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Actualizado el 22/02/2015
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Los últimos campamentos de damnificados del 27/F

Viven hace cinco años en las aldeas Fernando Paz, Maryland y San Juan, en Caleta Tumbes, porque el trámite para tener sus casas, edificadas hace dos años, aún no termina. Desde el 27/F, 26 niños han nacido mientras sus padres esperan un hogar definitivo. Exigen ser erradicados antes del invierno.

Los últimos campamentos de damnificados del 27/F

Son 26 los niños que han nacido en las tres aldeas que aún quedan en pie en caleta Tumbes, comuna de Talcahuano, tras el terremoto y tsunami del 27 de febrero de 2010. Para ellos el único hogar conocido, en estos cinco años, es la mediagua que entregó la Cruz Roja para hacer frente a la emergencia, y donde se emplazaron a 132 familias, divididas entre los campamentos Maryland (71), Fernando Paz (35) y San Juan (26).

Según datos del Ministerio de Vivienda, tras el terremoto se levantaron en el país 197 asentamientos de emergencia. Hoy solo quedan cinco, todos en la Región del Biobío: uno en Chiguayante y cuatro en Talcahuano.

La espera ha sido dura, según cuenta Lilian Bastidas, dirigenta de la aldea Fernando Paz, ya que la vista hacia el cerro desde sus mediaguas da justo al complejo habitacional en el que serán reubicados como solución definitiva. “Las casas están edificadas desde hace casi dos años, pero no tenían las conexiones de luz, agua y el sistema para eliminar los desechos, eso ha demorado su entrega. Ahora nos dicen que falta el papeleo y que el 30 de marzo tendrían listo el tema, pero no saben si se puede hacer el traslado. La gente está molesta y le hemos dicho a la autoridad que nos vamos sí o sí  en abril”, aseguró Bastidas, luego de la reunión sostenida el viernes recién pasado con las autoriddes locales. 

Catherine García, presidenta del campamento San Juan, dice que “lo único que esperamos es claridad, que nos digan cuándo nos vamos y organizarnos, porque ya estamos cansados. Todos queremos tener nuestra casa, que sea sólida, cómoda y saber que va a ser para siempre, porque aunque arreglemos las mediaguas con nuestra plata, sabemos que es pasajero”.

Por su parte, Virginia Marchant, dirigenta de la aldea Maryland, agrega que “acá nadie quiere volver a pasar otro invierno en la mediagua, pero si yo me voy a mi casa quiero que todo esté en regla para poder llegar, instalarme y hacer las ampliaciones que sean necesarias”.

La mujer reconoce que el proyecto que les tocó era complicado, porque involucra a personas que vivían en las caletas Canteras, Candelaria, Puerto Inglés y Cementerio Simbólico, cuyos terrenos pertenecen a la Armada, y que al perderlo todo les fue imposible regresar. Además, en el terreno donde se construyeron las nuevas viviendas se tuvo que cortar y aplanar parte del cerro y en la ladera se hicieron trabajos para hacer un camino de acceso. Una labor que ha tenido inconvenientes, como el ocurrido el año pasado, cuando la lluvia provocó un deslizamiento de tierra que inundó algunas mediaguas. 

MEDIAGUAS “ENCHULADAS”

Ya en la última etapa para tener sus casas, los habitantes de las aldeas relatan cómo se las ingeniaron para vivir en casas de emergencia. Virgina Marchant cuenta que la “única opción era ‘enchularla’ y ampliarse”. Ella modificó la mediagua de 18 m2, para aislar el dormitorio que usa junto a su marido, dejar espacio para la cocina y un comedor, además de hacer un dormitorio extra, que comparten sus hijas Maite, de nueve años, y Florencia. de tres años. Esta última es una de los 26 niños que han nacido mientras sus padres esperan por su hogar definitivo.

El ejemplo de Virginia se replica en las tres quebradas de Caleta Tumbes, donde se ubican las aldeas. Algunas casas de emergencia soportan un segundo piso, otras lograron hacer conexiones de agua desde los baños comunitarios y algunos instalaron pequeños locales que sirven de almacenes o de bodega para guardar las redes de los pescadores. 

Liliana Bastidas explica que “esto se fue dando porque hay familias de cinco o siete personas y es imposible vivir en una casa chica por tantos años. Entendemos que es complejo reconstruir, pero esto también se usa por un tema político, porque el periodo de elecciones y traspaso de gobierno fue tiempo perdido,  no se avanzó nada”.

Margarita Vergara, vive junto a su marido y su hijo Cristopher, de cinco años, en una de las primeras casas de emergencia de la aldea Fernando Paz. Relata que “ahora que se supone que falta menos para que nos pasen las casas, más lentos son los días. Mi hijo se crió acá porque lo tuve un día antes del tsunami, pero ya conoce su nueva casa y le gusta, siempre me pregunta cuándo nos vamos a cambiar. A mi igual me da pena dejar todo esto, porque también fue esfuerzo de uno, pero necesito mi casa, llego a soñar con mi casa”.

Margarita es una de las pocas vecinas de la aldea que pudo hacer un baño dentro de la mediagua, ya que la cámara de agua se instaló al lado de su hogar. Los demásdeben usar el receptáculo de baño que se les asignó y los adultos mayores tienen un baño químico al lado de su casa. Otras familias improvisaron duchas en la parte trasera de las viviendas.

El problema, afirma Virginia, “se da en invierno, porque acá no llega el sol. Uno es adulto y puede soportar esas incomodidades, pero los niños o los abuelitos no. En invierno llevo a mis hijas a la casa de mi mamá, en Talcahuano, para que se duchen. Lo único que quiero es un baño, tener el baño dentro de la casa es impagable”.

Y añade: “a mí me preguntan cómo vamos a conmemorar el 27/F. ¿La verdad? nosotros no lo hacemos. Queremos tener nuestras casas y olvidarlo, porque además de perderlo todo y perder a dos de nuestros vecinos en el tsunami, llevamos cinco años viviendo el 27/F”.

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