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Actualizado el 24/02/2013
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Los días más oscuros de Pablo Mackenna

Autor: Fernanda Paúl

Desde que el 4 de febrero es investigado por el supuesto delito de abuso de una menor, Pablo Mackenna se ha aislado de todo. Ha viajado por distintos lugares buscando calma y ha tenido que lidiar con la rabia y la tensión. En Puerto Varas se animó a contar su verdad en esta historia. Este es su testimonio.

Los días más oscuros de Pablo Mackenna

Pablo Mackenna (43) camina en silencio por una de las playas cercanas a Puerto Varas, junto al lago Llanquihue. Avanza cabizbajo.

-¡Pablo! ¿Te puedes tomar una foto conmigo? -pregunta un veraneante.

El, de forma automática, acepta. Esboza una pequeña sonrisa, que se nota demasiado forzada. No son días felices para él. Luego, en la única entrevista larga que ha dado en estas semanas complicadas, él dirá que no hay ni un segundo en que se olvide de lo que le sucedió la madrugada del 4 de febrero, cuando la madre de una niña de nueve años lo acusó de haber abusado sexualmente de la pequeña, en el Casino de Viña del Mar.

En estos 20 días -mientras es investigado por un delito que él dice que es el que más aborrece- se ha movido por distintos lugares en busca de calma. Puerto Varas es uno de ellos. Es miércoles 20 de febrero. En la tarde partiría a Santiago, para luego irse el fin de semana a Zapallar con su familia.

Aquí, en medio de la tranquilidad del sur, se anima a contar en primera persona su versión de esta historia difícil.

***

“El domingo 3 de febrero viajé desde Zapallar, donde estaba pasando el fin de semana con mi familia, hacia Valparaíso. Lo hice con Nacho, un amigo, y una gran amiga de él. Primero fuimos en la tarde un rato al Derby, a ver la carrera de caballos, y después al Casino de Viña. A las 2 de la mañana yo me quería ir. Ibamos a partir esa misma noche de vuelta a Santiago. Ellos seguían jugando, así es que yo les dije que los esperaba en la entrada. Camino para allá vi a esta niña de nueve años, sola, y me pareció raro. Había un joven con su mamá que también la estaban mirando porque les pareció raro. Me acerqué a ella, me senté a su lado y le pregunté qué estaba haciendo sola. Y me dice: ‘Estoy esperando a mi mamá’. Así es que salí y me senté en la escalera.

De repente me empiezan a patear por la espalda y una señora me grita: ‘¡Abusaste de mi hija!’. Los guardias me agarran y me meten a una pieza. Llamé a mi amigo que estaba en el casino. Le dije: ‘Huevón, me están tratando de sacar plata’. Esa fue mi lógica. Yo, en ese minuto, entro en shock. No entiendo nada. Mientras estaba en esta pieza, los guardias revisan el video del casino. El video, donde se demuestra mi inocencia, es prueba suficiente, no se necesitaba nada más. Igual llaman al fiscal. Le dicen que hay una niña que acaba de ser abusada por Pablo Mackenna. Y ahí está el primer y más grave error de la fiscalía (de Viña del Mar): el fiscal de turno decide seguir durmiendo y dice ‘formalícenlo, yo mañana reviso el video’. Carabineros me lleva detenido.

Me llevaron a la comisaría. Habré estado media hora en el calabozo, hasta que llegó el mayor y dijo: ‘Sáquenlo, suéltenlo’. Y después me dijo: ‘Pucha, te la hicieron’. A las 4 de la mañana me dejaron hacer un llamado. Llamé a mi hermano mayor, Luis Fernando, que estaba en Santiago. Y él me dijo: ‘Ya sé todo. Hablé con Nacho’. Le avisó a toda mi familia. El resto de la noche traté de dormir sentado y con la cabeza arriba de un escritorio.

En la mañana del lunes 4, tipo 7 am, me preguntaron si quería un abogado. Dije que no. Básicamente, porque quien nada hace, nada teme. Me ofrecieron un defensor público y acepté. Con él (Antón Carrasco) sigo hasta hoy. No necesitaba un abogado rimbombante, lleno de triquiñuelas.

Luego llegó mi familia, mi madre, algunos hermanos, una prima. Con ellos estuve todo el tiempo adentro de la comisaría. Algunos amigos me fueron a ver, pero no los dejaron entrar. Uno, en estas cosas, rearma el puzzle del amor y de la amistad. Hay un apoyo muy bonito, que es el apoyo desde el primer minuto.

He recibido cientos de miles de mensajes de gente diciéndome: ‘Yo siempre, desde el primer minuto, supe que eras inocente’. Con los más cercanos fue así. Pero cuando personas que yo conozco tuitean: ‘Qué terrible lo de Pablo Mackenna, ojalá no sea cierto’, a mí no me sirve. Me parece de una tibieza impresionante. Puedes poner a una persona en el peor de sus demonios… eso desilusiona.

Cuando la fiscalía ve el video, la mañana de ese lunes, yo estoy preso, formalizado y hay 250 periodistas afuera. Y ahí recién deben haber dicho: ‘Nos acabamos de mandar un condoro…’. ¿Por qué? Porque un fiscal no se quiso levantar de la cama para ver el video. Y esa es su pega. O por lo menos debería haber pedido inmediatamente los antecedentes de la madre de la niña, que son impresentables, y un empadronamiento de los testigos. Pero no los pide. Los testigos aparecen de manera espontánea en televisión, en Twitter. Yo tengo que ubicarlos y pedirle a la fiscalía que los interrogue. También les pedí que interrogaran a la niña. Cuando lo hacen, cinco días después, la niña desmiente todo. Dice que no hay ningún acto de connotación sexual, que ella está bien y feliz. Y aún más: cuando le preguntan qué quiere de la vida -los niños quieren ser astronautas, enfermera, etc.- ella lo único que quiere es estar junto a su mamá, su hermana y su abuela. Ahí te das cuenta que tiene a una mamá diciéndole: ‘Mira pendeja, si no decí’ esto, te vái a separar de mí’.

La jueza decide dejarme con firma una vez al mes y prohibición de acercarme a la niña. En el 99% de los casos, al sospechoso de abuso sexual le dan prisión preventiva, en un 1% de los casos le dan arresto domiciliario. Entonces lo mío era una cosa impresionante. Unos días después, además, la Corte de Apelaciones me levantó todas las cautelares. Es decir: este hombre, supuestamente abusador, se puede acercar a la niña y no tiene ni siquiera que firmar. Con eso, lo que le están diciendo a la fiscalía es: paren de hacer el loco.

Otra cosa extraña es el casino. ¿Cómo sostienen una denuncia sabiendo de quién viene, conociendo a la persona: una mujer que opera dentro del casino, que tiene denuncias por robo, que tiene a la hija menor afuera vendiendo dulces? Creo que tienen que dar muchas explicaciones, porque tienen que proteger a sus clientes de verse expuestos a personas que operan de esta manera adentro.

La fiscalía nunca tuvo dudas de mi inocencia, eso te lo doy firmado y es lo más grave. Debieran pedir disculpas. Independiente de cómo me pueden haber cagado la vida a mí, aquí hay abusadores saltando en una pata, porque si tú llevas tan mal una investigación, habiendo pruebas tan contundentes a favor mío y le pones manto de duda a eso, tú le pones un manto de duda mucho más grande a procesos que son contra abusadores de verdad. El sistema entero está mostrando ser muy poco eficiente en la persecución de abusadores. A mí me han llegado 40 emails de gente que dice: ‘Yo estoy acusado de lo mismo que tú, no tuve la suerte de tener una cámara’. Me imagino que hay gente que realmente puede ser inocente, pero entre ellos también tienen que haber culpables que sienten que se les abrió una ventana y eso es muy peligroso. Lo que retrocedió este país por culpa de alguien que no se quiso levantar es heavy. Es absolutamente vergonzoso y delincuencial.

Me da mucha pena estar siendo enjuiciado justamente por aquello que siempre he querido defender. Esto es un tema para mí. Entrevisté desde Estados Unidos a Juan Carlos Cruz (uno de los denunciantes en el caso contra el sacerdote Fernando Karadima) para Caras. He hecho artículos de opinión respecto a que aumenten las penas contra la pedofilia. Y lo he dicho infinitas veces: si voy por la calle, siento a un niño llorar, entro y veo a un tipo violándolo, yo lo mato y sigo caminando como si nada. Si la pena de muerte se debiera reinstaurar para algo es para esto”.

***

“Cuando salí de la comisaría, 24 horas después de ser detenido, decidí hablar inmediatamente con la prensa. Luego me fui a Chilevisión (donde tiene contrato por un año) y me comprometí a estar al otro día, el miércoles 6, durante tres horas en el matinal. Además, les pedí que sociabilizaran el video del casino para que todo Chile supiera que yo no era culpable.

El jueves de esa semana, 7 de febrero, me fui con mi hija Rosa a un campo que tiene la familia de mi madre hace más de cien años en la cordillera, en Los Queñes. El lugar donde termino siempre. Ahí estuve hasta el lunes siguiente. Durante esos días hablé con mi gente por teléfono. Manejaba un par de kilómetros para agarrar señal y devolvía los llamados, contestaba los emails.

Mi hija, de cuatro años, no vio ni supo nada. Normalmente cuando ando con la Rosa por la calle, la gente me pregunta: ‘¿Nos podemos sacar una foto?’. ‘Ay qué linda la niñita’. Ese es el contexto natural. Pero en Los Queñes habíamos ido a comprar un helado y vi que la gente se me acercaba. Y yo les indicaba de lejos que tuvieran cuidado porque estaba mi hija. Entonces me decían: ‘Sólo decirte que te apoyo, te apoyo’. Y cuando volvimos el lunes en la noche de vuelta de Santiago, nos estábamos quedando dormidos y la Rosa, que es muy cariñosa, me dice: ‘Te quiero papito y te apoyo’. Pero sin saber lo que estaba diciendo. Absorbió un discurso. Casi me mata de amor.

Desde que salí a la calle no me he encontrado con ninguna persona mirándome feo. Al contrario, he recibido apoyo. Incluso, creo que hasta mi detención anterior (40 noches, en 2005, por manejar en estado de ebriedad) me juega a favor. Porque esa vez, frente a un hecho real en que yo cometí un error, dije que era un tipo eternamente agradecido porque no maté a alguien y que, si hubiera sido así, me tendría que secar en la cárcel por imbécil. Nunca dejé de contestar el teléfono. Yo no me arranco, doy la cara. Igual que ahora.

Pero uno también sabe que hay gente que se queda con la primera impresión o gente que algún día, frente a una situación cualquiera, me va a tirar lo que está pasando ahora. A veces pienso en los papás de los amigos de la Rosa: aunque me crean, puede que prefieran que sus hijos no vayan a mi casa. Uno de repente se pone en el peor de los escenarios. No debiera ser así, pero tampoco puedo culpar a nadie porque así pase. Los hijos son sagrados.

Si yo no tuviera a mi hija, dejaría todo claro y luego me iría a vivir a otro lado. A buscar otro mundo. No lo dudaría”.

***

“Cuando volví de Los Queñes, el 11 de febrero, me quedé unos días en Santiago. Fui a la oficina (en el Centro Cultural Amanda, donde es director), tenía cosas que ver. Fui al canal a pedir el video para entregárselo yo a otros canales. Ahí ves lo miserables que son los canales en su metro cuadrado, porque intenté meterme a ver el video y salía que Chilevisión tenía el copyright. Y yo había pedido que lo sociabilizaran. No era para los puntitos de Chilevisión…

El resto de los días los pasé en mi casa, con un par de amigos que se dejaron caer una noche, y con mi familia. El viernes 15 partí a Puerto Varas. Desde ahí agarré un auto y me fui a Argentina. A Villa la Angostura, a San Martín y Bariloche. Iba a ir solo, pero una gran amiga me dijo: ‘No, no, no. Yo te acompaño’.

En ese viaje me pasó algo. Me metí a la piscina y había chilenos muy buena onda, que me dijeron: ‘Te apoyamos, qué terrible lo que te pasó’. Pero de repente se metieron los niños a la piscina y yo me salí. Me sentí incómodo por ellos, no se fueran a sentir mal. Uno empieza a vivir en un rollo que es asqueroso. No quiero incomodar a nadie. Y tampoco dar piedad. Entonces uno se empieza a aislar. Aún sabiendo que quedó demostrado que no hice nada y que la gente lo va a entender, uno se convierte en un paria. Ser víctima también es ser paria. Y eso es muy fuerte.

Esto es como la literatura. En estas historias se necesita un malo. La gente en su cabeza necesita tener un malo. Entonces, yo quiero que se entienda que aquí los malos son la fiscalía, la madre o el casino. O los tres. Pero hay que ponerle cara al malo, porque si no la duda queda dando vueltas. Pero aún poniéndole cara al malo, para alguna gente la duda va a quedar y es una cosa difícil con la que debo vivir. A mí me cambió la vida. Porque haber sido culpado por algo así deja una palabra muy rara asociada a mí. Incluso para aquellos que creen que fue todo un montaje, una mala cueva, que estoy meado de gato, tampoco quieren estar cerca de la víctima. La sociedad te aísla. No sólo por las dudas de que yo sea culpable, la piedad también es una barrera. El ‘ay pobrecito’, es una cosa muy extraña que funciona para mal. Ser víctima también es un estigma.

Y a mí no me gusta el papel de víctima. Cuando la gente se me acerca me da pudor. He recibido cariño, muchos emails, llamados, pero no sé si quiero. En este minuto no quiero ver mucho a la gente. Lo agradezco y me entenderán los que son más amigos, pero quiero estar distanciado. Me produce pudor el cariño. Sobre todo, porque no quiero incomodar. Recluirme también tiene que ver con que no quiero incomodar. Yo sé que la gente es cariñosa, pero tampoco sabe qué decirte. No quiero hacer pasar a nadie por eso.

A veces me imagino situaciones. Por ejemplo, el primer día de la Rosa en el colegio. Creo que la gente va a ser cariñosa, pero todo me parece raro ahora. En el fondo, puedo tener un poquito de paranoia, porque estamos hablando de un caso que desde el día uno está claro. Pero es tan feo el nombre que se asocia con todo esto que, aunque sea de refilón, haber estado cerca es terrible.

Lo peor de todo esto ha sido ser acusado o formalizado por el que, para mí, es lejos el peor de los delitos. No existe nada peor. Matar a alguien, asaltar a un banco… esto es peor que todo eso. Que alguien piense por un segundo que yo puedo ser un abusador de menores, me sobrepasa. Y lo que eso significa para mi hija, para mis hermanos, para mi madre…

No sé cómo se hace para vivir con una marca así. Voy a tener que procesarlo. Me imagino que esto no se hace solo, que voy a necesitar ayuda”.

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“He tenido algunas desilusiones, pero de nadie en el centro de mi mapa del amor. Porque la parte medular no se equivoca.

Hasta hoy nadie me ha pedido perdón. Ni una sola persona. Lo de Canal 13 es curioso. El canal, el miércoles siguiente a mi detención, comete un ilícito súper claro: facilitación de medios materiales y económicos para la consecución de un delito. O sea, le regalan a esta señora que me acusa tres noches en el hotel Miramar, le ponen una van con chofer, la llevan a la peluquería. Todo, para tener la exclusiva de dos horas en el matinal. Cuando después apareció el video del casino, me llamaron de prensa, de Alfombra roja y de otros programas, todos me decían: ‘Se me cae la cara de vergüenza por lo que hizo el matinal’. Pero el rubio natural (Martín Cárcamo) y la señorita Tonka (Tonka Tomicic) no me llamaron. Tienen mi número y lo mínimo es llamar para pedir perdón.

Creo que esta es la experiencia más dura que me va a tocar vivir para la vida. La muerte de mi padre fue muchísimo más dura como experiencia puntual. Pero el tema aquí es que la muerte de un padre es parte del tejido de la vida. Ese tejido donde juega la realidad y la imaginación, donde uno puede imaginarse cosas bonitas o el peor de los horrores: que le pase algo a una hija. Pero esto, que me hayan acusado de abusar de una niña, se me arrancó de ese tejido y entonces, me cuesta mucho procesarlo, no sé por dónde agarrarlo. Nunca se me había ocurrido que algo así me podía llegar a pasar. No estaba dentro del guión de mi vida. Yo esa noche en Viña sólo quería ayudar a alguien, proteger algo que me parece sagrado, que son los niños, y termino siendo puesto en tela de juicio justamente por querer dañar a un niño.

Esto es un punto de inflexión en mi vida. La vida para mí cambió y es para siempre”.

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“Hoy, la vida me parece bastante más aburrida. Todo me parece más aburrido. Más triste. Sigo teniendo a mi hija y no mucho más que eso. Hay algo que se quebró. La vida tiene minutos en que lo pasas bien, pero ese lugar me es súper incómodo en este minuto y no creo que cambie.

Quedé un poco tenso con respecto al mundo. Quedé en un estado de tensión que quizás se me pase, pero el mundo me es hoy un poquito más ancho y ajeno.

No he logrado olvidarme de esto ni por un segundo. He pensado en otras cosas, pero siempre en paralelo a todo esto. Incluso sueño todo el rato con esta situación. He andado más agresivo y me da lata, porque terminan pagando mis más cercanos. Porque tengo ganas de mandar a todo el mundo a la cresta. Así es que mejor trato de tomar distancia.

Lo tengo claro: me voy a pasar una vida tratando de procesar por qué me sucedió esto a mí.

¿Y saben qué es lo más loco? Me voy a ir a la selva, al Amazonas, a tomar ayahuasca, voy a mandar a la chucha a todos los psíquicos de mi programa, que no me dijeron que esto se me venía, voy a ir donde (Pedro) Engel para que me explique qué mierda significan los números en todo esto… Necesito que alguien me explique por qué esa niña de nueve años nació el 30 de mayo, igual que yo. Y los dos somos víctimas de todo esto”.

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