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Actualizado el 05/12/2011
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¿Le carga su vida?: invéntese otra

Autor: Sonia Lira

Los escritores saben desde siempre las ventajas sicológicas de novelar sus vidas. Hoy, la ciencia confirma que escribir en tercera persona y usar metáforas ayuda a la solución de problemas. Todo es cuestión de creerse el cuento.

¿Le carga su vida?: invéntese otra

Mi profesora de matemáticas tenía un método (infalible, según ella) para que sus alumnos porros entendieran que dos más dos son cuatro: escribir 100 veces “parezco burro con ábaco”. En mi caso, aprendí a sumar, pero hasta hoy rebuzno cada vez que cuento el vuelto.

No culpo a la señorita Jovina (el nombre fue cambiado). Era una época en que la letra entraba con sangre y no había tiempo ni recursos para otro tipo de pedagogías o técnicas. Como el story-editing, por ejemplo, desarrollado por el profesor de sicología Timothy Wilson. Según este método, mi profesora debería habernos pedido elegir un animal y luego contar una historia en la que un ganso (o un burro) se supera y gana el Premio Nacional de Ciencias Exactas.

¿Habría llegado alguno de sus alumnos a trabajar en la Nasa? Imposible saberlo.

Lo que sí han confirmado varias investigaciones publicadas este año es que reescribir nuestra propia historia nos  ayuda a resolver mejor los problemas y a ser personas mentalmente más saludables.

Claro que no se trata de ponerse a llenar las páginas de un diario de vida o publicar en las redes sociales a nuestro antojo. Sería demasiado fácil. Reescribir nuestras biografías (enteras o por capítulos) tiene su ciencia.

HOMO NARRATIVUS
El hombre es un animal simbólico. Eso lo sabemos. Pero también es un animal narrativo. Una criatura que necesita “relato”, como diría Pablo Longueira.

Desde que nuestros antepasados homínidos adquirieron la capacidad evolutiva de moverse en el tiempo (editar el pasado para planificar el futuro), el homo sapiens se convirtió en el biógrafo de su propia existencia.

Algunas personas parecen vivir de acuerdo a un guión inspirador, donde hasta los hechos más negativos adquieren un significado. Otras, en cambio, dan la impresión de ser los protagonistas de un argumento que se mueve en círculos viciosos.

Pues bien, cuando se trata de llevar este libreto al papel o al ciberespacio, no importa demasiado qué tan apegados a la realidad estén los hechos allí narrados: las biografías, por más auténticas que pretendan ser, siempre son editadas por alguien y tienen una alta cuota de imaginación y censura. A veces, el orden en que se presenten los acontecimientos puede hacer la gran diferencia entre el retrato de un héroe o el de un villano, entre una comedia o un sinsentido.

¿Importa el estilo? Ese es tema para el mercado editorial, porque para los ciudadanos de a pie lo relevante es cómo ordenar los hechos para ganar vitalidad sicológica. En efecto, la neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro prefiere tragarse una mentira bien contada que una verdad ininteligible.

Timothy Wilson, autor de Redirect: the surprising new science of psychological change, por ejemplo, cree que todo el tiempo nos estamos contando historias sobre nosotros mismos. Y, como todo en la vida, algunos tienen más talento que otros. ¿Nunca ha sentido cierta envidia por ese tipo de personas que “se creen el cuento” y para quienes la vida parece fluir más positiva?

Si usted no nació con esa habilidad evolutiva, existen una serie de ejercicios que pueden ayudarlo. Para empezar, Wilson sugiere escribir durante tres o cuatro días consecutivos sobre algún hecho conflictivo en nuestras vidas, pero pensando en que con esto vamos a ayudar a una tercera persona.

En otras palabras, conviértase en novelista de su propia vida y escriba en tercera persona, tomando la perspectiva sabia de los grandes de la literatura. Como Dos toievski, de quien una vez Borges escribió que “era una suerte de Dios insondable, capaz de comprender y justificar a todos los seres”.

Nadie pretende que escriba una historia a la altura de Crimen y castigo. De lo que se trata es de tomar distancia sicológica, es decir, de cambiar una mirada egocéntrica por una universal y, sobre todo, ser humilde. Muy humilde. Mejor todavía si es con sentido del humor.

EXPERIMENTO CON MARCIANOS
Todo lo que ya había descubierto la literatura como un ejercicio liberador, este año fue confirmado por varias publicaciones científicas.

Evan Polman, de la Universidad de Nueva York, por ejemplo, comprobó que somos más creativos en la resolución de problemas cuando se trata de ayudar a terceros. En uno de sus experimentos, pidió a 262 participantes dibujar un extraterrestre para una historia de ciencia ficción propia y para otra ajena. Cuando dibujaron para terceros sus marcianos fueron más imaginativos, llenos de detalles divertidos.

En otro estudio, a 137 estudiantes les pidió que se imaginaran prisioneros en una torre y pensaran en una forma de escapar usando sólo una cuerda que no llegaba a tierra: el 66% de los que buscaron una salida para otros encontraron una solución, contra el 48% de quienes intentaron salvarse a ellos mismos.

Además, la Universidad de Cornell confirmó que la utilización de metáforas es de gran ayuda. Esta figura nos saca de nosotros y nos obliga a ver las dos o más caras de un asunto para finalmente observarlo en una nueva dimensión.

Claro que hay metáforas y metáforas. No se trata de decirle a un niño malo para las matemáticas que parece un burro con ábaco, sino de inspirarlo para que se crea la historia del asno que se convirtió en el genio de Silicon Valley.

De igual forma, los adultos podemos novelar nuestra vida, escribiendo una y otra vez sobre lo que nos hace ruido. La historia no tiene por qué ser un cuento de hadas, pero al menos puede tener una perspectiva más halagadora de nosotros mismos y de tanto insistir en el papel hay una alta probabilidad de que terminemos actuando en consecuencia.

Eso de que “la vida imita al arte” no es sólo una frase bonita. Y esto vale incluso si el arte en cuestión no pasa de ser una biografía casera mal redactada a la hora de irse a dormir.

Lo importante es creerse el cuento.

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