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Actualizado el 02/10/2017
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La vuelta de la Vuelta

En el barrio en que viví mi infancia, buena parte de mis amigos querían ser ciclistas. De primeras salíamos en nuestras bicicletas todas las tardes a recorrer la avenida Alemania. Éramos incansables. Disfrutábamos de esa libertad que nos ofrecía el movimiento de los pedales, la velocidad que alcanzábamos, el viento que soplaba en nuestra cara de manera distinta. Estábamos lejos de ser Los Ángeles del Infierno, pero algo de esa pandilla de motociclistas habíamos heredado: su sentido de pertenencia y cierto espíritu rebelde.

Algunos tenían más talento que otros, al punto que persistieron y llegaron lejos. O cuando menos más lejos que el círculo de hierro que conformábamos aquellos que vivíamos en torno al antiguo pasaje Dighero. Mis primos Loredo, por ejemplo, marcaron una época dorada en el club Valparaíso, con Marcial a la cabeza. Otros, entrenaban sagradamente y llegaron a vestir la casaquilla blanca con la V negra en el pecho: los hermanos Cubillos, Raúl Pituto Núñez y también Antonio Soto, a quien llamábamos Sotelo.

Durante varios años, seguimos de cerca las competencias en que todos ellos participaban. Los fines de semana íbamos al velódromo del estadio Sausalito y gozábamos con las carreras de persecución, las pruebas contrarreloj, la australiana.

Eran lindos años para el ciclismo. A nivel nacional, había verdaderas estrellas: Fernando Vera, Miguel Droguett, Roberto Muñoz, los hermanos Bretti, los Tormen, Sergio Aliste. Sobra decir que no nos perdíamos la Vuelta de Chile. Era, quizá, el mayor acontecimiento deportivo de esos años. Contábamos ansiosos los días que faltaban para que ese enjambre de ciclistas llegara a la ciudad. Nos agolpábamos en las calles para oír el zumbido de las ruedas y maravillarnos con ese hermoso engendro, lleno de colores, que articulaban cientos de ciclistas y bicicletas.

Siempre los colombianos fueron los rivales a vencer. Excelentes escaladores, sacaban ventaja en las etapas de montaña, en las que eran imbatibles. Por lo mismo, que un chileno ganara la Vuelta era una proeza. Celebramos como si fuera un título del mundo las victorias de Roberto Muñoz, en 1983, Peter Tormen, en 1987, y Fernando Vera, en 1988.

Pero hay un año en particular que recuerdo con cariño. Fue la Vuelta de 1982. En esa oportunidad ganó un colombiano. Pero uno de los nuestros, uno de los que pedaleaba en la avenida Alemania, asomó entre los grandes. Ricardo Lobos, el Huaso Lobos, tenía 22 años y un aguante descomunal en sus piernas. Corría por el club Valparaíso, pero ese año se puso la camiseta de GoodYear. Supimos por el diario que había rematado sexto en la etapa Chillán y Concepción, y eso nos puso de cabeza. Pero lo mejor estaba por venir. En la transmisión en vivo por televisión de la última etapa, el Huaso se escapó del grupo y en solitario avanzó con su quijotada rumbo a la meta. No sé cuánto tiempo se mantuvo lejos de todos, en punta, avivando un sueño imposible: que uno de los nuestros -uno de los de la avenida Alemania-, ganara una etapa de la Vuelta. Tengo vivas esas imágenes y la sensación extraña de vivir un sueño en la realidad.

Al final, claro, el pelotón dio caza al temerario Lobos y todo volvió a ser lo de siempre, lo habitual.

Sin embargo, ahora que la Vuelta está de regreso, es imposible no acordarme de esos largos minutos en los que sentimos que la gloria era nuestra, aunque todos los de Dighero y alrededores siguiéramos la carrera de Lobos por televisión, aunque le gritáramos a través de la pantalla y él no escuchara, aunque con el tiempo cada uno de nosotros siguiera su camino e hiciéramos nuestras vidas tan lejos unos de otros.

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