La Tercera

Los últimos días del Che, a 50 años de su muerte

El cuerpo del Che Guevara, en la lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta, en Vallegrande, el 10 de octubre de 1967.

Todo el pueblo, en el Abra del Picacho, había escuchado los rumores: en esta zona, enclavada en el valle boliviano, unos extranjeros estaban enfrascados en una guerra de guerrillas. Pero ese 26 de septiembre de 1967, nadie estaba para cuentos, sino que para festejar a la Virgen de las Mercedes. La fiesta llevaba varios días y el esposo de María Barón Espada, una campesina de 25 años, estaba con una tremenda resaca (chaqui). Por eso, aquella mañana, alrededor de las 8.00, la mujer le preparó cuatro huevos para intentar revivirlo. Pero en eso comenzaron a desfilar varios guerrilleros enfrente de su casa, de adobe y arriba del monte. Uno de ellos le llamó especialmente la atención y le preguntó quién era. “Yo soy el Che Guevara, soy médico, y si me dejan en paz puedo curar a la gente de aquí”, respondió.

María Barón, ahora de 75 años, sigue viviendo en el Abra del Picacho, un caserío justo encima del poblado de La Higuera, en el departamento de Santa Cruz. “¿De dónde viene?”, insistió la mujer. “Venimos pasando, cazando monos y loros para comer”, comentó Ernesto Guevara, que había llegado a Bolivia a fines de 1966, plena Guerra Fría, para crear un foco guerrillero con la idea, nunca confirmada, de llevar su lucha a Argentina, o bien para crear columnas que se esparcirían hacia el resto de Sudamérica o para liderar una “escuela de guerrillas”. En cualquier caso, a esa altura el Ejército boliviano, en pleno régimen del general René Barrientos, lo tenía prácticamente cercado.

María Barón.

Esta campesina cuenta que los huevos que con tanto ahínco preparó para su esposo se los terminó dando al Che, quien le pidió agua para lavarse las piernas. “Su carne se estaba pudriendo. Se ha lavado bien”, señala. Luego, en lo que sería la última “celebración” de la guerrilla, el Che terminó bailando Atá tu perrito, del folclor boliviano, con la lugareña Erlinda Galeán. Se les ofreció chicha, pero los guerrilleros no quisieron.

Alrededor de las 10.00, el Che y su columna enfilaron hacia La Higuera. Pero el pueblo, de unas 15 casas, estaba vacío. Corría el rumor de que los guerrilleros mataban a los hombres y violaban a las mujeres. “Lo mirábamos por el hueco de las puertas, pero no sabíamos que era el Che. Estuvieron media hora y el Che no charló con nadie. Teníamos miedo”, recuerda Irma Rosado Carrizales, en su pequeño local de abarrotes en La Higuera.

Irma Rosado

Ese mismo día, la guerrilla sufrió tres bajas y no tuvo más alternativa que refugiarse en una serie de quebradas justo debajo de unas empinadas colinas. Pero la situación era crítica. El asma no dejaba respirar al Che, se había perdido la conexión con La Habana y con la red urbana, los 17 hombres que en ese momento acompañaban a Guevara tenían sed y hambre, algunos estaban enfermos y nada resultaba. “El mayor error del Che fue dividir en dos la columna. Nunca volvieron a reunirse”, confiesa Eusebio Tapia, el último sobreviviente boliviano de la guerrilla.

En su diario, el propio Che resumió así su situación a fines de septiembre: “Debiera ser un mes de recuperación, y estuvo a punto de serlo, pero la emboscada en que cayeron Miguel, Coco y Julio malogró todo y luego hemos quedado en una posición peligrosa. Tuvimos pequeños encuentros en que matamos un caballo, matamos e herimos un soldado y Urbano se tiroteó con una patrulla y la nefasta emboscada en La Higuera”. A esa altura, la guerrilla había soltado todas sus mulas. La idea era alcanzar Río Grande, a unos dos kilómetros en línea recta, entre árboles quiñales, por la Quebrada del Churo (o Yuro), de no muy frondosa vegetación.

Mientras los guerrilleros esperaban, Virgilia Cabrita, conocida como “la enana” en esta zona del valle, les dio refugio y alimentos. “La enana los abastecía. Yo los veía ahí a los guerrilleros, entre mi huerto de lechugas y mis papas”, sostiene Cresinda Zárate, cuyo esposo ayudó a la guerrilla. “Pero Pedro Peña, un campesino con quien compartíamos las papas, los delató”, agrega esta campesina, que dice conservar el cinturón del Che.

Cresinda Zarate.

“Valgo más vivo que muerto”

El 7 de octubre, cuando la guerrilla llevaba 11 meses en Bolivia, el Che escribió en su diario: “Una vieja, pastoreando sus chivas, entró en el cañón en que habíamos acampado y hubo que apresarla. La mujer no ha dado ninguna noticia fidedigna sobre los soldados. A las 17.30, Inti, Aniceto y Pablito fueron a la casa de la vieja que tiene una hija postrada y una medio enana; se le dieron 50 pesos con el encargo de que no fuera a hablar ninguna palabra, pero con pocas esperanzas de que cumpliera sus promesas”. Eso fue lo último que apuntó en su bitácora.

De todos modos, fue el campesino Peña quien dio aviso y pronto las tropas al mando del capitán Gary Prado irrumpieron en las tres quebradas donde se encontraban los guerrilleros. “La mañana del 8 de octubre recibí la llamada del subteniente Pérez, que estaba en una localidad próxima a la mía, en La Higuera. Él me llama por radio y me dice: ‘Aquí está un campesino que viene con información de que anoche ha visto pasar a los guerrilleros al lado de su casa, los ha contado y coincide todo’”, cuenta Prado.

El capitán boliviano se lanzó a apoyar a Pérez y dio curso a una operación de bloqueo y registro en la Quebrada del Churo, con 70 soldados. En una falla geográfica justo donde la quebrada da una vuelta, Prado montó una ametralladora, un mortero y seis soldados. Los guerrilleros estaban embotellados. De pronto, unos 15 metros más allá, ya pasadas las 9.00, Prado escuchó: “¡Mi capitán, aquí hay dos!”.

-¿Quién es usted?, preguntó Prado.

-Soy el Che Guevara. No me maten, valgo más vivo que muerto.

Entonces, Prado pidió que amarraran a un árbol al Che y a un guerrillero de nombre Willy. Al rato, Guevara le solicitó una venda para curar una herida, ya que había recibido un disparo en su pantorrilla derecha. También pidió cigarrillos, pero como eran muy suaves, les pidió a los soldados unos marca Astoria, más fuertes. “¿Puedo tomar agua?”, le dijo el Che al capitán. “Y le pasé mi propia cantimplora, porque pensé que podía echarle unas pastillas y suicidarse”, cuenta Prado, en su casa en Santa Cruz de la Sierra. El Che llevaba una mochila, dos morrales, una carabina M-1, una pistola alemana calibre 9mm sin cargador, una olla con cuatro huevos, su diario, varios rollos fotográficos sin revelar y dos libros.

El Che y Willy subieron a duras penas desde la quebrada hasta un sendero y por la tarde llegaron a La Higuera. “A las 17.00, más o menos, lo vi pasear cojeando. Ahora sí sabía que era el Che. Los pusieron en la escuela”, recuerda Irma. A 60 kilómetros de La Higuera, en Vallegrande, el reportero boliviano del diario Presencia, José Luis Alcázar, logró enterarse de la captura y transmitió la primicia mundial vía un telegrafista en código Morse.

Esa noche, Prado ordenó que un subteniente vigilara al Che y él mismo sostuvo largos diálogos con él. “Le dije que un tribunal de Santa Cruz lo juzgaría. También en un determinado momento me pidió que le guardara dos Rolex que llevaba”, dice Prado. “¿No puede dormir, capitán?”, le preguntó el Che. “No es fácil después de todo lo sucedido. ¿Y usted tampoco duerme?”, replicó Prado. “No, ya he olvidado lo que es dormir tranquilo”, respondió.

En La Paz, todo era nerviosismo. El comandante Joaquín Zenteno estaba al mando y a La Higuera se habían desplegado más hombres, entre estos el agente de la CIA Félix Rodríguez y un helicóptero.

La enfermera del Che

En la mañana del 9 de octubre, Barrientos dio la orden de matar al Che. El soldado Mario Terán fue el encargado de dispararle. “Apunte bien, que va a matar a un hombre”, habría dicho el Che, pero Prado sostiene que no hubo diálogo.

La carabina automática M2 de Terán disparó una ráfaga contra el Che y el disparo mortal se lo habría dado en el corazón el subteniente Carlos Pérez, según Alcázar. En La Higuera y Vallegrande aún se comenta que también recibió un disparo en el cuello.

Así luce hoy el pueblo boliviano de La Higuera, donde el Che Guevara fue ejecutado el 9 de octubre de 1967.

El cadáver del Che fue puesto en una camilla, la que fue amarrada a una de las patas del helicóptero. Pasadas las 13.00, el Ejército informó que el guerrillero había “muerto en combate”, teoría que luego se les haría difícil de sostener y que generó que todo Vallegrande esperara su arribo. Por la tarde, a las 17.00, el cuerpo llegó al poblado. Ahí, Alcázar cuenta que tocó su mano y aún estaba tibia.

El cadáver fue llevado al Hospital Nuestro Señor de Malta. Ese día, la enfermera Susana Osinaga estaba de turno y le encomendaron lavar el cuerpo del Che. “Recuerdo que tenía una bala en el pecho. No tenía sangre en ninguna parte. Le hemos sacado toda su ropa, sus botitas plomas hasta media pierna, sus calcetines, la chamarra, la polera, todo le hemos sacado. Lo lavamos con jabón y lo secamos bien con una toalla. Le hemos puesto un pijama nuevito debajo, lo hemos arreglado bien en la camilla y se quedó ahí. Le hemos cortado su cabello y su barba. Parecía Cristo”, cuenta desde su almacén en Vallegrande.

Enfermera Susana Osinaga.

La limpieza del cuerpo ha sido considerada como el mayor error cometido por el Ejército boliviano en su afán por exponer el cuerpo como señal de triunfo. Ello, porque desde ese momento transformó a un revolucionario derrotado en un mito. A la mañana siguiente, el 10 de octubre, el cuerpo fue expuesto en la pequeña lavandería del hospital. No sólo lo fotografiaron, sino que cientos de personas desfilaron para verlo, entre éstas Aída Rivera, de entonces 23 años. “Estaba con su chamarra, despeinado. Daba la impresión de que el Che la miraba a uno”, cuenta.

Lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta, donde fue expuesto el cuerpo del Che.

Fue el médico José Martínez, uno de los que practicaron la autopsia, quien confesó, borracho, a un grupo de periodistas, que Guevara había muerto a tiros. En medio de este ambiente de conmoción y ya entrada la madrugada, el cadáver del Che desapareció. Fue enterrado de noche el día 11 en la más completa clandestinidad, junto a Willy y el Chino (guerrillero peruano), en un terreno eriazo cerca del autódromo del pueblo. Algunas fuentes sostienen que intentaron quemar el cadáver, pero les fue imposible.

Meses después, Pombo, Urbano y Benigno, los tres cubanos sobrevivientes de la guerrilla, lograron escapar a Chile. Recién 30 años más tarde se encontraron los restos del Che. Pero esa es otra historia.