminario sobre zapatos hechos a mano.

¿Cómo es ejercer un oficio en tiempos en que todos quieren tener un título universitario?

La gente empezó a olvidar que alguien hace las cosas. Hacer zapatos para mí es una vuelta a las raíces. Creo que este oficio se hace todos los días. Aristóteles dice algo así como que “la calidad no es un acto, es un hábito”. Yo creo en eso.

CAROLINA CONTRERAS

De arquitecta en sonido a quesera

Esta arquitecta y urbanista (36) de la Universidad Católica y magíster de la Universidad Técnica de Delft, Holanda, hace quesos. Todavía no puede vivir por completo de este trabajo, por lo que también imparte clases en la Universidad Diego Portales y recibe algunos encargos, pero dedica parte importante de su vida a la quesería y a enseñarles a otros este oficio en los talleres que ofrece en La Casa de Oficios (Alfredo Rioseco 290, Providencia). Actualmente está tramitando la resolución sanitaria para poder vender sus quesos artesanales. Ya tiene una marca: Fermento. Desde chica escuchaba hablar a su papá endocrinólogo de química y procesos biológicos, y ya de grande le atrajo un fenómeno en particular: la fermentación.

¿Por qué empezaste a hacer quesos?

Aunque un tío mío tenía una quesería en Coihueco, fue en Holanda donde aprendí sobre la variedad que existe y me di cuenta de que en Chile aún conocemos poco sobre esto. Cuando volví de Europa, hice pan por un tiempo y luego extrapolé mi interés por el pan, la masa madre (una mezcla de harina y agua que sirve para fermentar el pan) a los quesos. Y aunque suene curioso, creo que este tema está muy emparentado con la arquitectura. Los quesos son también pequeños ecosistemas, en los que, al igual que en el paisaje, hay procesos metabólicos y químicos.

¿Qué tipos de quesos haces y cómo los vendes?

Hago todo tipo de quesos artesanales, principalmente de leche de vaca, pero también de cabra. Estoy instalada en la Casa de Oficios. Paralelamente hago clases, lo que ha ayudado a posicionar la marca, pero además representa un ingreso real para mí, que ha financiado el equipamiento y mis exploraciones. En los próximos meses esperamos tener abierta la venta al público.

¿Y qué trasladaste de la arquitectura a la quesería?

Como urbanista me he dedicado mucho al paisaje. He investigado, por ejemplo, la trayectoria de los desechos y cómo estos generan procesos químicos que cambian los paisajes. Esto fue un punto de enlace con los quesos, donde uno ve que también aparece una pequeña corteza, un pequeño paisaje. La confección de quesos y toda la microbiología asociada hizo evidente la idea de “ecosistema”.

¿Qué satisfacciones te ha traído?

Los productos fermentados tienen una nobleza, duran mucho tiempo. Nuestra cultura sospecha de cualquier cosa que no haya salido de un refrigerador. Me encanta que hoy cada vez más las personas quieran conocer más procesos de comida que son hechos en las casas. Cuando las personas aprenden a hacer cosas con sus manos y empiezan a hacerlo, como ha sido mi experiencia enseñando a hacer quesos, tiene un impacto muy positivo en la vida familiar.

CHRISTIAN LEIDENBERGER

De biólogo a panadero

Nació en Alemania, en el norte de Baviera. Tiene 42 años. Es biólogo y ecólogo de la Universidad de Würzburg. Trabajó en España, Eslovenia y Brasil, en investigaciones sobre el comportamiento de osos y pájaros. En España se enamoró de una chilena y se vino a Chile con ella hace cinco años. Hace cuatro que es panadero. En la mañana prepara panes integrales, de centeno y strudels, en la tarde los vende en su local Leidipan (Brown Norte 608, Ñuñoa). También los reparte en bicicleta.

¿Por qué dejaste de ejercer tu profesión?

Ser biólogo y ecólogo es un trabajo difícil, con poco campo laboral, no muy bien pagado, que se ejerce en las universidades y por lo tanto hay pocos empleadores. En todas partes del mundo es superdifícil.

¿Cómo empezaste a hacer pan?

Siempre me gustó mucho cocinar. Era mi forma de relajarme. Cuando llegué a Chile tuve que evaluar qué hacer. Un amigo vasco arrendó una pastelería en Providencia, que antes había sido una panadería. Tenía los hornos y maquinaria pero él quería hacer un café y pastelería. Entonces me ofreció trabajar ahí, sin sueldo, a cambio de las máquinas para montar la panadería. Fue un trueque. Luego busqué una casa y en el garage me convertí en panadero. Saqué los permisos y ¡aquí estoy hace cuatro años! Partí vendiéndoles a los colegas de mi mujer que trabaja en la Universidad de Santiago, a amigos y me empezaron a pedir más y más y luego abrí mi pequeño local .

¿Qué satisfacciones te ha traído esto oficio?

Primero que todo, puedo comer pan alemán. Además tengo mucha libertad pues soy mi propio jefe y eso es muy importante para mí. Con lo bueno y malo que tiene eso. Si un día no quiero trabajar, no trabajo. También me gusta trabajar en la casa. No pierdo tiempo en desplazarme.

¿Y qué dificultades?

No hay grandes dificultades. La más importante ha sido conseguir algún ayudante y la falta de constancia de los proveedores. Tenía por ejemplo uno de harina que dejó de traerme de un día para otro, sin darme ninguna explicación… ¡y esa es la base de mi negocio!

¿Cómo ha sido pasar de ser un investigador a trabajar con las manos?

Mi mujer me dice que soy un homo-labrans más que homo-faber. En Alemania, al igual que en Chile, los títulos universitarios son valorados. Sin embargo, hay muchas carreras que tienen mucha oferta de profesionales y poca demanda. En Alemania hay médicos que recién a los 50 años pueden poner su consulta. Por lo tanto creo que si a un joven al que le gusta trabajar con las manos, en vez de estudiar, se forma como técnico y tiene una buena base teórica, le va a ir mejor que a un profesional.

WILLIAM FLORES Y FRANCISCO MARÍN

De arquitecto y artista a maestros cerveceros

William Flores estudió arquitectura y Francisco Marín, Artes, ambos en la UNIACC. William trabajó en una entidad de gestión inmobiliaria social (EGIS) y Francisco en un colegio y en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC). Ambos tienen 32 años, son casados y tienen hijos. En 2011 se pusieron a hacer cerveza. Hoy venden tres mil litros mensuales de cerveza Spoh. Ellos la hacen, envasan, etiquetan y reparten. Se puede encontrar en bares de la Región Metropolitana y de la Araucanía y en la boutique de cervezas Beervana (Av. Los Leones 106, Providencia).

¿Cómo ha sido desde un trabajo formal a un oficio?

FM: Muy bueno. Antes mi trabajo era estar todo el día frente a un computador. Renuncié por el placer de hacer cerveza y ha sido muy trabajado, pero con muchas satisfacciones. A mí siempre me gustó hacer cosas con las manos, así es que es el resultado de una afición antigua.

¿Cómo empezaron?

WF: Haciendo cerveza en la casa, muy artesanalmente. Hoy tenemos una pequeña planta y vivimos de esto, con austeridad, pero como creemos que nuestra cerveza tiene mucho potencial, estamos tranquilos.

¿Qué diferencia tiene su cerveza?

FM: Como nuestra escala es pequeña, sólo lo que alcanzamos a hacer entre nosotros, hacemos una cerveza que respeta el oficio. Eso nos permite controlar cada etapa de un proceso de manera muy cuidada.

¿Qué echan de menos de sus trabajos formales?

FM: Nada.

WF: Nada.

VIVIANA HORMAZABAL

De periodista a peluquera

Viviana (28) estudió periodismo y dirección audiovisual en la Universidad Católica. Se tituló, trabajó en Canal 13 y en una agencia de prensa para marcas. Paralelamente les cortaba el pelo a sus amigas. Un día partió a Rosario, Argentina a perfeccionarse. Desde hace tres años tiene una peluquería, “Mano de Gato” (Avda. Providencia 2237, Local T 15), que tiene solo una empleada: ella. “Me di cuenta de que no me interesaba desarrollar un lado tan intelectual, sino más artesanal”.

¿Qué te hizo dejar tu profesión y empezar a ejercer este oficio?

Mi decisión no fue, para nada, en contra de ser periodista, sino a favor de ser peluquera. Mientras trabajé en comunicaciones lo pasé bien a pesar de tener que cumplir un horario. No era difícil ni tortuoso. Mi impulso en todo caso tuvo que ver con ser independiente en lo que me gusta. Me gusta mucho mi oficio y no me imagino sólo administrando peluquerías. Me gusta el día a día y este trabajo ha superado mis expectativas en términos de experiencia.

¿Cuéntame qué es lo bueno y lo malo?

Lo principal es que tengo que trabajar muchísimas horas, sin fines de semana y vacaciones y naturalmente eso cansa. Lo mejor es el contacto con las personas. Construyes relaciones y haces nuevos amigos. Tengo clientes con los que tengo un lazo especial. Me gusta porque une arte, imagen y comunicación. Además es muy concreto: uno trabaja esculpiendo.

¿Cómo lo tomó tu entorno?

Al principio les costó un poco, pero como me gustaba y trabajaba aplicadamente, sabían que no era un capricho. Además pude vivir de esto casi desde el principio. Arriendo un departamento, un local y pago cuentas sólo con la peluquería.

FELIPE SANHUEZA

De ingeniero comercial a carpintero

Este ingeniero comercial de la Universidad de las Américas (45) trabajó 14 años en el Banco de Chile e hizo carrera ahí. Pero en 2009 quemó las naves y se fue a Buin, donde trabaja de carpintero, haciendo los muebles de madera para las Kombis que remodela y vende (www.misterkombi.cl). Ahora además está haciendo domos. Todo en su casa.

¿Qué gatilló el cambio de un trabajo formal a un oficio?

Siempre fui bueno haciendo cosas con las manos y me construí mi propia casa en el campo, que es de adobe y fardos de paja. Ahí empecé con la carpintería. Un día me di cuenta de que me aburría la ciudad y la monotonía. Renuncié y me fui al campo a instalar un criadero de caracoles.

¿Y cómo se consolidó tu afición por la carpintería?

Siempre me ha gustado trabajar con la madera. Me conecto con ella. Me relaja. Después de la experiencia con mi casa empecé a dedicarme mucho más a trabajar con las manos. Me fui a las Torres del Paine para ayudar armando los yurts, construcciones portátiles típicas de Mongolia, que tienen en Patagonia Camp. Luego volví a Santiago y nunca más abandoné este trabajo, que me encanta.

¿Qué riesgos tuvo hacer este giro?

Yo creo que trabajando aplicadamente siempre te va a ir bien. Tenía un colchón de ahorros que me dio seguridad. Además soy ordenado. Pero lo principal es que nunca he pensado en que me puede ir mal. Si me gusta lo que hago y soy trabajador, ¿cómo me va a ir mal? Además, hubo antecedentes biográficos que me ayudaron. En algún minuto mi papá se movió de Santiago al campo y tuve que dejar el colegio particular en el que estaba. Entré a un liceo en que enseñaban oficios: carpintería, agricultura, gasfitería y electricidad. Eso me sirvió más que tener un título universitario. Creo que en Chile está sobrevalorado el paso por la universidad. Todos quieren tener la vida más segura posible: sacar un título, hacer carrera en una empresa, ojalá que no te echen y jubilar. Y pocos se generan los espacios para hacer lo que realmente les gusta.

¿Cuáles han sido las satisfacciones?

La principal es hacer lo que más me gusta. Hacer de un hobby, mi trabajo diario, es muy, muy gratificante. Además lo hago en mi casa. Es muy agradable no perder horas moviéndome. Estoy muy contento. Es salirse un poco del prototipo tradicional, pero no hay que pensar en lo que piensa el resto si uno está contento.

KATHERINE BAUERLE

De periodista a cocinera

Trabajó 10 años en la sección internacional de El Mercurio. Entrevistó a presidentes y ministros de todo el mundo, cubrió conflictos internacionales, hizo turnos de día, noche y fin de semana y viajó intensamente. Luego trabajó en diplomacia pública en la Embajada de la Unión Europea en Chile por nueve años más. Hace dos años la periodista (43) de la Universidad Austral y diplomada en Relaciones Internacionales en la Universidad de Chile dejó el teclado del computador por las ollas. Hoy trabaja de manera independiente cocinando por encargo, está armando una empresa de comida preparada con dos socios y estudia cocina en la Escuela Culinaria Francesa, Ecole.

¿Por qué cambiaste un trabajo estable por cocinar?

Me apasiona la cocina. Esta fue para mí una muy buena razón para dejar un trabajo entretenido. Lo segundo, fue una búsqueda por hacer un trabajo creativo. Y en esto la cocina y el periodismo se parecen. Mi mamá es cocinera, tiene una cafetería, por lo que vengo de una familia que tiene interés culinario. Empecé a cocinar en serio cuando llegue a Santiago. Sin embargo, trabajé formalmente de periodista por 19 años. Dedicarme a la cocina era una deuda que tenía conmigo.

¿Qué nuevos desafíos has tenido en estos dos años trabajando en cocina?

Estoy acostumbrada a trabajar bajo presión, pero es muy distinto hacerlo frente a un computador que en una cocina industrial, en la que debes coordinar y comunicarte con otras personas para trabajar en condiciones seguras. Debes saber moverte considerando los riesgos que hay: cuchillos, aceite caliente, agua hirviendo, calor. Es un estrés físico, bien distinto al intelectual. Por otro lado, también estoy conociendo lo que significa no tener un sueldo fijo a fin de mes e invertir tus ingresos en un negocio, lo que naturalmente es un riesgo.

¿Cómo te decidiste a empezar?

Después de dos décadas como periodista quise darle una oportunidad a lo que me gusta. Siempre he sido buena cocinera y muchos amigos me encargaban comida. Cuando comencé a hacerlo también me puse a estudiar: necesitaba herramientas teóricas y esas se adquieren estudiando, no sólo siendo buena cocinera. Creo que esto es parte de mi rigor profesional, heredado del periodismo.

¿Y cómo ha sido trabajar con las manos, habiendo estudiado para ejercer una carrera?

Nunca he visto la cocina como algo solamente físico, aunque lo es en muchos aspectos. Me interesa mucho la historia y la antropología de la cocina. No se trata sólo de recetas. También es cultura. Ahí aún está “la periodista”.

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