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Actualizado el 06/07/2011
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Ocaso de la República Binominal

Autor: Ernesto Aguila

El juego político sigue un guión y un desenlace conocidos: se debe concordar lo mínimo so pena de no lograr nada.

EL PROBLEMA en una sociedad no es que existan diferencias, muchas veces de fondo, sobre educación y otros temas conectados de manera profunda con distintas maneras de concebir la convivencia y el desarrollo del país, sino la imposibilidad de zanjar esas diferencias a través de los mecanismos e instituciones propias de una democracia representativa.

La decisión del gobierno de radicar en sede legislativa las propuestas sobre el futuro de la educación superior y secundaria no sólo deja al descubierto la dificultad del Ejecutivo para dialogar y  concordar aspectos mínimos con los actores del sistema educativo, sino que encierra un movimiento táctico que ya se ha hecho visible para la ciudadanía y que se encuentra, por lo mismo, desgastado: intentar contener los cambios a través de un proceso legislativo estructuralmente empatado y que, en las principales áreas estratégicas, exige ciertos quórum -la mágica fracción de 4/7- que resultan completamente inalcanzables.

El juego político en esta  República Binominal sigue así un guión y un desenlace conocidos: se debe concordar lo mínimo so pena de no lograr nada. Subvención preferencial, pero sin afectar el financiamiento compartido; pensión básica solidaria, pero sin AFP estatal; superintendencia para el sistema escolar, pero sin limitar el lucro;  protección garantizada para ciertas enfermedades Auge, pero sin legislar sobre las discriminaciones por edad y sexo en las isapres. En síntesis, reformas parciales dentro de una institucionalidad política concebida más para contener y recortar la voluntad de la mayoría que para darle cauce y expresión.

¿Por qué si este modo de gobernar funcionó por años hoy parece haber perdido eficacia y legitimidad? Las explicaciones pueden ser varias: la total disolución de la racionalidad, particularmente en las nuevas generaciones, de las lógicas gradualistas y consensuales de la transición; el agotamiento de un ciclo de reformas sin intervenir variables estructurales; una ciudadanía más informada y demandante.

¿Es posible que este ocaso de la República Binominal se haya acelerado al llegar la derecha al gobierno? Tal vez. Quizás desde la penumbra parlamentaria opositora era menos obvio el rol vigilante y garante de las esencias del modelo que ésta desarrollaba, transfiriendo buena parte de las responsabilidades políticas por la lentitud y parcialidad de los cambios a la centroizquierda gobernante. Sin duda, los términos de esta ecuación han cambiado de forma significativa con la derecha en La Moneda y la consiguiente dificultad para comprometer a la oposición en políticas que ésta había avalado parcialmente más por razones de gobernabilidad que por convicción.

Cada vez es menos sostenible una sociedad movilizada tras demandas que están institucionalmente bloqueadas, o que legítimas diferencias requieran de quórum inalcanzables y no puedan dirimirse según el principio democrático de la mayoría. La emblemática  fecha del bicentenario del Congreso encuentra a esa institución más que debatiendo soluciones a los problemas del país, transformada en el epicentro mismo de la crisis de representación y del debilitamiento de la legitimidad institucional que hoy vive nuestra democracia y su política.

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