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Actualizado el 16/12/2016
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Más pudientes y más solos

Autor: José Miguel Jaque / Fotos: Marcelo Segura

Ese es el diagnóstico sobre los chilenos de la sicóloga Mariane Krause, quien dirige un centro dedicado a investigar la depresión en Chile. Dice que la plata no ha hecho la felicidad de los chilenos, y que si queremos reducir las altas tasas de depresión hay que fortalecer las relaciones sociales.

Más pudientes y más solos

Según el Minsal, dos de cada diez chilenos presentan síntomas depresivos (17, 2 por ciento), una de las tasas más altas a nivel mundial de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud. A esto se suma que hace poco un informe de la Superintendencia de Salud dijo que la depresión, la ansiedad y el estrés son la primera causa de tramitación de licencias médicas, superando a las enfermedades respiratorias que históricamente ocupaban ese sitial.

La sicóloga Mariane Krause lleva diez años estudiando las características de esta enfermedad en los chilenos. Dice que entender la depresión requiere de un enfoque multidisciplinario para saber cómo se relaciona con la genética, la cultura o la sicología, y eso fue en parte lo que le interesó de este problema tan relevante para la salud pública hoy en Chile. Profesora titular de la UC, desde hace dos años dirige el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (Midap), un centro científico donde un grupo de sicólogos, siquiatras y profesionales de la salud hacen distintos análisis y desarrollan iniciativas para prevenirla en jardines infantiles, colegios y con mamás, inculcándoles, entre otras cosas, la importancia del apego con los hijos desde edades tempranas como factor protector.

Uno de los descubrimientos sobre la depresión chilena es que esta enfermedad se distribuye desigualmente en los distintos sectores de la población. Por ejemplo, por género: por cada tres mujeres que la padecen, hay sólo un hombre con depresión (aunque la tasa de mortalidad por suicidio es cuatro veces mayor para ellos). Esa distribución en prevalencia también se da en otros países y en Chile se explica por condiciones biológicas y de contexto. “Esto se produce en la edad en que ellas están sometidas a una sobrecarga por el doble rol de la crianza y la vida laboral, entre 25 y 45 años”, dice Krause.

También ocurre si se analizan los distintos niveles socioeconómicos donde se encuentra que en el quintil de menores ingresos hay un 25 por ciento de personas con síntomas depresivos, mientras que en los con más altos recursos la cifra cae al ocho por ciento. Esa, en cambio, es una realidad particular de este país, asegura la sicóloga, porque en naciones con un PBI per cápita más bajo que Chile -como Brasil- la gente tiene menos depresión y en el norte de Europa ocurre justo lo contrario y hay más personas que sufren este problema en los sectores acomodados. “La explicación es que el tipo de desarrollo de la sociedad chilena va afectando la sintomatología depresiva”, explica.

¿Qué significa eso?
Chile se ha desarrollado cambiando desde una sociedad más colectivista, en términos de las relaciones entre las personas y el sentido de comunidad, hacia una más individualista, lo que nos lleva a romper lazos sociales que son los que protegen contra la depresión. Entonces tenemos un chileno más pudiente, si tú quieres, pero infinitamente más solo y con valores donde priman los logros personales por sobre los colectivos.

¿O sea que la plata no hace la felicidad?
La plata no hace la felicidad y menos si crees que la felicidad depende sólo de ti mismo. Hicimos estudios que muestran que el chileno hoy, si lo comparas con el de hace 10 o 20 años atrás, cree que la felicidad, el éxito o el fracaso en la vida son responsabilidad exclusiva de él, y hay una relación super establecida a nivel científico entre los vínculos y el apoyo social de una persona, y la fragilidad de esa persona ante cualquier hecho duro o traumático. Es decir, si tienes un buen colchón de gente que te apoya y te sientes parte de un todo, aunque te pasen cosas terribles, probablemente no te vas a deprimir.

¿Qué ha pasado con ese colchón?
Los estudios muestran que estas redes de apoyo las hemos ido destruyendo, se han ido mermando y nos hemos ido aislando. A pesar de que el Estado lleva ocho o diez años invirtiendo en tratamientos contra la depresión, esta enfermedad no ha disminuido nada. Es muy relevante que el trabajo preventivo apunte a fortalecer los vínculos sociales.

¿Ha sido plata perdida?
No. La política de salud ha frenado el crecimiento de la depresión en el país, lo que pasa es que hay más casos nuevos, porque las terapias son efectivas en un porcentaje cercano al 50 por ciento. La hipótesis es que si no hubiéramos tenido esta política de salud estaríamos en el veintitantos por ciento en vez del 17,2. No es que esté mal lo que estamos haciendo.

¿Cómo afecta en lo cotidiano esa relación entre depresión y desigualdad?
A través de algo que técnicamente llamamos “estresores”, que son las demandas de la vida cotidiana y que están exacerbadas, como los problemas económicos, el transporte o la angustia que genera en el día a día el hecho de no tener un colchón y no saber exactamente cómo vas a resolver tus problemas al día siguiente. Imagínate a unos padres de familia que están criando hijos en una permanente precariedad. Súmale a eso que en los sectores de menos ingresos en Chile a veces se concentran otros problemas, como violencia o delincuencia. Si le agregas que los colegios a los que asisten estos niños tienen más de 40 alumnos por sala y no tienen atención o dedicación personalizada, ese niño en su colegio no está muy protegido. Si además, por la razón que sea, es objeto de bullying, no solamente tienes padres mucho más vulnerables a la depresión y que a su vez les transmiten eso a sus hijos, sino también un niño que por su ambiente social es más vulnerable a la depresión también.

¿Cómo pueden esas personas romper el círculo de la pobreza?
Es importante entender que si bien hay características individuales que pueden influir, el círculo de la pobreza se tiene que romper desde el país, desde el Estado y desde los gobiernos de turno. No puedes cargarles a personas individuales que salgan de la pobreza; necesitas buenas herramientas para eso, desde competencias hasta recursos que tengan sustentabilidad en el tiempo, como capacitación o micropréstamos para que emprendan. En Chile la salida de la pobreza no es un tema sólo de inyectar recursos, sino de entregar herramientas para que las personas puedan trabajar después.

Hay otro cruce interesante: sabemos que han aumentado los hogares monoparentales, especialmente de mujeres, y si ellas tienen más depresión que los hombres, ¿qué pasa con esos niños?
Lamentablemente tienen una mayor fragilidad para que les pasen cosas. No quiero estigmatizar a nadie, pero sí en un hogar monoparental ese padre o esa madre está con mucha más carga y necesita un apoyo de su contexto. Hay países donde los hogares monoparentales reciben mucho más apoyo de sus municipios, por ejemplo, y ahí no existe el problema.

¿Cómo saber si una pena o un dolor es depresión?
Cuando permanece en el tiempo y se asocia a síntomas aparte de la baja de ánimo, como el trastorno del sueño, del apetito, la sensación de que nada vale la pena en la vida y el aislamiento. El problema es que la depresión es un círculo vicioso porque estar vinculado con los demás es un gran factor protector, pero la misma depresión hace que la persona se vaya aislando.

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Hacia afuera mejor

Una de las líneas de investigación del Midap ahonda en la efectividad de las terapias. Hace poco, Krause dictó un taller en Europa a expertos de Suiza y Alemania sobre la disposición de los pacientes en terapia a cambiar. “Es super loco porque uno dice ‘Chile es un país tercermundista cayéndose de la cola de la OCDE’, pero tenemos ciertos conocimientos que incluso podemos exportar y este es uno de ellos”.

Sobre esto, uno de los hallazgos del Midap es que hay rasgos de personalidad que favorecen que las terapias sean efectivas y otros que llevan a dejarlas. “Hay estilos de personalidad que son altamente autocríticos, que tienden al aislamiento y a las soluciones individuales. El nombre técnico es introyectivo, y en esas personas los tratamientos habituales no funcionan y lo más probable es que abandonen la terapia o que, los que se queden, tengan peores resultados que quienes son más dependientes de las relaciones interpersonales. En las personas más volcadas hacia afuera sí es más efectivo el tratamiento”.

¿Es más fácil pedir un fármaco?
La política nacional señala que las depresiones leves deben ser tratadas con sicoterapia, y en las moderadas y severas se indica tratamiento combinado de fármacos con sicoterapia. Me parece complejo porque para mejorarte tienes que cambiar tu estilo de vida, la forma de relacionarte con el mundo y contigo mismo, no atacar sólo el síntoma. Ahora, es verdad que no toda la gente quiere ir a terapia o se le hace difícil hacerla, porque es más fácil tomarse una pastillita que recorrer todo Santiago para ir a un sicólogo.

¿Por qué el Estado debiera invertir en un centro como el suyo?
Porque necesitamos entender a cabalidad este fenómeno en Chile. La depresión tiene un altísimo costo para el país porque no es sólo el tratamiento, sino que provoca ausentismo laboral y hoy es la primera causa de licencias médicas. Además, la depresión se irradia al resto del grupo familiar. Convivir con alguien con depresión por un tiempo largo empieza a atentar contra la salud mental de quienes lo circundan, partiendo por los hijos. Nos cuesta tan cara la depresión que cualquier inversión la vamos a tener de vuelta con creces.

¿Qué medidas concretas tomaría para combatir la depresión en Chile?
Invertiría en la calidad de vida de las familias chilenas con menos recursos. Les regalaría tiempo. Una de las consecuencias de nuestro estilo de desarrollo es que no queda tiempo para la familia o para los amigos, y eso se repite en distintos niveles sociales, pero donde se concentra la pobreza es mucho peor porque tener alimento y techo es prioritario, entonces el tiempo libre es la nada. Fíjate en este dato: la depresión en Chile se concentra más en zonas urbanas que en rurales, y uno se preguntaría por qué, si en el campo quizás hay menos acceso a cosas. Sí, hay menos acceso, pero hay más tiempo.

¿Qué más?
También invertiría en las condiciones de traslado en la ciudad, que son un atentado a la calidad de vida. Los chilenos trabajamos demasiadas horas (44,5 a la semana) en comparación, por ejemplo, con las 38 horas semanales en Alemania. Si le sumas el enorme tiempo de traslado al inicio y al final del día, esa persona (hombre o mujer) llega a su casa exhausta, enojada, con cero ganas de jugar con sus hijos. Entonces, invertiría todo lo que tenga que ver con la calidad de vida.

¿Tenemos menos tiempo libre o queremos hacer demasiadas cosas en nuestro tiempo libre?
Hay una presión social de llenar con horas estructuradas el tiempo libre, y eso atenta contra las relaciones humanas. Eso también está super presente en uno de nuestros estudios, que mostraba la reducción del espacio de ocio. Nuestro tiempo libre está saturado con el “hacer” y poco con el “estar”. Si estás con actividades pauteadas todo el rato igual estás solo.

Con todo lo que ha estudiado y visto, ¿a qué conclusión llega?
Que un problema como la depresión es un problema de todos y, además, nos afecta a todos porque impacta la economía del país. Ahora, si entendemos que es de todos, tenemos que abordarlo multidisciplinariamente y el Estado tiene que hacerse cargo de que vayan disminuyendo las condiciones que la hacen más favorable.

¿La vemos como un problema de todos?
No, porque acá todavía se hace responsable a la víctima de la situación. Mientras no entendamos que la depresión se produce en un contexto que es social y que a su vez ese contexto tiene que ver con cómo distribuimos los ingresos o con los problemas de acceso al trabajo, se lo vamos a imputar a la persona. Es cierto que hay personas que son más vulnerables que otras, pero eso tiene que ver con su historia de vida y esa historia, a su vez, tiene que ver con el contexto. Entonces, hay que entenderlo como un problema nacional. A Chile le cuesta llegar a eso pero lo ha hecho con otros temas, por ejemplo, con la Teletón, que instaló en la conciencia pública que la discapacidad era un problema de todos y no de los “pobres discapacitados”. Lo mismo tiene que pasar con la depresión: es un problema de todos.

¿Le ha tocado vivir la depresión de cerca con algún pariente, amigo o usted misma?
Es imposible pasar por este mundo sin haber conocido a alguien que tenga o haya tenido depresión porque la prevalencia es tan alta. Entre mis amistades por supuesto que me he encontrado con personas que tienen. Por fortuna, yo no he tenido un periodo depresivo… sólo penas de la vida.

¿Cómo lo hace cuando es alguien cercano?
Es bien complicado y por eso es importante el tratamiento. En los círculos familiares o de amigos se produce muchas veces un círculo vicioso que incluso aumenta la depresión en vez de disminuirla, porque la persona tiende a aislarse y a ver todo con un ánimo pesimista, entonces los familiares le ofrecen soluciones: por qué no sales más o haces algo entretenido, y la persona que está deprimida cree que eso no sirve para nada, y lo que se produce es bien triste, porque los familiares terminan enojándose con el que está deprimido porque no acepta ninguna solución. Desde ahí es muy importante que busque ayuda profesional.

Y cuando le ocurre a un cercano, ¿siente que debe intervenir?
Me ha pasado muchas veces porque como amiga no debiera tomar el rol profesional completamente, pero tampoco puedo desentenderme de lo que sé. Yo ayudo en la resignificación de algunos hechos, por ejemplo, alguien que está viéndolo todo negro o que no se da cuenta cómo con sus propias conductas provocan aquello que después le rebota en términos negativos. Eso me acaba de pasar con un amigo. Por ejemplo si es muy infeliz en su trabajo, tú puedes ayudarle a ver a la persona cómo está aportando a esa situación. Si se da cuenta de eso, puede revertirla. A mí me fue bien la semana pasada con un amigo y después me llamó por teléfono para darme las gracias.

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