La cotidianidad en la Antártica En el lugar más frío e inhóspito del planeta, el trueque y la cooperación hacen llevadera la vida para los compatriotas que viven en la Base Frei, a orillas de Bahía Fildes.

La cotidianidad en la Antártica

En el lugar más frío e inhóspito del planeta, el trueque y la cooperación hacen llevadera la vida para los compatriotas que viven en la Base Frei, a orillas de Bahía Fildes.

por Ximena Bertin, desde la Antártica - 31/03/2013 - 03:30

Hasta 20 grados bajo cero se registran en invierno en Bahía Fildes, al oeste de la isla Rey Jorge, en el extremo más cercano a Chile continental desde la península antártica. Allí se emplaza la base aérea Frei, donde en invierno la nieve se acumula hasta por ocho metros.

Tras finalizar el verano, los científicos se retiran y la población se reduce a 50 personas en la base. En su mayoría quedará personal de la Fach y de la capitanía, más el encargado de correos, el de la oficina bancaria y los dos profesores de la escuela de Villa Las Estrellas.

Los vecinos más cercanos son los rusos, a 200 metros; los chinos, a dos kilómetros, y los uruguayos, a cuatro. La base brasileña está a 40 kilómetros y a ella sólo se puede llegar por aire o mar. Todas las bases están en permanente comunicación radial y colaboración, siendo la base chilena la que cuenta con mayor infraestructura, dotación y apoyo logístico, por su ventajosa cercanía con Chile continental. “Si tenemos un enfermo grave u otra situación de emergencia, contamos mucho con la ayuda de los chilenos, especialmente con su pista de aterrizaje, porque nosotros no tenemos”, explica Henrique Watjnerg, médico de la base brasileña.

La ayuda mutua es la clave para sobrevivir en este lugar, donde el aeródromo Teniente Marsh es la única vía de comunicación para las bases internacionales vecinas, tanto para el transporte de pasajeros como de suministros. Aunque en invierno pueden pasar meses sin recibir cargas, por las dificultades climáticas que impiden los vuelos y que obliga a a recurrir a las reservas de comida enlatada.

“Aquí nadie es autónomo ciento por ciento, todos nos necesitamos (...) Aquí no hay empresa de agua ni de luz, o un servicio que saque la basura. Aquí todo hay que generarlo y se trabaja para tener agua potable o la calefacción”, recalca el comandante de la base Frei, Gonzalo Opazo, quien explica que son vitales los 20 mil litros de diésel que consumen los generadores de electricidad, en funcionamiento las 24 horas del día, y que proveen del calor y la energía que hacen habitable el lugar. Los residuos de combustible son depositados en tambores y enviados hacia el continente, de acuerdo a lo dispuesto en el Tratado Antártico y la Convención de Madrid, que prohíbe cualquier tipo de contaminación en el continente blanco.

Durante los últimos veinte días la base china prestó a los chilenos una grúa para mover cargas. Y la base chilena apoyó con la atención médica de un ciudadano chino. Yang Yu, director de la base china Great Wall (Gran Muralla), explica que “los chilenos siempre nos prestan ayuda. El apoyo es mutuo en lo referente a la vida cotidiana, por eso nos sentimos perteneciente a una misma gran familia en esta isla de Rey Jorge”. Ricardo León, médico de la base chilena, agrega que “hay una relación de mucha camaradería y cordialidad entre todas las bases. Nuestra enfermería es la más especializada, porque tenemos equipos de radiología, por eso atendemos a gente de las otras bases”.

También hay interacción con los vecinos rusos, cuya base está a metros de la chilena. Con señas y palabras sueltas en inglés y español, los chilenos y rusos se comunican. “Somos muy amigos”, dice Denis Rudenk , médico de la base rusa Bellingshaussen, en un inglés regular, mientras palmotea en la espalda al cabo primero Wladimir Sarmiento, de la Capitanía de Puerto Bahía Fildes, quien les presta ayuda en el desembarco de sus pertrechos.

El intercambio cultural también es una manera de afianzar los lazos entre los países. Los niños de la escuela, los únicos menores que viven en la Antártica, tienen la oportunidad de conocer las otras bases. “Hace poco nos invitaron a la base china, era muy bonita y nos pasaron unas máscaras de dragones. También fuimos a la base uruguaya. Allá nos dieron chocolate caliente y conejitos de chocolate. Ahora falta conocer la base rusa y su iglesia de madera”, señaló Benjamín Carillán (9), uno de los cinco alumnos de la única escuela del continente. Benjamín y sus padres, profesores de la escuela, llegaron hace un mes a la Antártica y vivirán en forma permanente por los próximos dos años.

Cada 21 de junio, en el solsticio de invierno (la noche más larga), se celebra el “Mid Winter”, ocasión en que cada base comparte sus platos típicos y tradiciones. El tiempo libre se ocupa en hacer deporte, correr por la pista, o ver televisión abierta, ya que la señal satelital no llega por la inclinación del globo. También se organizan entre los países campeonatos de vóleibol y bádminton en el gimnasio de la base china.

Además, ya es una tradición que a cambio del préstamo de maquinarias especializadas, los rusos pueden usar los martes y jueves en la mañana el gimnasio chileno (actualmente en reparación), como parte de la cultura del trueque que hace más llevadera la vida cotidiana en el lugar más frío e inhóspito del planeta.

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