La Tercera

Luciano Cruz-Coke, de entrada y salida en el teatro

Mucho antes de que su nombre figurara entre quienes irán tras un cupo parlamentario por el apetecido Distrito 10 (Santiago, Providencia, Ñuñoa, Macul, San Joaquín y La Granja), el actor, ex ministro de Cultura y uno de los fundadores de Evópoli, Luciano Cruz Coke, ya había pactado su regreso a los escenarios. En 2010, el también gestor de 47 años hizo su última aparición en teatro, en una versión de Moscas sobre el mármol de Luis Alberto Heiremanns que dirigía Alejandro Castillo. “La presentamos en una iglesia en calle Gamero, y a los pocos días Sebastián Piñera me llamó para ofrecerme ser ministro, así que el traspaso de un oficio a otro fue rápido”, recuerda.

Al término de su gestión, Cruz-Coke pensó en volver al teatro, y aunque tardó en hacerlo, desde mayo pasado y hasta el 5 de noviembre protagoniza en el Mori Parque Arauco Los vecinos de arriba del cineasta español Cesc Gay, dirigida por Alejandro Goic. “La comedia es un terreno complejo de explorar para un actor, ya que se corre el riesgo de subrayar e ir más allá de lo que la obra requiere, y transformando el humor en algo farsesco”, dice: “En esa misma línea, teatro y política han estado vinculados desde siempre. Las sociedades necesitan verse representadas escénicamente, a pesar de que digan que el teatro es un enfermo agonizante”.

El caso de Lastarria 90

En las últimas semanas, distintas voces de la escena local han expresado su molestia en redes sociales ante el estado actual de la que fue su sala, Lastarria 90, inaugurada en 2001 junto a su socio, el actor Felipe Braun, y que hoy está convertida en una cafetería Starbucks. “Buen ejemplo de la politización cultural de privatización de la cultura”, comentó el director del Teatro Nacional Ramón Griffero en su cuenta de Facebook el 9 de septiembre: “La infraestructura de Lastarria 90 recibió aportes del Consejo de la Cultura para realizar un centro escénico (y) hoy es un café. ¿Los fondos fueron devueltos? No, sin duda. Solo la inversión pública es perenne. Las bibliotecas no se vuelven McDonalds”. La publicación fue replicada casi 400 veces.

El espacio recibió $15 millones del Consejo de la Cultura en 2003 para su acondicionamiento, $57 millones más en la línea de Desarrollo de Infraestructura Cultural del Fondart en 2004, y otros $110 millones para habilitar una sala de cine en 2007, también por fondos concursables. “Estamos a la espera de un gestor”, declaró Cruz-Coke en una entrevista meses atrás, poco después de que la misma sala, que alguna vez fue sede de la Escuela de Teatro de la UC y el Teatro Aleph, fuese desocupada por el Duoc tras cuatro años de arriendo (2012-2016).

“En 2010, y por razones evidentes, se arrendó al café Wonderful cuando asumí como ministro. Ni Felipe ni yo podíamos seguir a la cabeza del teatro porque era incompatible una cosa con la otra”, dice el actor: “Dos años después llegó el Duoc, y ellos trataron de seguir adelante con la escuela y su propia cartelera, pero ese no era el proyecto que habíamos pensado para la sala.

Una vez que el Duoc decidió irse al teatro que era de Alfredo Castro (La Memoria), con Felipe tuvimos conversaciones con varias otras escuelas y gestores, pero nadie se decidió a hacerse cargo. Ahí fue cuando decidimos arrendar la sala a Starbucks”.

¿Qué pasa cuando el Estado no es capaz de mantener una sala por la que ha tomado parte para su puesta en marcha?

Es natural que el Estado aporte en proyectos con plazos y objetivos definidos, y debe haber un control no solo desde el CNCA sino desde la Contraloría. Cada proyecto teatral es distinto, y Lastarria 90 cumplió un virtuoso ciclo de 12 años, se prestaba gratuitamente (las compañías solo costeaban luz y agua) y por ahí pasaron más de 250 grupos jóvenes que no tenían dónde presentarse. Básicamente, ese teatro se mantuvo gracias al aporte de los dueños, Felipe y yo, además de fondos públicos y privados (como Fundación Andes, Minera Escondida y CCU, a través de la Ley de Donaciones Culturales). Estando inhabilitados desde 2010 para gestionarlo, era natural que los auspiciadores dejaran un proyecto que dependía de la gestión de Felipe Braun y mía. Y cuando decidimos liquidar el teatro, donamos 90 butacas retráctiles, proyectores, pantallas, equipos de audio y focos a dos instituciones culturales, con el objeto de que esos equipos cumplieran el fin para los cuales fueron entregados.

¿El contrato con Starbucks es indefinido o tiene plazo de término?

Tiene fecha límite, pero no podría señalar cuál, pues los contratos son privados y hay acuerdos de confidencialidad. De todas formas hemos hablado con Felipe al respecto, y no sería nada raro que intentáramos reabrirlo algún día, siempre y cuando estemos dedicados a la gestión.

Como ex ministro y ahora como candidato, ¿cree que el Estado debe adoptar otro rol en la sostenibilidad de los espacios culturales?

Es viable que las instituciones culturales puedan generar financiamiento combinando tres factores para apalancar recursos: apoyo estatal, apoyo privado y el tercero por la vía de recursos generados por venta de entradas y actividades comerciales compatibles, en el marco de un programa que determine objetivos en plazos de entre 3 a 5 años, renovables por periodos similares y luego de un análisis de cumplimiento y rendición. Así sucede en Reino Unido o Nueva Zelandia, a través de lo que llaman Regularly funded institutions, que se relacionan con el Estado desde una forma regulada pero muy independiente y permitiendo, sin embargo, convenios de mediano plazo, que es el problema que presenta hoy la anualidad en los concursos de proyectos y que requiere una revisión profunda. Es de esperar que el próximo ministerio, proyecto que impulsé desde su inicio y que hoy es una realidad, genere estos ajustes necesarios para el mejoramiento del sistema de fondos públicos en cultura y evite más pérdidas como ésta.