La Tercera

Libro revela líos amorosos y rol de la CIA en el arresto del líder de Sendero

La noche del sábado 12 de septiembre de 1992, el entonces Presidente Alberto Fujimori estaba pescando en una zona amazónica en Iquitos, sin mayor conexión con Lima. Pero en la capital peruana se llevaba a cabo un operativo que marcó su gestión: la captura de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso, grupo rebelde que pretendía instalar un régimen revolucionario campesino comunista en Perú. Fujimori no se enteró hasta el día siguiente de que Abimael Guzmán había sido finalmente detenido. Incluso el entonces Presidente norteamericano George H. Bush se enteró primero que él del histórico arresto.

Bush supo de la captura del jefe de Sendero Luminoso gracias a que un agente de la CIA, apodado “Superman”, colaboraba con el Grupo Especial de Inteligencia del Perú (Gein) al mando de la operación. Cuando aquel día los agentes del Gein finalizaron su labor, “Superman” sacó una botella gigante de Johnnie Walker a modo de celebración.

Este episodio es uno de los tantos que contiene y revela el libro La Hora Final (Planeta) del periodista peruano Carlos Paredes, que acaba de aparecer en Lima. Paredes es ganador del premio a la excelencia periodística de la Fundación García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Desde Lima, el periodista cuenta a La Tercera que “el presupuesto que hasta 1992 destinaba el Estado peruano al GEIN era irrisorio, miserable. Solo como ejemplo, cada tres meses, recibían 62 soles para útiles de escritorio (US$ $46 al cambio de la época), es decir 15 dólares por mes para útiles de escritorio de 80 policías. Ridículo. Para gastos operativos o de viáticos de los agentes simplemente no había partida presupuestaria. La oficina de la CIA en Lima colaboró desde el principio financiando el trabajo de campo. Donaban 5 mil dólares en efectivo mensualmente. Se lo entregaban directamente el jefe del GEIN, el Comandante Marco Miyashiro, para gastos operativos. También donaron las cámaras de video, fotográficas y un aparato que permitía congelar imágenes e imprimirlas, de gran utilidad para los seguimientos, un sistema de comunicación radial moderno y financió cursos de capacitación de expertos internacionales en seguimiento y mimetización de los agentes. Los agentes de la CIA nunca participaron activamente ni en el diseño de las operaciones, tampoco en los allanamientos o detenciones. Solo observaban desde la oficina de Benedicto Jiménez los resultados porque, en esa época, Abimael Guzmán estaba en la lista de los 10 enemigos públicos más peligrosos para Estados Unidos. Era un objetivo federal americano”.

Amor prohibido

También, el libro cuenta que los errores de los cabecillas de Sendero “tienen su origen en la pasión. En el amor prohibido. Tito Valle Travesaño y Yovanka Pardavé Trujillo, miembros del Comité Central, tenían la responsabilidad de guardar documentación de acuerdos senderistas que se transmitían por escrito a los órganos ejecutores. O sea, a los milicianos que terminaban asesinando. Los documentos estaban guardados en un departamento que alquilaban en Mangomarca. Sus escarceos amorosos les hacían distraer el dinero que les daban para pagar esa renta y debían varios meses al casero. Un día, cuando regresaron, la policía había descubierto el archivo senderista. No por acciones de inteligencia, sino porque entraron con orden judicial para desalojar a los inquilinos morosos.

Paredes cuenta que de los 89 agentes del Gein de la época, dos fallecieron y 20 siguen en actividad. “El caso más penoso y dramático es el de su creador y líder Benedicto Jiménez, que pasó de héroe a villano”, concluye Paredes.