La Tercera

Marco Antonio de la Parra: “A mí me hacían bullying”

Todo esto tiene que ver con mi lamentable pasión por la lectura: empecé a leer solo muy chico, entonces mis padres deciden meterme antes en el colegio, con cinco años a lo que hoy sería primero básico. Era el menor y muy nerd. Mis compañeros tenían casi dos años más y sabían más cosas de la vida. Pero era un colegio chiquito, frente al hospital J.J. Aguirre donde trabajaba mi padre, mixto y bien personalizado. Desde ahí pasé a los nueve años al Instituto Nacional -exigente, muy de machitos y competitivo- a quinta preparatoria, siempre adelantado. Fue una pesadilla: en ese lugar, que es como una máquina de bestias, dado que yo no decía garabatos ni sabía pegar puñetes, se decidió que yo era gay, lo que además no siéndolo, se convirtió en un enredo para mí.

Paralelamente nos cambiamos de casa y ahí se produjo otro fenómeno bien doloroso, porque en el barrio nuevo yo también era el más chico y era torpe, sobre todo con las niñas. Entonces era el gay del curso y el tonto del barrio. Es bien triste tener tus dos espacios principales bloqueados durante la adolescencia. Vivía entre golpes, peladillas y burlas permanentes.

Yo detestaba el colegio. Tengo grabado un momento en que iba llegando a la escalera para subir a mi sala y me puse a llorar. Me daba horror entrar a la clase. “¿Qué me va a pasar hoy?”, era lo que pensaba. Me acuerdo de ser completamente escupido por el curso. Podía ser eso o que te hicieran simulacros sexuales, que te llevaran al baño a pegarte para que dijeras garabatos… Pensar que años después me censurarían (la obra) Lo duro, lo cocido y lo podrido alegando que decía muchos garabatos. La vida es tan rara.

Como la mayoría de las víctimas de bullying me daba vergüenza contarles a mis papás. Mi refugio era la biblioteca, el mundo de los libros me protegía y me pasaba leyendo. En cambio, mi relación con los deportes era complicada porque esa era una zona peligrosa, ahí venían las molestias en los camarines, el tonteo en la cancha.

Todo tendría su venganza, con el tiempo empezaron a pasar cosas. Como a los 13 años como era tímido y corto de genio, decidí entrar a la academia de teatro -cosa que para mis compañeros fue la confirmación de que era gay- y a la de letras. Esos dos espacios me salvan la vida: primero porque eran mixtos, y por ende me sentía mucho más cómodo y también porque me va muy bien y lo empiezo a pasar estupendo. Lo que yo escribía era apreciado, respetado, venía un reconocimiento.

Un día, además, se me acercaron dos compañeros: “Tú eres un hombre inteligente. Siéntate con nosotros”, me dijo uno. Eran Servet Martínez, hoy Premio Nacional de Ciencias Exactas, y Roberto León que es médico. Ellos tenían un grupo chico como de bacanes –no se usaba la palabra en ese tiempo- intelectuales y sumarme a ellos fue un momento clave porque apareció como una protección media gangsteril. Estoy agradecido y por eso lo menciono.

En esa época empecé a resistir mejor el bullying, me importaba menos y ya eso me hacía sentir mejor. El miedo ya no me habitaba como antes. Se agregó que como yo dibujaba bien, algo heredado de mi madre, y empecé a hacer caricaturas, afiches de las kermesses, fiestas lo que incluso me permitió reírme de los profesores, de los compañeros. Y luego tuve una pelea muy ridícula en el cerro Santa Lucía, en la que dejé a un compañero con sangre de narices lo que se transforma en mi triunfo absoluto. A partir de eso se acaban las burlas. Y bueno, cuando salí del colegio, el único del barrio que queda en la universidad soy yo, por lo que el tontito se acabó de un día para otro.

En la Escuela de Medicina fue muy distinto, ahí eran todos nerds. Me metí a la academia de teatro, monté una de letras, hice mi primer estreno, tuve un grupo musical. No sé cómo aprobé la carrera con las notas que tuve pero lo pasé bomba.

Pero sólo muchos años de análisis y tiempo logran borrar esta experiencia, porque la huella es mucho más perenne y duradera de lo que uno supondría. Una vez, uno de los peores matones del barrio llegó a venderme seguros a mi consulta. “¿Tú crees que te voy a comprar un seguro?”, le contesté: “Me jodiste toda la adolescencia”. Me pidió disculpas pero too late, baby. El bullying deja una secuela como la del abuso. Uno queda con sensación de pánico a los grupos, a los enfrentamientos y además afectó muy seriamente mi capacidad de ser confrontacional y de expresar la rabia. Me costó años aprender a golpear la mesa. Siento que al final desarrollé otras habilidades para intentar mandar pero mi manejo de la autoridad es débil. Es algo que a veces he lamentado cuando he estado en cargos de autoridad. Cuando tengo que ser duro aparece algo de ese niño aterrado que subía la escalera del colegio preguntándose “¿qué me toca hoy día?”. Eso, por otra parte, me ha permitido ayudar como siquiatra a gente que también tiene secuelas de bullying.

Cada 10 de agosto cuando se celebra el aniversario del Instituto Nacional, los cursos se juntan. Yo obviamente no voy, ¿qué voy a ir a hacer allá? A Servet, a León y a Rubén Martínez, que era un chico con que coincidíamos en la micro, son a los únicos que recuerdo con real afecto. Algunos de mis ex compañeros tienen la teoría de que no voy por vanidad, porque me creo, pero es que lo pasé demasiado mal.

Quizás eso de la vanidad tenga que ver con esta defensa, esta coraza de subirme la autoestima a través del mundo de la escritura. Es ahí donde me siento mejor, en los logros creativos. Hace años que arrastro un libro sobre el miedo en la adolescencia. Me ha costado mucho, estoy tan metido que las escenas no despegan. Es una novela y tengo como 200 páginas pero lo corrijo, la editora la revisa, pero está extraño, algo falta. Estoy esperando para poder contarlo.

“Es terrible ser inteligente en la clase y tonto en el recreo”, dice un amigo y tiene razón. Afuera de la sala se necesitan otras habilidades que nadie te enseña. Yo con mis hijos mayores me preocupé mucho por ejemplo de que fueran eximios futbolistas, porque eso ayuda. Con mi hija somos muy cercanos, pero me costó más poder ayudarla. El más chico vive en España, tiene 13 años y con él estamos conversando sobre cómo descubrir sus talentos, sus poderes. Preguntarse en qué eres mágico, distinto y cómo puedes convertir esa diferencia en algo potente. A mí me salvó la vida descubrir mis talentos y desde ahí defenderme con ellos.

*Marco Antonio de la Parra es médico siquiatra, escritor y dramaturgo. Acaba de recibir el premio Isidora Aguirre a la trayectoria en teatro. Este fin de semana estrena Crimen, una adaptación que hizo de la novela Crimen y castigo dirigida por Francisco Krebs en el Teatro Finis Terrae.