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Actualizado el 03/12/2017
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Las 72 horas de Superman en Chile

Autor: Pedro Bahamondes Ch.

Llegó sin guardaespaldas, alojó en la casa de Jaime Celedón y participó de una concentración en Santiago que terminó con desmanes. La amenaza a 77 figuras del teatro chileno en 1987, trajo al actor e ídolo estadounidense Christopher Reeve, quien vino a solidarizar con sus colegas. A 30 años, son ellos quienes recuerdan su visita.

Las 72 horas de Superman en Chile
El actor de Superman, entonces de 35 años, en el patio de la casa de Jaime Celedón.

“¿Cuán peligroso es Chile para mí?”, preguntó. Del otro lado de la línea, en su casa de EEUU, el escritor Ariel Dorfman improvisó una respuesta: “No puedo darte la menor garantía de que no te vayan a matar”. Era mediados de noviembre de 1987 y un silencio sepulcral, que pareció eterno, se quebró de golpe con otra pregunta: “¿Cómo podría ayudar entonces a mis colegas chilenos?”, insistió esa misma voz, profunda y barítona como tantas veces se la había oído en las salas de cine. Dorfman no dudó: “Si vas, puedes salvarles la vida”, le aseguró. “Then, I’ll go”, dijo entonces el actor estadounidense Christopher Reeve al teléfono desde Nueva York. “I’ll go”.

Ese no había sido un buen año para la estrella de Hollywood. En marzo había puesto fin a su matrimonio con la británica Gae Exton, con quien se casó en 1979 y junto a la que tuvo dos hijos. Para peor, la cuarta y última parte de la saga original de Superman, que él protagonizó desde 1978, tuvo un desastrozo estreno en junio, recaudando apenas 15 millones de dólares. “Incluso si la historia hubiera sido brillante, no creo que hubiésemos podido satisfacer a la audiencia con esta aproximación”, declaró el actor con 35 años en octubre de 1987, cuando ya había colgado su traje de superhéroe.

Por esos días, una misteriosa carta comenzó a circular entre actores y dramaturgos chilenos. “A contar de esta fecha: 30 de octubre de 1987, los siguientes testaferros del marxismo internacional tienen un mes de plazo para hacer abandono del país”, decía el documento firmado por el grupo Comando 135 – Acción Pacificadora Trizano, presuntamente ligado a la extrema derecha. Ana González, Mónica Echeverría, Luis Alarcón, Delfina Guzmán, Nissim Sharim, Juan Radrigán y varios otros estaban entre los 77 artistas amenazados de exilio o muerte.

La actriz María Elena Duvauchelle, entonces secretaria del Sindicato de Actores (Sidarte), recuerda hoy que la denuncia hizo eco: “El escándalo llegó a oídos de las grandes estrellas de la época”, cuenta. A los días recibieron cartas y llamados de apoyo de parte de Jane Fonda, Robert Redford, Robert De Niro, Laurence Olivier, Meryl Streep, Glenn Close y otros tantos, entre ellos el actor de Superman. “Se me ocurrió llamar a Ariel Dorfman, quien ya vivía en EEUU, y él se encargó de todo. No teníamos tiempo que perder”, añade.

La noche del 30 de noviembre, en el desaparecido Garage de Matucana, Reeve se dirigió a los 77 artistas chilenos.

La noche del 30 de noviembre, en el desaparecido Garage de Matucana, Reeve se dirigió a los 77 artistas chilenos.

El autor de La muerte y la doncella publicó en esos días una columna en The New York Times. “Lo hice con la idea de que Margot Kidder -la actriz que interpretaba a Lois Lane- contactara a Chris, a quien yo no conocía pero que era el candidato ideal, mejor que Fonda, debido a la imagen de Superman”, cuenta Dorfman desde EEUU. Luego de dos semanas intentando dar con él, fue el propio Reeve quien lo llamó por teléfono. “Quiso que lo acompañara, pero me habían detenido en Pudahuel un par de meses antes, expulsándome del país, así que mi presencia iba a hacerle más peligroso el viaje. Además, era fundamental que se mantuviera al margen de la política contingente. Y mi mujer, Angélica Malinarich, se ofreció para ir con él. Y no solo porque poco sabía él de Chile, sino porque había que evitar que su visita se utilizara para actividades partidarias y que cayera en alguna trampita”, agrega. Antes de colgar, Reeve le preguntó a Dorfman quién se haría cargo del viaje. “Ninguna organización ofreció ayuda, y ofrecí pagar la mitad de su pasaje, además del boleto de mi mujer, con quien se encontró en Miami”, cuenta el autor.

Así, la inesperada y fugaz visita a Santiago de Christopher Reeve, quien además fue activista de Unicef, Amnistía Internacional y del ecologismo, quedó fijada para el lunes 30 de noviembre de 1987, el mismo día en que se cumplía el plazo para los 77 artistas chilenos.
De carne y hueso

Llegó sin guardaespaldas, nada más con un bolso. El actor Julio Jung fue a buscarlo al aeropuerto: “Reeve era tremendo pailón, medía 1.93, así que no costó reconocerlo”, dice. “Me llamó la atención eso sí que viniera solo con la mujer de Dorfman, sin esos gorilas que acompañan siempre a las celebridadades. El era muy sencillo”, recuerda a 30 años de aquel encuentro. Algunos reporteros que sabían que el actor aterrizaría esa mañana en Santiago intentaron interceptarlo, pero fue inútil: además de saludar y dar autógrafos, el estadounidense no quiso dar declaraciones. “No soy un objeto fotografiable, soy solo una persona y también un actor”, les dijo.

Junto al actor y publicista chileno Jaime Celedón en su casa en Las Condes, donde Reeve alojó por tres noches.

Junto al actor y publicista chileno Jaime Celedón en su casa en Las Condes, donde Reeve alojó por tres noches.

La primera parada era el teatro La Comedia del grupo Ictus, en el barrio Lastarria, para una conferencia de prensa a la que asistirían otros artistas extranjeros que habían venido a solidarizar con sus pares chilenos. “Nos subimos a mi auto, un Mazda del año, y fue gracioso porque sus rodillas casi tocaban el techo”, recuerda Duvauchelle. “Antes quiso darse una ducha, y con Julio vivíamos en un departamento justo al frente, en la calle Merced. Cuando entramos, mi hijo que tenía 8 años quedó con la boca abierta, como si hubiese visto a Dios. ‘¡Es Superman!’, gritaba. No lo podía creer”, agrega.

A esas alturas ya todo el país sabía que Christopher Reeve estaba en Chile. “Pero la prensa oficialista no mencionó nunca la verdadera razón por la que estaba aquí, y solo redujo todo a lo anecdótico: decían que el actor de Superman estaba de vacaciones, cuando lo que hizo fue impedir una cacería. Fue muy noble”, comenta el actor Nissim Sharim. Tras la conferencia, Reeve quiso tomar un descanso. “Ninguno de nosotros, o al menos yo, sabía hasta ese entonces dónde se iba a alojar”, recuerda Delfina Guzmán, pero según Dorfman, incluso antes de su arribo al país ya estaba decidido que no lo haría en un hotel, sino en la casa del actor y publicista Jaime Celedón, en Las Condes.

“No fue por razones de seguridad, pues la CNI sabía muy bien dónde estaba, sino para que tuviera privacidad”, dice el coautor de Para leer el Pato Donald. “Pero, muy a la chilena, la casa se fue llenando de fans que querían fotos con él”, agrega. Fallecido en julio del año pasado, Jaime Celedón solía contar también que Reeve había dormido durante tres noches en su dormitorio, y que incluso se bañaron todos en la piscina, junto a sus hijos: “Hicimos turnos con algunos actores para cuidarlo, y un día incluso caminamos por Providencia, desde Tobalaba hasta Pedro de Valdivia, y la gente solo lo saludaba”, decía.

Probó las pastas de la Pizza Nostra de Providencia, y un día después estuvo en el desaparecido Galpón de Los Leones, bebiendo vino y cantando canciones de Violeta Parra. Pero en esas 72 horas que estuvo en Santiago, hasta el jueves 3 de diciembre, Reeve presenció también las agitaciones de un país en conflicto que buscaba recuperar su democracia.

“Convocamos a una manifestación en el Estadio Nataniel, cerca de la Alameda, pero a última hora la Digeder (la ex Dirección General de Deportes y Recreación) dijo que no se podría hacer ahí porque no se trataba de un evento deportivo”, cuenta el actor Luis Alarcón. Duvauchelle agrega: “Ya había casi 2 mil personas adentro y mucha más afuera, y el pobre Christopher Reeve andaba a la siga de nosotros con sus ojos rojos por las lacrimógenas que habían lanzado en la calle”, comenta. “Cuando nos desalojaron se armó una especie de marcha hasta el Garage Matucana (muy cerca de la Estación Central), y recién ahí pudimos verlo y oírlo hablar para nosotros”, dice Delfina Guzmán.

Ese lunes por la noche, y sobre un improvisado escenario, Christopher Reeve leyó su mensaje de apoyo a los 77 artistas chilenos: “Estoy aquí de actor a actor, de trabajador a trabajador, de amigo a amigo”, fueron sus palabras. También aprovechó, entre los gritos de sus fanáticos y consignas políticas, de criticar un inserto que acababa de publicar ese mismo día la desaparecida revista Apsi, en que aparecía una imagen de un superhéroe con Augusto Pinochet en sus brazos. El titular decía: “¿A qué viene Superman, realmente?”. Reeve sostuvo el ejemplar en alto: “Esta situación es muy grave y va más allá de los cómics”, dijo. “Mi preocupación es con los derechos humanos”. La ovación hizo temblar las vigas del viejo galpón.

El jueves 3, el actor tomó un vuelo de regreso a EEUU, mas su relación con Chile no terminó ahí: en 1988 fue rostro de uno de los spots de la campaña del No para el plebiscito, y en 1996, a un año del accidente que lo paralizó de la cabeza a los pies, dio dos entrevistas para la Teletón. Pocos meses antes de morir en octubre del 2004, el protagonista de Lo que queda del día (1993) fue condecorado con la Orden Bernardo O’Higgins por la entonces canciller Soledad Alvear, quien lo visitó en su casa en Nueva York: “Nunca olvidaré mi paso por Chile”, le dijo, emocionado. “Nunca podré ”.

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