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Actualizado el 17/07/2017
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Lo hace ver tan fácil

Autor: Felipe Hurtado

La ceremonia de premiación de Wimbledon es tan protocolar como insensible. El ganador pasa esos primeros minutos de campeón en la soledad de su silla de descanso, imposibilitado de acercarse a sus queridos para llenarse de amor y alegría.

Roger Federer debió llorar en solitario, en ese sencillo e inerte banco, una emoción que lo recorría de forma descomunal y que pedía a gritos una escena más cariñosa que esa.

Pero él ya se ha acostumbrado.

Eran pocos los que alguna vez pensaron que el suizo podría conseguir nuevamente lo que alcanzó esta vez en la Catedral y varios los que lo deshauciaron luego que en 2015 perdiera en Nueva York su tercera final de un grande en dos años.

FedEx pensaba distinto.

Hoy el dueño de ocho títulos en el All England y de 19 majors es el símbolo de algo más grande que sus enormes e inigualables estadísticas. Si alguna vez fue el ejemplo por sus logros y el estilo más elegante del circuito, ahora es además el ejemplo de la convicción y del nunca rendirse, aunque tengas 36 años y pareciera que dejaste atrás tus mejores días.

Lo que no cambia es lo fácil que Federer hace ver todo, como si su edad fuera otra, como si su estímulo fuera distinto. Acaba de adjudicarse su octavo Wimbledon sin perder ningún set y sin dar ninguna de las muestras de fatiga de material que afectaron a Andy Murray y Novak Djokovic.

Frente a un Marin Cilic físicamente dañado y -a ratos- emocionalmente superado por el escenario, el suizo dominó sin necesidad de esforzarse de más, entregando luces de que su simpleza y talento son ilimitados, haciéndolo todo más perfecto aún.

¿Hasta dónde puede llegar, Federer? A esta altura, por lo mostrado en Melbourne y Londres, casi se puede decir que depende de lo que él quiera. Hasta ahora ha demostrado que tiene claro qué es lo que quiere y lo que no (el esfuerzo estéril de enfrentarse a Rafael Nadal en Roland Garros, entre estos últimos). Falta ver cuáles son sus planes. ¿El Abierto de Estados Unidos? ¿El número uno del mundo otra vez? ¿Otro año más a plenitud? Cualquier cosa asoma a su alcance. Parece ser que sólo debe proponérselo.

Su leyenda ya es enorme, pero Federer siempre puede agigantela un poco más.

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