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Actualizado el 04/01/2017
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De Monty Python al rodaje de Brazil: llegan las memorias de Terry Gilliam

Autor: Marcelo Simonetti

Un libro ilustrado reúne las memorias “prepóstumas” del director de Brazil y 12 monos. Gilliamismos revela los secretos del dibujante que se convirtió en director de culto.

De Monty Python al rodaje de Brazil: llegan las memorias de Terry Gilliam
Terry Gilliam (primero de izquierda a derecha) junto al resto de los Monty Python.

De pronto, la vida de los hombres cambia drásticamente de rumbo a partir de un objeto -un boleto de avión, una carta, una manzana-. En el caso del cineasta Terry Gilliam podría decirse que un aerógrafo lo puso camino a ser lo que finalmente sería: un director de culto. Sin la existencia de ese adminículo -un dispositivo de aire comprimido, cargado con pintura, que se usa para ilustrar- ni Brazil, ni 12 Monos, ni El barón Munchausen hubieran existido.

Con 27 años, Gilliam -nacido en Minneapolis, en 1940-viajó por segunda vez a Londres con intención de radicarse ahí un tiempo. Convertido en un londinense más, descubrió las virtudes del aerógrafo y comenzó a ocuparlo haciendo ilustraciones para diferentes revistas inglesas. Su estilo causó tanto revuelo que fue llamado por los Monty Phyton -el quinteto que reinó en la comedia británica de los 60 y los 70- con el fin de sumarse a su programa de televisión para hacer animaciones entre un sketch y otro. Un par de años más tarde dirigiría su primera película -la segunda de los Monty Phyton-, junto a Terry Jones, Los caballeros de la mesa cuadrada. La semilla ya estaba sembrada. El aerógrafo había hecho lo suyo.

Esta y otras historias son parte de las memorias prepóstumas que del director inglés -nació en Estados Unidos, pero renunció a la ciudadanía norteamericana en 2006- acaba de publicar la editorial Malpaso, bajo el título de Gilliamismos. El libro de 297 páginas a todo color, lleno de ilustraciones hechas por el propio Gilliam, dibujos y fotografías, repasa la vida de quien ganara en 1991 el León de Plata al mejor director en el Festival de Venecia, por su película Pescador de ilusiones, y que construyera una obra cinematográfica singularísima entre las que destacan -aparte de las ya mencionadas- películas como Los hermanos Grimm, Pánico y locura en Las Vegas y El imaginario mundo del doctor Parnassus.

Por las páginas de Gilliamismos circula un sinfín de estrellas -George Harrison, Robin Williams, Robert De Niro, Jeff Bridges, Uma Thurman, Johnny Depp, Heath Ledger, Woody Allen, Hunter S. Thompson, por nombrar a algunos- y se develan aspectos insospechados de la vida del director como su breve y mediocre paso por el atletismo en el salto con garrocha; sus días de chearleader; sus primeros escarceos dibujando en una agencia de publicidad; su amor por Los Beatles, o su efímero paso por la Escuela de Cine del New York‘s City College, donde apenas estuvo un mes.

Pero sin duda son las referencias a su trabajo como cineasta lo que más llama la atención. Como por ejemplo cuando explica que antes de dirigir Brazil nunca leyó la novela de Orwell -la célebre y distópica 1984- y que pudo más para ese trabajo el recuerdo de la revuelta policial de Century City, de julio de 1967, en la que él participó que cualquier otra cosa: “Todo el mundo intentaba correr y súbitamente nos vimos envueltos en un torbellino de cuerpos y gritos. Los helicópteros volaban más bajo para intimidarnos con el ruido de sus hélices y, si te fijabas en los ojos de la poli, daba la impresión de que iban colocados, enloquecidos”.

Gilliam también detalla la pelea que tuvo con los estudios de la Universal que embargaron Brazil en Estados Unidos porque querían que él cambiara el desenlace de esa película por uno más feliz; y Gilliam se negaba aduciendo que el final de una trasnochada fantasía totalitaria no podía provocar en el espectador las ganas de salir silbando del cine.
Aun cuando Brazil no se exhibió en las salas comerciales de Estados Unidos, terminó ganando ese año (1986) los reputados LA Critics Awards a la Mejor Película, al Mejor Director y al Mejor Guión.

Otro episodio que Gilliam revela en detalle en estas memorias es lo que ocurrió en el rodaje de El imaginario mundo del doctor Parnassus cuando en medio del proceso murió su protagonista Heath Ledger. “Era imposible. No sólo habíamos perdido a un amigo sabio y alegre, un miembro de la familia, sino a un talento extraordinario que, no tengo duda alguna, habría sido el más grande de su generación. Me limité a decir: ‘La película me importa un carajo. Me rindo. Se acabó. Estoy cansado y viejo y quiero irme a casa‘”, escribe Gilliam.

Gracias al tesón de su hija Amy, del director de fotografía Nicola Pecorini y de su amigo Ray Cooper, la película pudo terminarse apelando a tres actores que interpretaron el rol de Ledger en diferentes momentos del filme. No eran unos cualquieras: Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell.

El libro, divertido y alocado, narra múltiples otras historias tanto de la vida cinéfila de Gilliam como de su entorno familiar. Sobre el final rescata un episodio doméstico que casi le cuesta la vida, después que se cortara con una cuchilla de su cortadora de pasto. Perdió mucha sangre, debió ser internado de urgencia y, por primera vez en su existencia, le administraron anestesia general. El director describe todo aquello como una experiencia cinematográfica. Y recuerda haber recorrido los pasillos de la clínica en una camilla y haber visto las puertas del quirófano abriéndose, para luego, ver en primer plano una cara grande que le preguntaba: “¿Cómo se encuentra?”.

“Durante los cuarenta y cinco minutos de mi vida que transcurrieron en ese intermedio, no hay nada (un espacio virgen como la cinta al comienzo o final de un rollo) y supongo que eso es exactamente la muerte. Por si les sirve de algo, les diré que, en mi experiencia, no está tan mal”, escribe, sin abandonar esa agudeza y ese humor tan Gilliam que recorre todo el libro.

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