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Opinión
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Actualizado el 10/09/2017
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Los nativos digitales

Autor: Ricardo Hepp

Lo que en un comienzo parecía divertido, hoy ya complica a lingüistas, académicos y a los periodistas que trabajan en prensa escrita. Se trata de los “nativos digitales” y de la forma como ellos se expresan en las redes. Son jóvenes que forman parte de la generación que nació en un mundo interconectado. La lectora Ana María Vergara escribe que ella exige a sus hijos que escriban bien y les corrige las tareas, pero pregunta: “¿para qué hacerlo si la guerra la están ganando los que escriben en las redes sociales?”.

La tendencia a escribir como se pronuncia, prescindiendo de letras o añadiendo otras (asta, aora), la eliminación de signos ortográficos (vienes?, chao!), la reducción de palabras a sus letras consonantes (dnd kdms?, tb tqm), las extensiones expresivas (bieeeen!!), las abreviaciones y el uso de símbolos (q, +o-), el empleo de palabras con mayúsculas para subir el volumen (WENA!!), y el creciente uso de emoticonos, son solo algunos rasgos de esta comunicación digital. El término emoticonos ya está acogido en el diccionario de la lengua como representación de una expresión facial que se utiliza en mensajes electrónicos para aludir al estado de ánimo del remitente.

La preocupación es real, pero no existe un remedio milagroso. El apego a la simplificación excesiva de la lengua está originando problemas entre los más jóvenes, situación que ha recrudecido desde que se trató el tema en 2014, en el marco de un simposio de Lengua y Periodismo, en España, que contó con el concurso de la Fundación para el Español Urgente. El desvelo radica en que las redes sociales podrían haber sido un fértil campo de entrenamiento para el periodismo y para otras formas narrativas. Pero eso no ocurrió. Académicos y estudiosos del idioma sostienen que si la corrección lingüística no la trata el sistema educativo -lo que parece difícil en los días que corren- no solo se simplificará la lengua, sino también el pensamiento…

¿Quién es el autor?
El lector Rodrigo Zárate S. expresa su incomodidad como lector de La Tercera por la publicación de una columna dominical de opinión bajo el título de “El Contribuyente”. Considera que “el autor de ésta se atribuye una representación parcializada, que no es compartida, al menos por mi”. Y, agrega: “no tengo problemas para leer opiniones o columnas que no comparto, pero cuando están claramente identificadas con la firma de sus autores”.

En muchos medios escritos, en todo el mundo, se publican columnas con seudónimos, que tienen una favorable acogida entre sus lectores. No hay que exagerar en el número, pero suelen tener un encanto especial, quizá por el misterio de su autoría o por alguna cualidad peculiar de estilo o humor.

Por definición, las columnas son escritos periodísticos que tienen un solo autor -que firma con su nombre o seudónimo- con determinadas formas y extensión, que entregan a sus lectores informaciones, elementos de juicio, comentarios, críticas y, a menudo, con una buena dosis de humor. Si el autor usa un seudónimo, su identificación está, desde luego, en conocimiento del director del medio o de los editores principales, y no se le exime de los cargos en los que pueda incurrir en la redacción de sus artículos.

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